Por Cristián ValdiviesoGabinete de Kast: se impone la emergencia a la batalla cultural

La discusión sobre Venezuela sigue abierta, pero ya no se trata solo de la extracción de Maduro. El episodio es, más bien, un síntoma de algo más profundo: un cambio en la forma en que las sociedades están evaluando el poder, la democracia y el orden internacional.
Las encuestas muestran algo que a primera vista parece contradictorio. Una mayoría valora positivamente la salida de Maduro y, al mismo tiempo, desconfía de Estados Unidos, atribuyendo su intervención a intereses propios más que a la defensa de la democracia. Dos hechos que, más que contradecirse, parecen expresar una nueva coherencia perceptiva, más pragmática y menos normativa: los principios universales pierden peso frente a los resultados. Si el gato caza ratones, qué importa su color.
Para esta nueva subjetividad, los tratados internacionales, el multilateralismo y la voz de los expertos pierden valor y autoridad cuando se asocian a inacción, fracaso o franca inutilidad. Nada de esto ocurre en el vacío. Cuando cae la confianza en la democracia y en las instituciones, también se erosiona la legitimidad del orden liberal que las sustenta. Por eso crece la tolerancia social a liderazgos más duros y menos sujetos a reglas que en otro momento fueron sagradas y hoy ya no convencen.
En Chile, este giro se expresa nítidamente en el reordenamiento político. La identificación con la derecha alcanza niveles inéditos, pero ya no viene acompañada de un conservadurismo moral clásico. Se trata de una derecha más soberanista, crítica del globalismo, escéptica de los organismos internacionales y, al mismo tiempo, bastante liberal en lo valórico. Orden político y moral privada se desacoplan.
La narrativa social hoy favorece a esta nueva derecha del mismo modo en que, hace cuatro años, favorecía a la nueva izquierda. Cuando el relato dominante cambia, también cambian las reglas del juego electoral. Lo que hoy muestran las encuestas no es una sociedad confundida, sino una ciudadanía más pragmática, menos leal a principios estables y que privilegia eficacia, soberanía y control por sobre valores abstractos. Esa nueva coherencia perceptiva no solo refleja el nuevo orden político: lo allana, lo legitima y, finalmente, lo vota.
Este contexto ayuda a entender una de las tensiones que marcarán el próximo mandato de José Antonio Kast. Su promesa de un gobierno de emergencia y unidad convivirá permanentemente con la presión de una “tribu” que empuja una agenda antiglobalista, confrontacional y orientada a la batalla cultural contra todo lo que etiqueten como proveniente de la izquierda.
Visto así, el quiebre con el PNL de Kaiser, expresado en su marginación del gabinete, puede leerse menos como una disputa coyuntural y más como un distanciamiento estratégico. Una separación ruda, pero a tiempo. De haberse arrastrado al interior del gobierno, habría atentado contra la promesa original de Kast.
Gobernar en modo emergencia exige foco, pragmatismo y resultados; la guerra cultural, casi siempre, produce lo contrario.
Por Cristián Valdivieso, director de Criteria
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