Por Joaquín TrujilloEscepticismo teocrático

Los enemigos de la libertad religiosa no son únicamente esas personas que pretenden imponer su fe, sus ritos, su código de conducta moral. También lo son quienes actúan como si la religión fuese un folclore tolerable cuando no se cruza en ningún ámbito que juzguen significativo, pretendiendo que sea una especie de intimidad recóndita e inofensiva.
El pluralismo religioso supone, en cambio, que debamos tolerar precisamente los aspectos que nos resulten escandalosos. Se trata de una tolerancia entre credos religiosos como entre doctrinas o ideologías que se autoentienden como distintas de la religión, pero a las que inevitablemente el credo ajeno se les aparece, en el mejor de los casos, como un fantasma de sí mismas.
Uno de los grandes logros de Occidente ha sido esta mutua tolerancia. Pudo alcanzarse después de casi siglo y medio de luchas y masacres entre denominaciones religiosas europeas. Una de las claves que explican el éxito que en el pasado tuvieron los Estados Unidos fue haber sido el territorio de la convivencia religiosa cuando Europa apenas daba sus primeros pasos.
Este es un tesoro inmenso que los defensores a ultranza han sabido cuidar con celo decidido.
En uno de los pasajes más brillantes de Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt escribió: “El propósito de la educación totalitaria nunca ha sido inculcar convicciones, sino destruir la capacidad para formar alguna”.
Entre esos intentos, claro está, destaca la ciencia y hasta la lógica totalitarias. Los nazis y los bolcheviques cultivaban, respectivamente, una supuesta ciencia, rigurosamente argumentada, según la cual era innegable que existía una raza superior que debía regir sobre las inferiores; o que era evidente que primaba una clase realmente productiva expropiada por otra parasitaria. Las personas que no admitían estas verdades tan acreditadas debían estar locas y, en consecuencia, quedaban apartadas de la comunidad política. Ninguna convicción distinta de la totalitaria era posible.
Con todo, hay un pasaje de los evangelios que llama la atención por su saludable escepticismo político teocrático, aquel en que, consultado por Pilatos si es el rey de los judíos, Jesús contesta: “Mi reino no es de este mundo”.
Quienes luchan para establecer su reino en este mundo pueden tenerlo en cuenta, a riesgo de ser considerados unos oligofrénicos por los que están ansiosos de reinar en este y solo en este.
Por supuesto, los neototalitarios no podrán esgrimir este bello argumento sin antes bautizarse y renunciar a sus abominables herejías.
El escepticismo teocrático no nos dice que la religión deba ser una vergüenza privada. Nos dice que es un orgullo público que defiende la persuasión personal y no la coacción colectiva del Estado. Los cristianos no intentarán que el poder del César predique por ellos. Y los ateos o afines que pretendan hacerse pasar por el César les tendrán un gran respeto. Eso en caso de que estos últimos admitan que el poder del cristianismo no está exclusivamente en el poder, sino en autolimitaciones que algunos de ellos creen represiones como, vgr., la moral.
Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP
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