Paula

ONG Amaranta frente al avance de los discursos regresivos: “Es importante la disputa del espacio digital”

A propósito del movimiento estadounidense que propone reemplazar el voto individual por el llamado "voto familiar", las directoras de ONG Amaranta analizan cómo la machósfera y los algoritmos están amplificando discursos regresivos sobre los derechos de las mujeres y por qué disputar el espacio digital se ha vuelto una tarea urgente.

En las últimas semanas, un grupo de mujeres conservadoras en Estados Unidos encendió el debate al plantear que estarían dispuestas a renunciar al voto individual en favor del llamado “voto familiar”, es decir, que en vez de que cada integrante de la familia vote, lo haga solo uno, el hombre, en representación de todos. La propuesta surgió durante la Women’s Leadership Summit, organizada por Turning Point USA y encabezada por Erika Kirk, y se enmarca en una corriente que reivindica los roles tradicionales de género, promoviendo que las mujeres encuentren su principal realización en el matrimonio y la maternidad.

Y aunque la idea puede parecer extrema o marginal, lo cierto es que no surgió de la nada. En los últimos años, internet y las redes sociales han permitido que comunidades conservadoras, antifeministas y de la llamada machósfera conecten entre sí, amplifiquen sus mensajes y construyan audiencias que trascienden las fronteras nacionales. Los algoritmos, la lógica de la viralización y la figura de los influencers han contribuido a que estos discursos, que antes circulaban en espacios reducidos, hoy lleguen a millones de personas y encuentren nuevas formas de legitimarse.

En ONG Amaranta llevan años observando este fenómeno. Desde 2018 su trabajo se ha centrado en investigar cómo internet y las redes sociales pueden convertirse en un terreno fértil para la violencia de género, pero también en entender la manera en que ciertas narrativas logran instalarse, cruzar fronteras y ganar legitimidad en el espacio digital.

“Lo que permite internet es que estos discursos permeen en distintos países a la vez y que se generen alianzas que llevan estas temáticas a otros lugares”, explica Karen Vergara, presidenta de la ONG. “La culpa no es de internet. En el fondo, es un vehículo bajo el cual se siguen promoviendo movimientos que ya existían antes, solo que ahora encuentran este espacio para viralizarse y expandirse con mayor rapidez. Nos estamos enfrentando a una ola regresiva que busca instalarse en distintos lugares. Lo que está haciendo Erika Kirk en Estados Unidos, por ejemplo, logró reunir a cerca de 2.000 mujeres. Puede no parecer una cifra significativa, pero el alcance que esos discursos adquieren a través de internet termina marcando una diferencia”.

Según explica Vergara, este alcance no se mide solo por la cantidad de personas que los apoyan, sino por la forma en que las plataformas digitales amplifican ciertos contenidos. “Una cosa fundamental de entender es que el contenido que me causa indignación, usualmente va a ser un contenido que me va a llegar y que me va a hacer replicarlo a más personas”, explica. A su juicio, el problema ya no pasa únicamente por la polarización política, sino también por una polarización afectiva que dificulta reconocer al otro como alguien con quien es posible dialogar. “Ves a las otras personas como adversarios, no ves que haya puntos en común y, usualmente, estos movimientos regresivos apelan a ese tipo de desconexión social”, señala.

Esa lógica, dice, encuentra un terreno especialmente fértil en sociedades donde el tejido comunitario es más débil. “En una cultura como Estados Unidos, que es muy individualista, estos discursos han permeado precisamente por eso. No hay un tejido social que te permita compartir con otras comunidades en espacios abiertos o libres de odio, y eso mismo ha terminado polarizando y fortaleciendo estos discursos”.

En ese escenario, agrega, los algoritmos terminan potenciando aún más el fenómeno. “Las grandes plataformas tienen un rol tremendo. Esta polarización ocurre también por la forma en que están planteados los algoritmos actualmente y eso termina diseminando estos discursos”. Y pone un ejemplo: “Firmaron 2.000 mujeres, no son tantas. Pero ha tenido tanto revuelo mundial que ese mismo revuelo termina sentando ese discurso como una postura válida”.

La machósfera como estilo de vida

El concepto de machósfera comenzó a utilizarse hace unos siete u ocho años para describir a comunidades de hombres que, desde distintos espacios de internet, compartían discursos misóginos y promovían una visión regresiva de los roles de género. Con el tiempo, sin embargo, dejó de ser un fenómeno propio de foros o grupos cerrados. Hoy muchas de esas ideas aparecen en videos sobre ejercicio, productividad, dinero o relaciones de pareja. Hablan de disciplina, de éxito y de cómo “ser un hombre de verdad”. Es justamente ahí donde, según las especialistas, está parte de su éxito. Y es que más que una postura política, la machósfera empezó a venderse como un estilo de vida.

Valentina Luza, vicepresidenta de ONG Amaranta, cree que ese cambio ha sido clave para que estos discursos lleguen a públicos cada vez más amplios. “Estas comunidades encontraron líderes, podcasters e influencers que empezaron a tener una viralización tremenda. En plataformas como TikTok comenzaron a presentarse como estilos de vida. El mundo del fitness es un buen ejemplo. Se instala la idea de que el hombre tiene que ser proveedor, fuerte e imponer su voz frente a la de la mujer. Lo que hacen es reforzar estereotipos que, aunque parezcan inofensivos, con el tiempo dejan de quedarse solo en internet y empiezan a convertirse en una realidad”.

– Hasta aquí podría parecer más o menos evidente por qué estos discursos encuentran eco en algunos hombres. La pregunta es ¿por qué también hay mujeres que terminan adhiriendo a ellos?

Valentina Luza: Creo que tiene mucho que ver con la crisis que estamos viviendo. En escenarios de incertidumbre económica, inseguridad o falta de certezas, estos discursos ofrecen algo que muchas personas buscan: orden y una explicación simple del mundo. Van asignando roles muy claros, donde al hombre se le vincula con lo económico y a la mujer con el cuidado o la belleza.

Muchas adolescentes y mujeres jóvenes consumen estos contenidos todos los días a través de internet. Los escuchan una y otra vez y, poco a poco, empiezan a hacerles sentido, sobre todo cuando esas ideas no encuentran un contrapeso en conversaciones dentro de la familia, el colegio o la comunidad. Al final, muchas buscan seguridad en discursos que terminan limitando su propia autonomía.

Karen Vergara: La búsqueda de orden social en tiempos de crisis muchas veces lleva a este tipo de situaciones. Cuando hay incertidumbre, por ejemplo, por la pérdida de empleos o la inestabilidad económica, estos discursos más conservadores encuentran un espacio para reproducirse. Y también empiezan a permear entre adolescentes que ven a sus padres y madres permanentemente estresados. Es ahí donde aparece la idea de que quizás la salida de la mujer al trabajo no fue la mejor decisión y que deberíamos volver a los roles tradicionales. Pero los roles tradicionales también son trabajo. Cuidar también es trabajar.

– ¿Qué consecuencias tiene que estos discursos dejen de quedarse en internet?

Valentina Luza: En lo concreto, el efecto es la reducción de derechos que parecían ya conquistados. No es azaroso que muchas de estas ideas apunten a cuestionar el lugar de las mujeres en los espacios de poder. La consecuencia más grave es la relativización de la violencia y su normalización. En el fondo, volvemos a un status quo que durante mucho tiempo hemos intentado dejar atrás. Internet se ha convertido en un espacio de amplificación de todas estas violencias, pero también de los imaginarios colectivos que las sostienen.

Disputar el espacio digital

Si internet ha sido una herramienta para expandir estos discursos, las entrevistadas coinciden en que también puede convertirse en un espacio para cuestionarlos. La respuesta, dicen, no pasa por abandonar las redes sociales, sino por habitarlas de otra manera. “Lo primero es cuestionar a estos mismos algoritmos y estar muy atentas a lo que consumimos. De repente hacemos este scroll un poco automático, y lo que tenemos que hacer es escuchar a compañeras, a pensadoras que están haciendo reflexiones en este sentido y apropiarnos de este espacio de internet, que también es nuestro", dice Valentina.

Karen coincide. “Es importante la disputa del espacio digital. A propósito de eso se ha hablado de irse a redes y plataformas que sean más amables, que no lucren con los algoritmos, pero creo que algo principal es abrir el diálogo con nuestra propia comunidad, escucharnos entre nosotras, entre nosotros, y saber cómo están viviendo este tipo de situaciones las mujeres de nuestro entorno, porque probablemente nos encontremos con más casos de violencia digital de los que imaginamos”.

También generar pensamiento crítico. “Tenemos que estar muy atentas a estos discursos que nos hablan de ser apolíticas. Ese es un primer paso para irnos quitando poder y derechos que teníamos gracias a la protesta y al movimiento social. Y estar en alerta frente a estos discursos y proyectos de ley regresivos, porque muchas veces lo que buscan es mantenernos atemorizadas y hacernos sentir que no tenemos ninguna oportunidad de revertirlo, y eso no es así”, agrega Karen.

Y concluye: “Un término que a mí me gusta mucho es el de los cambios microsistémicos, que, en el fondo, es todo lo que yo puedo hacer para cambiar ciertas situaciones en mi propia comunidad. En este caso, las compañeras que sabemos más, por ejemplo, sobre violencias digitales, acompañamos a las que saben menos; las que saben menos aprenden y lo transmiten a sus propias comunidades. Así vamos generando una red virtuosa de acompañamiento”.

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