El estigma de los empresarios
<div>La responsabilidad de esta mala imagen que se ha instalado es de los propios empresarios y de sus agrupaciones gremiales. </div><div><br></div>
CON ALGUN fundamento, la izquierda piensa que la gente desconfía de los empresarios y, a partir de este supuesto, estructura su discurso. Esto explica la estrategia de la oposición de intentar, a toda costa, acorralar al gobierno como defensor de los intereses de los empresarios y, con ello, de los ricos, abusadores y otras "malas hierbas".
Un mito que suena creíble pero resulta paradójico, cuando el país eligió a un empresario como Presidente, confiando en ciertos atributos que se valoran positivamente a la hora de administrar el Estado y, sobre todo, de solucionar problemas históricos.
De buena o mala fe, se ha especulado mucho acerca de la relación de los empresarios con el gobierno a partir de una decisión corporativa de la empresa Colbún, que extrañamente dio pie para que algunos empresarios decidieran manifestar públicamente sus molestias con el gobierno, incluso atribuyéndole un sesgo antiempresarial. El estigma de la imagen de los empresarios tiene larga data y todo indica que seguirá empeorando. Un análisis desapasionado y técnico muestra que este escenario era predecible y que si, con anticipación, hubieran "invertido" en reputación, se habrían evitado parte de las inquietudes que ahora enfrentan.
La responsabilidad es de los empresarios y de sus agrupaciones gremiales, que frecuentemente aparecen más preocupados de los intereses de los grandes que de los pequeños y medianos, que son quienes componen la red de relaciones directas y diversas con la comunidad en todo el país. Por otra parte, también ha faltado una actitud más decidida para aislar a quienes se han visto vinculados con hechos de decidida ilegalidad o dudosa ética, que revalidan el descrédito.
La imagen que se proyecta depende de ellos y ha estado en sus manos gestionarla adecuadamente. De una u otra forma, permitieron que la estigmatización se fuera instalando en las percepciones de la ciudadanía, con un clima de desconfianza hacia los empresarios, no tanto hacia las empresas y menos hacia las marcas. Es curioso que el empresario que sabe vender su producto sea mal "vendedor" de su imagen y de su función vital en la sociedad. Pero más curioso aún es que se atribuya esa mala fama únicamente a campañas del mundo político; al estereotipo tradicional de empresarios contra trabajadores, o a la imagen que transmiten algunos asignando culpas en general, por errores de unos pocos.
En un estudio de Generación Empresarial a jóvenes ejecutivos y altos directivos, los encuestados reprueban a los empresarios en preocupación por sus trabajadores; en coherencia entre su discurso y su actuar; en respeto a los accionistas minoritarios y a los pueblos indígenas, y en su compromiso con la sociedad y el medioambiente. Casi dos tercios de los altos directivos creen que la imagen que tiene la sociedad de los empresarios es regular, lo que se explicaría por casos de irregularidades, de colusión o de uso de información privilegiada.
Las empresas empiezan a experimentar un fenómeno nuevo, en que ese empresario que no dialoga, que aparece como individualista y se le percibe enfocado casi exclusivamente en la generación de utilidades -a veces sin importar los medios- deberá asumir un liderazgo más protagónico en temas país.
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