¿Fin del Estado de bienestar?
<div>Se ve muy difícil que la actual crisis económica logre deshacer las instituciones y las conquistas del Estado de bienestar. Vendrán cambios y ajustes, pero el sistema no desaparecerá.</div><div><br></div>
RECIENTEMENTE, el rey Guillermo Alejandro de Holanda anunció el fin del Estado de bienestar. Al monarca le tocó leer un discurso que contenía las directrices legislativas de la coalición liberal-laborista gobernante en Holanda, donde explicó que el clásico Estado de bienestar se está transformando ahora en una "sociedad participativa", en la cual los ciudadanos aumentan la responsabilidad sobre sus propias vidas.
Tal vez, animado por la reciente coalición entre conservadores y laboristas, o por los informes de los economistas oficiales que pronostican que no hay más recursos para financiar las políticas sociales expansivas en una sociedad que puede obtener esos recursos a través de otros medios, el rey sostuvo que ha llegado la hora de las sociedades participativas, un concepto superior al de los supuestamente ineficientes Estados de bienestar.
La consigna detrás de este punto de vista sería más sociedad y menos Estado; incluyendo en el concepto de sociedad una amplia red de asociaciones civiles (ONG y otras), encargadas de cumplir las tareas que en su momento se le asignaron al Estado. Los promotores de estas nuevas estrategias para el siglo XXI estiman que el Estado no sólo no está en condiciones de financiar las crecientes demandas sociales, sino que tampoco es deseable y progresista que lo haga, pues ellas se realizarían en desmedro de la rentabilidad del sector privado, indispensable para asegurar la sustentabilidad del sistema económico como un todo.
Correspondería, por lo tanto, a la sociedad concretar objetivos que se podrían realizar perfectamente a través de interacciones sociales solidarias. Más participación ciudadana debería traducirse como más sociedad civil y un mayor grado de solidaridad. Por ejemplo, un enfermo, un desempleado o un anciano serían mejor atendidos por pequeños grupos, que por una estructura estatal insensible e ineficiente. En este nuevo ideario social y económico, el término solidaridad tendría también un alto contenido de "caridad", concepto que quizás podría funcionar en países altamente desarrollados como Holanda, pero que sería bastante más dudoso que pueda tener un desarrollo exitoso en nuestro continente, donde las personas son menos solidarias y más individualistas.
Por otra parte, llama la atención que estas nuevas ideas se sostengan en la suposición de que las organizaciones solidarias y caritativas privadas puedan resolver con notable eficacia las demandas de la sociedad moderna, cuando fue precisamente el fracaso o las limitaciones de las prácticas inspiradas en las visiones piadosas del pasado -durante el siglo XIX y primera mitad del siglo XX-, lo cual dio origen al Estado de bienestar. Esto, y el hecho de que el Estado de bienestar fue también la respuesta política de sociedades devastadas por la Segunda Guerra Mundial, y una apuesta histórica a que el capitalismo era capaz de resolver, a través de la libertad individual y el progreso económico, el desafío que el comunismo intentó simbolizar.
Por lo tanto, se ve muy difícil que la actual crisis económica, por complicada que sea, logre deshacer las instituciones y las conquistas del Estado de bienestar. Vendrán cambios y ajustes, pero el sistema no desaparecerá, pues los ciudadanos de Europa lo apoyan de manera absolutamente mayoritaria.
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