Opinión

La hora del cobre

El cobre vive hoy uno de sus mejores momentos en décadas. A los altos precios se suma una demanda estructural impulsada por la transición energética, la expansión de las redes eléctricas, la electromovilidad, los centros de datos y la inteligencia artificial. Al mismo tiempo, la oferta mundial enfrenta crecientes dificultades para desarrollar nuevos proyectos debido a menores leyes del mineral, mayores exigencias ambientales y largos tiempos de tramitación. Esta combinación consolida al cobre como uno de los recursos estratégicos para el desarrollo global.

Para Chile, principal productor mundial y poseedor de las mayores reservas del mineral, este escenario representa una oportunidad histórica. Recuperar una producción cercana a los seis millones de toneladas anuales es una meta relevante, pero el verdadero desafío es transformar esa ventaja en mayor crecimiento, innovación y bienestar para el país.

La minería chilena enfrenta hoy condiciones muy distintas a las de hace dos décadas, con yacimientos más complejos, leyes del mineral más bajas y costos crecientes. En este contexto, el liderazgo ya no dependerá únicamente del volumen producido, sino de la capacidad para elevar la productividad, incorporar innovación y mantener altos estándares de seguridad, sostenibilidad y relacionamiento con las comunidades.

Esto exige acelerar la adopción de nuevas tecnologías, fortalecer el capital humano, utilizar con mayor eficiencia la energía y el agua, y avanzar en digitalización e inteligencia artificial. También requiere políticas públicas que faciliten la inversión y otorguen mayor certeza a los proyectos, mediante procesos de evaluación más ágiles, predecibles y técnicamente sólidos. No se trata de reducir los estándares ambientales o sociales, sino de mejorar la capacidad del Estado para responder con oportunidad y eficiencia.

También debe evolucionar la forma de evaluar el desempeño del sector. Las toneladas producidas seguirán siendo un indicador relevante, pero ya no serán suficientes. Importa igualmente cuánto conocimiento genera la minería, cuánto mejora su productividad, cómo reduce su huella ambiental y cuál es su aporte al desarrollo económico y social.

Existe, además, una oportunidad que muchas veces pasa inadvertida. La minería puede convertirse en el principal motor para desarrollar un ecosistema de proveedores de bienes, servicios y tecnologías de clase mundial. La experiencia de países como Australia, Canadá, Finlandia y Suecia demuestra que la mayor riqueza de una economía minera no proviene solo de exportar minerales, sino también de exportar ingeniería, conocimiento, tecnología y servicios especializados.

Chile ya muestra señales en esa dirección. Las exportaciones de proveedores mineros nacionales crecieron de US$762 millones en 2017 a US$1.217 millones en 2023, y un 45% de esos envíos corresponde a bienes de tecnología media y alta. Sin embargo, el potencial está lejos de agotarse. De más de 8.400 proveedores registrados, solo un 8% exporta hoy sus productos y servicios al mundo. Ahí existe una segunda minería por construir, tan o más rentable que la extracción misma.

El país tiene una ventana favorable, pero no será permanente. Su liderazgo no se medirá solo por las toneladas de cobre que produzca, sino por su capacidad de convertir esa riqueza natural en productividad, innovación, nuevas exportaciones y mejores empleos. Recuperar los seis millones de toneladas es una meta importante, pero construir sobre ella una plataforma de desarrollo basada en conocimiento, tecnología y mayor valor agregado es el verdadero desafío de esta hora del cobre.

*El autor de la columna es profesor titular de Ingeniería UC, integrante del comité ejecutivo de Clapes UC y presidente del Colegio de Ingenieros de Chile

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