Opinión

El barril de amontillado

El barril de amontillado Foto: Mario Tellez MARIO TELLEZ

Hay decisiones políticas que se firman con tinta, otras con silencio, y algunas -las más inquietantes- se sellan solapadamente bajo tierra. Son estas últimas las que emergen en los estertores del actual gobierno. Definiciones relevantes que posicionan a funcionarios en áreas sensibles del Ministerio de Defensa por medio de amarres administrativos. Definiciones estratégicas que comprometen la seguridad del país y el hemisferio como lo hizo notar EE.UU. ante el intento de avanzar precipitadamente -eludiendo esta vez la “permisologia”- en la instalación de un cable submarino de fibra óptica con China. Otro tanto ocurre con definiciones ideológicas personales -y no de Estado- en materia de relaciones internacionales. Más allá del mérito de cada medida, la controversia radica en la oportunidad, la transparencia y la intención política de comprometer decisiones estructurales al cierre de un fracasado mandato.

Es aquí donde la literatura ilumina lo que la política oscurece. En “El barril de amontillado”, Edgar Allan Poe construye una perturbadora metáfora sobre la traición. En efecto, en el cuento, Montresor convence a Fortunato de descender a las catacumbas con la promesa de probar un vino excepcional. La víctima sin sospecharlo avanza voluntariamente hacia su encierro. El barril es la excusa, pero el encierro, el propósito real.

En política, los barriles no contienen vino, sino decisiones estratégicas y las catacumbas no son de piedra, sino administrativas: decretos, contratos, nombramientos, protocolos que sólo una celosa auditoría podrá develar.

Curiosamente también la leyenda británica sobre el traslado a Inglaterra del cadáver del almirante Horacio Nelson tras la batalla de Trafalgar en un barril de brandy -o de amontillado- para resistir el viaje de regreso nos ofrece otra poderosa analogía. El barril representa ahora una manera de asegurar que algo sobreviva el paso del tiempo.

Ambas imágenes -el barril de Poe y el barril de Nelson- dialogan inquietantemente con los movimientos finales de este gobierno. En un caso, el barril como instrumento del engaño que sella su destino. En el otro, como mecanismo que preserva algo más allá de su tiempo natural. Los “amarres” denunciados cumplen funciones similares: asegurar que determinadas decisiones y alineamientos sobrevivan al cambio democrático de autoridades. Una democracia sana se caracteriza por la alternancia sin trampas. Gobernar no es atrincherarse, por lo que intentar condicionar estructuralmente al sucesor con decisiones de largo alcance -especialmente en materias de defensa, política exterior o infraestructura crítica- erosiona nuestra tradición republicana. Poe nos recuerda que el mayor horror no está en el vino, sino en el muro que encierra. La leyenda de Nelson nos recuerda que los barriles pueden preservar lo que ya afortunadamente debe descansar.

Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Facultad de Derecho Universidad de Chile

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