Paula

Más allá del amor platónico: cuando el enamoramiento se vuelve obsesión

Hay algo culturalmente aceptado e incluso celebrado en perder la cabeza por alguien. Las canciones, las películas y las historias de amor insisten en que pensar todo el día en otra persona es una demostración de amor. Pero hay una línea sutil, y a veces peligrosa, donde ese enamoramiento deja de ser sano y comienza a afectar la calidad de vida. Ahí es donde aparece la limerencia.

El concepto de limerencia fue acuñado en los años 70 por la psicóloga estadounidense Dorothy Tennov, quien lo describió como un estado involuntario de deseo obsesivo por otra persona, acompañado de una necesidad casi urgente de reciprocidad. Julieta Sáez, psicóloga especialista en salud mental femenina, explica cómo se manifiesta este fenómeno: “Tiene que ver con estar la mayor parte del tiempo pensando en esta persona, y cada gesto, acción o inacción que hace se considera como una interpretación que afecta directamente la estabilidad emocional de quien está viviendo esto”.

No es solo atracción o ilusión, es una experiencia que puede invadir la mente de forma persistente, con pensamientos repetitivos, idealización extrema y una dependencia emocional que se activa con mínimos gestos como un cruce de miradas, un mensaje o una interacción en redes sociales. “A diferencia del enamoramiento que te genera bienestar, la limerencia hace que tu vida se detenga, que dejes de hacer tus actividades y te sumes por completo a esta persona en particular”, señala la psicóloga.

Dice también que es necesario problematizar este tema más allá de patologizarlo. Y es que se trata de un fenómeno que tiene mucha influencia social: “Es una consecuencia natural de haber estado socializadas desde muy pequeñas en una narrativa donde el amor romántico fue parte de nuestro desarrollo. Hay un imaginario en que mi única forma de ser feliz es si encuentro a esa pareja”.

Por eso es que la manifestación de la limerencia -agrega Sáez- tiene directa relación con la búsqueda de la felicidad y plenitud: “Se nos ha dicho de distintas formas, de manera directa e indirecta a lo largo toda nuestra vida, que la única forma de ser plena como mujer es a través de una relación de pareja y del amor romántico”. En ese sentido, la limerencia puede verse alimentada por la obsesión de alcanzar ese ideal y expectativas sociales.

El factor redes sociales

En tiempos de hiperconexión, la limerencia encuentra terreno fértil. Las redes sociales amplifican la incertidumbre y alimentan la interpretación constante: ¿por qué vio la historia y no respondió? ¿por qué dejó de escribir? Cada silencio puede convertirse en angustia, y cada señal, por pequeña que sea, en una bomba de ilusión. El resultado es una montaña rusa emocional que no necesariamente tiene que ver con la realidad del vínculo, sino con la narrativa interna que se construye alrededor de él.

Asimismo, las redes sociales alimentan el imaginario y la idealización de las relaciones románticas. “Se suele mostrar lo mejor de la relación: los viajes, los regalos, lo felices que son. Pero en todo vínculo existen desafíos y no todo es ciento por ciento felicidad; hay matices, y esos matices muchas veces se esconden. Entonces se crea una falsa ilusión de que eso sí es posible”, explica Julieta.

Lo mismo ocurre con las personas a nivel individual: “Tienden a mostrar lo mejor de sí mismas, y hay aspectos que no vas a conocer, lo que influye en la idealización”, señala la psicóloga. Esto se suma como un factor que puede agravar los síntomas de la limerencia.

Y el problema, no es solo el desgaste mental. Quienes atraviesan estados de limerencia pueden ver afectadas distintas áreas de su vida. La psicóloga advierte que “los efectos pueden ser catastróficos si no se toma en serio”. Explica que “en ese estado donde la parte racional está alterada, hay personas que pierden su trabajo, que toman malas decisiones financieras o incluso dejan a sus hijos por estas relaciones”.

Físicamente esto también se puede manifestar con problemas para dormir, taquicardia o incluso enfermedades autoinmunes debido a que el sistema nervioso se encuentra permanentemente desregulado. También hay un componente de pérdida de sí mismo. La identidad empieza a organizarse en torno al otro: lo que le gusta, lo que dice, lo que podría pensar. La vida se vuelve una espera constante, y en ese proceso, el deseo suele convertirse en dependencia.

Para la psicóloga la clave está en pedir ayuda cuando estos sentimientos comienzan a sobrepasar el bienestar. Así como también destaca la importancia de aprender a conocerse a sí misma para relacionarse de una forma sana: “Para muchas mujeres su vida ha estado supeditada al otro, entonces es importante reconectar contigo misma y conocerte sin estas exigencias externas, y desde ahí descubrir la forma en la que quieres relacionarte”.

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