Histórico

Parra 102

El antipoeta Nicanor Parra, quien en su vida ha roto tantos moldes, está rompiendo desde hace rato el molde de la longevidad. Ningún escritor de peso ha llegado tan lejos: hoy el autor de El hombre imaginario cumple 102 años de vida.

Borroneo estas líneas en un ferry que va de la Isla de Mull a la tierra firme escocesa de Oban, para conectar allí con trenes que llevarán a Glasgow, a Edimburgo, a casa. El verano europeo se acaba. Estas Hebrides escocesas que voy dejando atrás tienen un aire chileno, y más precisamente un aire de Chiloé. Está en el paisaje, en la mitología isleña y en las nieblas y la lluvia persistente, pero se extiende a las comidas. Hay halibut y haddock, es cierto, en vez de congrio y corvina; Cullen skink en lugar de paila marina; pero ahí está el salmón y ahí están los scallops, que son lo único que he probado mínimamente emparentable, en su carnosidad y su sabor, con los locos.

Anoche en Tobermory, un pequeño puerto tan bello a su manera como Castro, nos sirvieron como vino de mesa un merlot chileno llamado "País de Poetas", con la inversión de rigor del viejo dictamen de Menéndez y Pelayo –en Chile no hay poetas, Chile es un país de historiadores– que la historia misma ha refutado con una rotundidad que debe de tener al sabio cántabro dando vueltas todavía en su tumba. El blurb de la botella contaba en inglés de los dos premios Nobel chilenos, pero nosotros brindamos por el antipoeta, que cumple 102 años. Nicanor Parra, que ha roto tantos moldes, está rompiendo desde hace rato el molde de la longevidad. Ningún escritor de peso ha llegado tan lejos. Parra, el más grande de los poetas vivos, es también el más anciano de todos los tiempos, y de lo que se ha dicho y escrito sobre su obra, conviene quizá recordar aquí la implacable y cáustica lucidez con la que ha tratado el tema de la vejez en las últimas de las muchas décadas que su vida y su obra han recorrido.

Quisiera proponer un itinerario de lecturas, tres hitos insoslayables en la representación poética de la vejez. Partiría con el Rubén Darío que ya en la cúspide de sus éxitos, en Cantos de vida y esperanza, palpó su propia mortalidad y el desgaste de una mala vida que lo llevaría a una muerte prematura pero también a un puñado de obras magnas, luces en la decadencia apresurada de sus últimos años, como "Poema de otoño" y "La Cartuja". En segundo lugar, ¿cómo no?, estaría el Pablo de Rokha del "Canto del macho anciano", esa despedida majestuosa a una trayectoria de excesos en que el yo monumental que tanto cansaba, a veces, en obras anteriores, alcanzó su sentido último y toda su grandiosidad en la figura del yo anciano que como un héroe trágico paga con el fracaso la desmesura de sus hybris. El itinerario –que es también, en parte, el itinerario de la poesía moderna en castellano– se clausuraría con el Nicanor Parra que en Hojas de Parra ya ensayaba textos de ironía tan penetrante y magistral como "El poeta y la muerte", "Yo no soy un anciano sentimental" y "Qué gana un viejo con hacer gimnasia", antes de incursionar, desde los primeros años noventa, en dos empresas poéticas que tienen como punto de irradiación la vejez: Lear, rey & mendigo, en que el anciano monarca en un arrebato senil entrega su reino a la rapacidad de sus hijas mayores; y los Discursos de sobremesa, en que el poeta laureado con premio tras premio, medalla tras medalla, doctor honoris causa tras doctor honoris causa, sabe mantenerse a flote ante el requerimiento del discurso de agradecimiento, tan cansino y plagadísimo de tópicos en la práctica habitual, reinventándose a sí mismo en el personaje de un viejo contradictorio, tan ególatra e insaciable de galardones como frágil ("a estas alturas de mi vida / huelo + a cipreses que a laureles"), y creando a la vez algo así como un género nuevo de la poesía.

Octavio Paz hablaba de la "pasión crítica" como el motor mismo de la escritura moderna; en ningún poeta de nuestros tiempos ha estado tan viva esa pasión como en Parra (¡cómo le dolería a Paz reconocerlo!), y de un modo muy notable en esta mirada del autor puesta sobre sí mismo en plena ancianidad. Muchos poetas se baten en retirada en la frontera de la vejez; se reiteran en autoplagios cada vez más vergonzantes. Nicanor, no. Después de cumplir un siglo, dijo que no había nada peor que tener cien años y un día: se habían acabado los festejos, ya había pasado por casa la presidenta, se habían ido los amigos dejando la casa hecha una pocilga, y desde ahí en adelante no quedaba más que olvido. Pero no. 101, y ahora 102. Cada año cumplido es un nuevo hito. Con merlot "País de poetas" o con lo que sea, va este brindis cargado de emoción por Nicanor Parra.

*Niall Binns, poeta británico afincado en España, co-editor de las Obras Completas de Nicanor Parra

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