Historia en Chile hoy: por quiénes y para quiénes
[ DEBATE] A principios de mes, el "affaire Baradit" enfrentó al autor de Historia secreta de Chile, bestseller que ha vendido más de 80 mil copias en un año, con un grupo de historiadores contrariados. El incidente permite poner sobre la mesa los modos en que los chilenos acceden a la historia, para bien o para mal.
Hace poco más de un año el narrador porteño Jorge Baradit, explorador recurrente de la ciencia-ficción y las ucronías, publicó Historia secreta de Chile, una "historia distinta" sostenida en breves relatos acerca de 12 ítemes muy variados: del lado "B" de Arturo Prat al cadáver perdido de Manuel Rodríguez. Entre la crónica y el relato, el volumen se encaramó en los rankings de ventas, de donde aún no lo han bajado. Y ahora viene una segunda parte.
La obra frunció ceños entre historiadores profesionales, pero sólo pasado un año, mientras el libro superaba los 80 mil ejemplares vendidos, la olla se destapó: un cuarteto de jóvenes investigadores (Andrés Baeza, Marcelo Casals, Andrés Estefane y Luis Thielemann) firmó en la revista online RedSeca un artículo que define el libro como "una pegatina de anécdotas desestructuradas" que "instala una visión de los acontecimientos que divorcia a los lectores de una interpretación compleja de la realidad".
De su lado, el porteño negaba vía Twitter todos los cargos, excepto el irrespeto hacia los protocolos académicos, y decía ser un puente entre la gente de a pie y la historiografía local. Como se dice en estos casos, las redes sociales ardieron y hasta hubo mea culpas gremiales en la prensa. El "affaire Baradit" se instalaba.
Al final de todo, eso sí, se validaron algunas preguntas: ¿cómo acceden los chilenos a la historia? ¿qué hay para ofrecerles? ¿y quién se los ofrece?
Interpretar, escribir
La historia es un objeto de estudio y es también el oficio de estudiar ese objeto. Es una disciplina profesional (con metodologías, protocolos de investigación y propuestas interpretativas) y también una forma social de conocimiento. Es, por otro lado, el nombre que damos al mero suceder de las cosas.
¿Es de alguien la historia? No, en principio. Pero habiendo quienes se dedican sistemáticamente a cultivarla, es atendible partir por ahí. Y acaso mirar un poco desde ahí.
Hay, localmente, cargos que pesan sobre los historiadores: que no se "conectan" con la ciudadanía, que el régimen académico los obliga a pasársela publicando en papers escritos en una jerga opaca y que sólo leen otros académicos y estudiantes. En el gremio se asumen en falta, pero también hacen sus descargos.
Incluso aceptando que en manos del especialista la historia es propensa a presentarse esotéricamente, como planteó Raphael Samuel, el gran público no necesariamente lo rehúye. Por de pronto, no faltan quienes se aplican a la divulgación y el primer ejemplo citable lo dieron en la década pasada los mencionados Baeza y Estefane, que junto a otros cinco coetáneos publicaron un par de exitosos volúmenes acerca de los siglos 19 y 20 (XIX y XX). A ellos se han agregado Historia mínima de Chile, de Rafael Sagredo, 100 días en la historia del siglo XX, de Bárbara Silva y varias obras colectivas acerca de la vida privada, el cuerpo y la mujer
Y a los descargos siguen nuevos reproches. Que libros como los anteriores, por ejemplo, surgen de iniciativas editoriales y no de los historiadores. O bien, como cuenta un editor, que se presentan "problemas de escritura y de falta de prolijidad con fechas y nombres, donde uno cree que los expertos no se equivocarían".
En este punto, la historiadora María Eugenia Albornoz es ilustrativa: "En Chile los historiadores no aprenden a escribir para distintos públicos. Durante su formación de pregrado, responden pruebas de desarrollo y elaboran mini ensayos monográficos como buenamente pueden, para ser corregidos por profesores o ayudantes que tampoco son duchos en redacción. También escriben una memoria o tesina, pero cortas, incluidas las de magíster. Y la redacción de las tesis chilenas de doctorado que he leído produce angustia".
Agrega Albornoz, también editora, que "son raras las escuelas de historia que incluyen cursos de redacción" y que "cuando insisto en que los historiadores-investigadores debemos saber comunicar lo que hacemos a distintos públicos -incluidos los profesionales de otras áreas-, escucho con alarmante frecuencia que es mucho esfuerzo, que no vale la pena, nadie nos paga, a qué hora, para qué".
Biografías y ficciones
Quedan, así las cosas, territorios que ocupan otros o que nadie ocupa. Pasa especialmente con las biografías que internacionalmente cultivan especialistas tan respetados como Ian Kershaw (Hitler) y Marc Ferro (Nicolás II). Dada la inversión de tiempo y recursos en una obra que no sea el libro de ocasión sobre la figura de moda, es muy raro que los historiadores se aventuren en el género, como hace poco lo hizo Cristóbal García-Huidobro (Yo, Montt). Y cuando lo hacen, puede pasar que se peleen con el solicitante de la obra, como le ocurrió a Cristián Gazmuri con su libro sobre Frei Montalva.
Lo anterior explica vacíos, pero no es gran tema cuando las ansias de indagar en las vidas ajenas siguen tan en alto como de costumbre. Y esas vidas pueden estar en distintos formatos e incorporar elementos de ficción, que hablan de una o de muchas vidas al mismo tiempo.
El siglo XX conoció buen público para la ficción de base histórica: Magdalena Petit (Don Diego Portales) y Jorge Inostrosa (Adiós al 7° de Línea) destacaron en esas lides. El nuevo milenio, con su debilidad por los complots, las verdades ocultas y la "conspiranoia", redefinió la narrativa. Si el propio Baradit entra en estas lides, también lo hacen Francisco Ortega, cuya novela Logia es otro superventas.
En función de otras lógicas, La batalla de Placilla, de Marcelo Mellado, despliega ante el lector un momento decisivo de la Guerra Civil de 1891. Por su parte, Carlos Tromben abordó la Guerra del Pacífico en Huáscar: "Un libro sencillo, bien escrito, revelador, sin challa mística ni gente abducida", en palabras del académico Roberto Castillo, quien valora la diferencia aportada por los extranjeros que han historiado Chile (William Sater, Simon Collier, Steve Stern, etc.) y apunta al valor histórico de documentales como La batalla de Chile, de Patricio Guzmán.
Porque, ficción o no ficción, las películas y las emisiones de TV son la gran ventana a la historia para la mayor parte de la población, y que las acusen de mistificar o deformar el pasado no altera este cuadro. Su rol, ha planteado Robert Rosenstone, no es ser "fidedignas", sino proveer sentido al pasado y que iluminen el presente.
Es cierto que hay historiadores y novelistas históricos, como Valerio Massimo Manfredi con Alexander y el propio Rosenstone con Reds, que asesoran producciones fílmicas. Pero tiende a haber ahí más un "sello de calidad" para la promoción que un mecanismo de control. Y en el caso chileno tales asesorías son más bien informales o de segunda mano, como escasos son los largometrajes históricos. En el espíritu del Bicentenario, Canal 13 reclutó hace una década a un puñado de cineastas para la serie Héroes.
Así fue como conspicuas figuras de la República tuvieron por primera vez su propio (tele)filme. El fallecido Ricardo Larraín, responsable de O'Higgins y El niño rojo, decía que "la historia no tiene sentido de ser contada si no es desde la contemporaneidad". Y que el cine era un gran medio para ello, aun si hacer cine histórico en Chile le parecía casi un imposible.
Queda ahora por saber si los historiadores volverán a erigirse como intelectuales públicos (casos como los de Gabriel Salazar y Alfredo Jocelyn-Holt son excepcionales). O si algún escritor volverá a sacarles los choros del canasto.
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