Por José Miguel Ahumada¿Es sostenible el orden mundial?

Las evidencias del deterioro económico internacional se acumulan en distintos frentes. La crisis climática, quizás el reto más urgente hoy, no ha podido ser abordada con la determinación que exige: el Acuerdo de París, buque insignia del multilateralismo, no logró movilizar ni los recursos ni las voluntades necesarias para frenar el calentamiento global. La guerra comercial entre las grandes potencias ha fracturado cadenas de suministro que se creían inquebrantables. La decisión del gobierno de Trump de imponer aranceles generalizados ha provocado una reordenación forzosa del comercio mundial, a lo que se suma la creciente y persistente deuda del Sur Global, y un alza del precio del petróleo que evoca los peores momentos de la crisis de 1973.
En ese contexto, la Conferencia Ministerial de la OMC de marzo de este año produjo exactamente lo previsible: ningún resultado. La principal institución global que regula el comercio internacional guardó silencio ante fuerzas que, simplemente, la desbordan. Esta Conferencia es el reflejo más elocuente de la incapacidad del multilateralismo neoliberal actual para arbitrar las tensiones económicas del presente. No se trata de un fallo circunstancial, sino de un agotamiento estructural.
Surge entonces la pregunta inevitable: si el orden multilateral neoliberal ha fallado, ¿qué lo reemplazará? La respuesta más honesta es que, de momento, nada. La crisis de 2008 no derivó en una nueva Gran Depresión porque los bancos centrales occidentales intervinieron masivamente y porque China lanzó un programa de inversión fiscal sin precedentes. Es poco probable que esos mecanismos de rescate se repitan ante una nueva crisis: China arrastra hoy una sobreproducción inmobiliaria crónica, los países europeos marchan hacia la austeridad por el gasto militar, y Estados Unidos enfrenta una deuda pública históricamente elevada con recesión ya pronosticada.
El panorama para el Sur Global es considerablemente más grave. Su deuda externa se vuelve insostenible mientras sus economías son las menos preparadas para absorber shocks climáticos, disrupciones en precios de materias primas y cortes en cadenas de suministro. Ante la incapacidad del multilateralismo neoliberal para coordinar respuestas, la tendencia dominante es el repliegue nacional: una lógica racional para cada actor por separado, pero colectivamente autodestructiva.
Lo más probable no es un colapso dramático y repentino, sino algo quizás más difícil de detener: un derrumbe lento donde cada shock refuerza las respuestas aislacionistas, que a su vez profundizan la desarticulación y hacen más probable el siguiente shock. Un espiral en que la cooperación se vuelve menos posible precisamente cuando más se necesita. La historia conoce ese patrón; la década de 1930 lo ilustró con cruel nitidez. La diferencia es que hoy los riesgos acumulados (climáticos, financieros, geopolíticos) son de una magnitud y velocidad que el siglo XX no conoció. Y el margen para corregir el rumbo se estrecha con cada año que pasa.
Por José Miguel Ahumada, académico Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de Chile
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