Histórico

Arte versus entretenimiento

<div>Después del arte pop los referentes  empezaron a ser los artículos del supermercado y las obras comenzaron a medirse en función de si son o no entretenidas.</div><div><br></div>

DESDE su estreno en Londres el 2009, la obra de teatro Rojo ha tenido un éxito absoluto en todos los países en que se ha representado. La vi en Lima, hace un par de semanas, y quedé maravillado por la audacia y el vigor con que aborda la confusión cada vez mayor que existe entre arte y entretenimiento, crítica y publicidad, calidad y precio.

La pieza nos remonta a fines de los años 50, cuando el pintor Mark Rothko recibe el encargo de pintar una serie de cuadros para el restaurante Four Seasons, ubicado en un lujoso edificio de Nueva York, cuyo diseño estuvo a cargo de Mies van der Rohe y Philip Johnson. El artista, célebre por sus cuadros inmensos y envolventes, donde el color es el único protagonista, recibiría 37 mil dólares, una cantidad que entonces parecía exorbitante.

La obra de teatro está planteada como un diálogo punzante entre Rothko y su ayudante, un joven que representa a las nuevas generaciones de artistas. Egoísta y obsesivo a más no poder, Rothko, a su vez, encarna los valores asociados con la alta cultura. Gran lector de los mitos griegos y de Nietzsche, apasionado por la música de Mozart y seguidor de las teorías de Freud y Jung, el pintor aspiraba a plasmar el sentido trágico de la vida, las emociones humanas más elementales. Durante meses estudió en el Museo de Arte Moderno de Nueva York el cuadro La habitación roja, de Matisse, y en un viaje a Roma quedó absorto por la penumbra de la iglesia Santa María del Popolo, donde parecía que los frescos de Caravaggio emergían desde las sombras. A él mismo le gustaba que sus cuadros se vieran con una luz tenue, por lo que tuvo infinitas peleas con los galeristas, quienes decían que un recinto en penumbra resultaba deprimente.

Es fácil imaginarse la irritación que sintió después de ir a cenar al restaurante donde estaban expuestos sus cuadros. Nada más lejos de su visión religiosa del arte que ese parloteo incesante, el choque de las copas, la fricción de los cuchillos con los platos. Rothko pidió los cuadros de vuelta, regresó el dinero y despotricó hasta el final de sus días contra el "arte decorativo" y contra  todos esos "charlatanes y jóvenes oportunistas" que se inspiraban en latas de sopa, cómics y objetos sacados de la publicidad.

Independiente del valor que hoy se le atribuya a Warhol o Lichtenstein, es innegable que el pop significó un punto de quiebre: los referentes de grandeza empezaron a ser los artículos del supermercado y las obras comenzaron a medirse en función de si son o no entretenidas, si son o no provocadoras, si son o no entendibles por todo el público. El resultado ha sido el adelgazamiento progresivo de la cultura. Incluso el diseño adquirió categoría artística… ¡y ahora hasta la cocina molecular pasa por arte! Ya ni siquiera se acepta que una película, un libro o una obra de teatro sean exigentes, siendo que la experiencia estética siempre implicó un desafío. Es por eso que, tras leer a Canetti o ver una película de Bergman sentimos que nuestra vida es más rica y menos solitaria.

Reducir el arte a simple pasatiempo no sólo es desconocer la historia de nuestra civilización; también es condenarse a vivir en el más efímero de los hedonismos.

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