Guía de los clásicos restaurantes que se encuentran en la ruta
<p>Para muchos son la parada obligada al salir de Santiago en esta época, y entre sus clientes hay familias completas generación tras generación.</p>

De local de fruta a clásico de la 5 Norte
El ex director del Banco Central Carlos Massad prefiere el arrollado cuando va al Torofrut. A Patricia Matte, presidenta de la Sociedad de Instrucción Primaria, le gustan los sándwich de mechada y al ex senador Gabriel Valdés las cazuelas.
Jaime Toro (actual administrador e hijo del casi mítico Jaime Toro Toro que, a principios de los 80 puso en la carretera un local de fruta con su nombre, que muy pronto derivó en picada de camioneros y más tarde en restaurante familiar) cuenta que son decenas los clientes conocidos -y fieles- que han transmitido el "dato" de generación en generación. "Hans Gildemeister pasaba cuando pololeaba con su señora y ahora viene como abuelo", ejemplifica.
Estos conocidos pasan casi inadvertidos entre los demás comensales de este local de la Ruta 5 Norte, en el kilómetro 80, casi al llegar a Llayllay. Allí 20 garzonas (los dueños prefieren el aire hogareño que dan las mujeres) atienden las cerca de 20 mesas de este restaurante con decoración dieciochera, donde se escuchan tonadas folclóricas por los parlantes, y que pasadas las 11.00 ya comienza a ofrecer almuerzos y no cierra hasta la cena. Carolina Ibacache es hace 15 años una de sus garzonas y recuerda que, cuando partió, paraban buses y "estos se iban y la gente se quedaba abajo". Hoy llegan más bien autos y el ambiente es familiar.
Atienden de lunes a domingo y cuenta con cartas con fotografías, donde el comensal puede hacerse una idea de lo que vendrá. Entre los más pedidos está la lengua con agregado ($ 5.800), pastel de choclo ($ 4.800), cazuela de vacuno ($ 3.600) y de pava ($ 4.800). También los sándwich con que partió el negocio. Como el de arrollado ($ 1.750).
Para muchos el Torofrut es un paso obligado al ir a Maitencillo o Zapallar. De su pasado como puesto de frutas aún conserva un minimarket, donde se ofrecen naranjas, vinos y mermeladas, como la de alcayota a $ 2.500.
La nueva vida del Juan y Medio en la 5 Sur
Todo empezó por una mujer. Era 1947 y Juan Barrera (quien destacaba con su metro 94 en el Chile de entonces) sacaba adelante un incipiente negocio de comida criolla frente a la recién pavimentada ruta al sur. Tenía el local, pero aún no sabía cómo llamarlo. Un día tuvo que viajar a Rengo y entonces "mi abuela (Ana Miranda) le pinta Juan y Medio afuera", cuenta Hugo Barrera, actual administrador del tradicional restaurante de la Ruta 5.
Así (en recuerdo de la altura del fundador) quedó bautizado el restaurante de Rosario, VI Región, que hoy cuenta con 92 mesas y capacidad para casi 500 personas. Y que es conocido por sus abundantes platos de comida nacional. Desde la carretera destaca el nuevo edificio, construido tras el incendio que los afectó en 2006.
Si bien atienden entre las 8.00 y las 24.00, su fuerte continúan siendo los almuerzos y cenas. Una plateada al horno ($ 4.800), pastel de choclo ($ 4.950) o una cazuela ($ 3.800) son buenas alternativas en este sitio que -según cuentan sus funcionarios- es visitado por Don Francisco (quien pide cazuelas y té helado), Iván Zamorano y políticos de todas las tendencias.
Soledad González recuerda especialmente cuando llegó allá el cantante argentino Antonio Ríos y en "10 minutos se corrió la voz" en Rengo. Era 2007 y el autor de bailantas estaba en su peak en el Festival de Viña, por lo que decenas de mujeres (la mayoría señoras), comenzaron a rodear el local. Al final tuvieron que sacarlo por una puerta lateral para proteger la integridad del músico.
Ana Chacón es garzona en el Juan y Medio desde 1977, cuando era una "picada para camioneros". Para ella, la clave está en la atención: "Una trata de ser agradable, porque sabe que el cliente ha viajado muchos kilómetros", reflexiona. Para Hugo Barrera otra clave está en no transar el tamaño de las porciones. Además del local carretero, este año abrieron uno nuevo en el Barrio Brasil y estudian nuevas alternativas, también en Santiago.
Costumbres criollas en Los Hornitos de Curacaví
Una vez hasta José Luis Perales cerró el local y se quedó guitarreando en este restaurante de piso de maicillo, decoración campestre y atendida por garzones que todos los días del año llevan trajes de huaso. Se trata de Los Hornitos de Curacaví, uno de los clásicos de la Ruta 68 (con capacidad para 120 personas), en el kilómetro 50.
Su dueño, José Miguel de la Jara, cuenta que abrieron para las Fiestas Patrias de 1976, que habrán preparado unas 500 empanadas y que en dos horas no quedaba ninguna. Desde entonces reciben a políticos, empresarios y artistas del Festival de Viña.
En los 70 eran un puñado los restaurantes en la ruta, situación muy distinta a la de hoy, donde compiten con parrilladas y hasta servicentros.
Hoy su fuerte son los turistas extranjeros, que llegan a las 10.00, y los nacionales a la hora de almuerzo.
Su estrategia: la comida criolla, abundante y en platos de greda. Entre los recomendados está el pastel de choclo ($ 4.920), los porotos granados con asado ($ 6.950) y el asado al horno de barro ($ 6.880).
San Antonio: el otro producto típico de Pomaire
Son tan típicos en Pomaire como las pailas de greda. Son los únicos de esta selección que no están junto a la carretera, sino en el mismo pueblo, por lo que hay que alejarse unos minutos del camino para llegar. Tienen una fachada de adobe, piso de tierra, sillas de mimbre y, para ambientar, música chilena.
El nombre del restaurante (de 60 mesas y que atiende entre 9.00 y 19.00) es San Antonio, por estar en la calle del mismo nombre. Está allí desde principios de los 70, cuando Yolanda Galaz decidió ampliar la cocinería que tuvo a fines de los 60. Ella murió este año, por lo que sus hijos se hicieron cargo del negocio.
Desde esa época son conocidas las empanadas gigantes del local y su hijo Carlos Romero dice que siguen siéndolo: pesan 850 gramos y cuestan $ 2.400.
Otro de sus atractivos es el pastel de choclo ($ 4.200) y la cazuela de pava ($ 3.000), requeridos por comensales anónimos, políticos y autoridades de turno. Una de las historias más sabrosas del local tiene que ver, precisamente, con uno de ellos: Augusto Pinochet.
Nelly Araus, una de las garzonas más antiguas, ha contado que el fallecido general (R) era un asiduo a los arrollados del lugar y que, incluso, lo visitó antes de partir a Londres, oportunidad en que comentó que se sometería una cirugía. Al regresar a Chile, volvió a uno de sus restaurantes favoritos y pidió, eso sí, un plato sano.
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