Opinión

La IA: de reemplazar a potenciar el valor del juicio del ser humano, la columna de Gonzalo Larraguibel

Inteligencia artificial

La inteligencia artificial (IA) ya no necesita prometer que reemplazará a personas para transformar el mundo del trabajo. La magnitud de su impacto ya es evidente. Sin embargo, el cambio más relevante no está ocurriendo donde muchos anticiparon. No se trata solo de automatizar tareas, sino de tensionar un activo más escaso: la capacidad de juzgar bien.

Durante años, la narrativa base fue que a medida que los sistemas se volvieran más sofisticados, el juicio humano perdería fuerza. Si una máquina puede redactar informes, revisar contratos, detectar anomalías o proponer decisiones en segundos, entonces la ventaja competitiva parecería estar en reducir al mínimo la intervención humana.

Esa premisa está comenzando a mostrar sus límites. No porque la tecnología falle, sino porque funciona con una asimetría estructural: es extraordinaria generando respuestas, pero sigue siendo deficiente para determinar cuándo esas respuestas son correctas, prudentes o aplicables en contextos reales.

El caso de Anthropic con su proyecto Glasswing ilustra bien este punto al lograr identificar miles de vulnerabilidades críticas en software ampliamente utilizado. Sin embargo, el cuello de botella no estuvo en la detección, sino en etapas claramente humanas: verificación, priorización, comunicación y corrección. La tecnología acelera la generación de opciones; el discernimiento sigue siendo indelegable.

Esto tiene consecuencias profundas para la gestión empresarial. La IA no está eliminando la necesidad de conocimiento experto; está elevando su valor estratégico. En este contexto, insistir en una conversación centrada exclusivamente en eficiencia resulta insuficiente. La pregunta crítica ya no es cuánto puede automatizar una organización, sino qué tan capaz es de supervisar, validar y asumir responsabilidad por las decisiones que delega parcialmente a sistemas inteligentes. Automatizar sin fortalecer esa capacidad no reduce riesgos; los reconfigura.

Algo similar ocurre con la discusión sobre ventaja competitiva. La idea de que el diferencial estará en acceder al mejor modelo parece incompleta. Si los modelos se comoditizan, el valor se desplazará hacia otros componentes: calidad de los datos, gobernanza, validación, trazabilidad y comprensión del contexto donde las decisiones generan efectos reales.

Como advierte León XIV en Magnifica Humanitas, “la tecnología nunca es neutral, porque adquiere el rostro de quienes la diseñan, la financian, la regulan y la utilizan”. Esa afirmación traslada la discusión desde el rendimiento de los sistemas hacia la responsabilidad de quienes los integran en decisiones reales.

Por ello, la cuestión de fondo no es si la inteligencia artificial reemplazará ciertas funciones. La pregunta relevante es quién asume la responsabilidad cuando un sistema, aparentemente confiable, se equivoca. Y si nuestras organizaciones están desarrollando el capital humano capaz de detectar ese momento.

En ese sentido, el desafío es también formativo: preparar profesionales capaces de cuestionar resultados, entender límites y asumir responsabilidad en entornos donde la automatización será la norma. Sin esa capacidad, la eficiencia tecnológica puede transformarse en una fuente de riesgo acumulado.

Esto impacta también la agenda de los directorios. La discusión sobre inteligencia artificial no puede limitarse a inversión y adopción, sino que debe incorporar criterios de gobernanza, control y accountability. En definitiva, no se trata solo de incorporar tecnología, sino de construir organizaciones capaces de convivir con ella sin renunciar a su responsabilidad.

En última instancia, la inteligencia artificial no viene a reemplazar al ser humano. Viene a exponer el valor —y la escasez— de su juicio. En un entorno donde producir respuestas será cada vez más fácil, la ventaja estará en la capacidad de evaluarlas con rigor. No en la velocidad de adopción, sino en la calidad del criterio.

El autor de la columna es socio, Monitor Deloitte

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