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Presente, pasado y futuro de Jaime Vadell, el ministro del Interior de Pinochet en No

<P>El actor destaca en la cinta de Pablo Larraín que se estrenó el jueves.</P>

Hay formas y formas de morir. La película No le dio una oportunidad de hacerlo de manera memorable a una naranja. Todo comienza cuando la fruta pasa de la rama de un árbol a la palma de una mano y termina cuando botan su cáscara. Parece común, pero el árbol está en La Moneda, la mano es de Jaime Vadell y el basurero es un cañón del Palacio de Gobierno. La escena es una de los puntos más altos de la cinta, pero sin menospreciar a la fruta, el que se luce ahí es Vadell.

En No, Vadell encarna al ministro del Interior de Pinochet. Un político que le da tanta importancia a la franja del plebiscito como al vaso de agua que tiene sobre la mesa. Como un poseso, en este ministro habitan muchos espíritus, porque el actor cuenta que no se inspiró en alguien en particular para hacerlo, sino "en todos esos personajes que uno vio todos los días. Salían a cada rato en televisión, hasta en cadena".

Interpretarlo fue un gusto, según cuenta. En parte, por "la satisfacción de participar en algo bueno", pero además, por "el gustito un poco perverso de ironizar". Considerando que Pinochet solo aparece en imágenes de archivo, es su personaje el que representa más directamente el poder de la dictadura en la trama, y es sobre eso que se ironiza.

Ese giro desde el poder cruel hacia lo risible es algo que le llama la atención a Vadell. "La derecha siempre dijo que a Pinochet la historia lo iba a juzgar y resulta que pasó a ser un ser ridículo. Era un tony malo. Cómo pudo uno resistir a un Presidente de la República que no sabía ni hablar", dice.

Vadell (72) lo hizo. A diferencia de gran parte de su círculo, él se quedó en el país tras el golpe del 73. ¿Por qué? "De hueón", afirma. Formado en la Universidad de Chile, el actor para entonces comenzaba en televisión y ya tenía una carrera en teatro y cine. Había protagonizado películas como Tres tristes tigres (Ruiz, 1968) y Caliche sangriento (Soto, 1969). Incluso tenía el proyecto de debutar en la dirección cinematográfica. Raúl Ruiz le entregaría el celuloide a él, Luis Alarcón y Nelson Villagra para que cada uno hiciera un corto y con los tres armar una película. "Pero vino el golpe. El golpe cagó todo", dice.

"Fue jodido. Pienso cómo coño pude vivir esos años. El teatro fue una gran ayuda", asegura. Pero además de ayuda, el teatro fue un problema. Tras dejar el Ictus, Vadell estrenó en 1977 una adaptación de Hojas de Parra, de Nicanor Parra. La obra provocó el ataque de la prensa, la clausura de la carpa en que se montaba y el posterior incendio de la misma. "Fue un torpedo en la sala de máquinas. Nos asustamos y quedamos muy mal parados", recuerda Vadell. Pero siguió con su Teatro La Feria, que itineró por distintas sedes antes de llegar en 1983 a la definitiva (Crucero Exeter 250). De ahí solo salió el 2009, cuando cerró. "No podíamos mantenerlo. Este país se convirtió en un país raro, uno ya no puede tener un teatro, tiene que ser un empresario, convertirse en un arrendador de sala".

Tras una veintena de filmes, cuarentena de teleseries y centena de obras, el actor y director entraba en crisis. "Anduvimos medio deprimidos un tiempo, con una sensación de pérdida de destino, una cosa muy rara. Pero ya pasó", dice entre risas.

Aunque le aproblema la edad, aunque confiesa que le gustaría seguir siendo galán, "porque es una forma de ser eterno", su futuro sigue en la actuación. Cuenta que tiene ofertas de cine, televisión y teatro. Entre eso, ya está seguro su papel en Agosto, dirigido por Tomás Vidiella, que se estrenará a fin de año en el Municipal de Las Condes. Y es que Vadell tiene claro que, a diferencia del cigarro, la actuación no puede dejarla. "Uno sigue ahí, porque es la vida de uno".

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