Por Paula Escobar ChavarríaNi fundo, ni chacra

Tras un cambio de mando impecable -y una conducta ejemplar tanto del presidente saliente como del entrante-, el gobierno del Presidente Kast empezó a trabajar “con guitarra”. Y el que ayer fuera oficialismo debutó como oposición. Mientras unos empiezan a habitar La Moneda, en sentido metafórico y también muy real (quizás demasiado real: ¿Era necesario que la primera dama, cámaras mediante, sirviera la comida en el casino?), otros se bajaron del auto fiscal, se subieron al propio -o a un Pullman Bus, también fotografía mediante-, y partieron su vida desde la vereda del frente. Y comenzaron a verse esta semana atisbos de qué tipo de oposición será el otrora oficialismo y, especialmente, cuántas oposiciones serán.
Y lo que se vio fue malo.
Fue un papelón gigante lo que pasó en la elección de la mesa de la Cámara de Diputados y Diputadas. Un acuerdo con el PDG que sigilosamente habían logrado fraguar, que habían anunciado con bombos y platillos el martes, se les cayó un día después, a vista y paciencia de sus choqueados gestores y de la diputada Pamela Jiles, que no pudo presidir la testera, pese a que dijo que iba a ser allí una abuela buena y “poliamorosa”.
Pero, siendo serios, ¿era sorpresivo que en medio de esta política chilena, donde reina el pirquineo, y donde el discolaje paga tan, pero tan bien, se les “cayeran” dos votos? Por supuesto que no. Que el diputado Camaño se bajara podrá molestar, pero sorpresa, sorpresa, no. Lo mismo con Jaime Mulet. Molesto como está con el gobierno de Boric por la salida de su único ministro, y con partido en vías de extinción, era obvio que tomaría la mejor propuesta para sí.
Es feo que no se cumplan acuerdos, claro está. Más feo es que la palabra empeñada valga poco, pero es la tónica, desgraciadamente, en un Parlamento fragmentado y díscolo.
El mayor error no fue, sin embargo, de cálculo, sino de fondo, y es que la fórmula que idearon para quitarle la mesa al nuevo gobierno haya sido entregársela -y entregarse- a los designios de la diputada Pamela Jiles, por lejos la más ácida opositora del gobierno de Boric, y quien le propinó varias de sus peores derrotas políticas. Además, su caballito de batalla, lo que le ha granjeado gran popularidad, son los retiros de fondos de pensiones, algo que, vistos y vividos los resultados inflacionarios que provocaron, se ha asumido bastante transversalmente como una muy mala política pública. Boric diputado la aprobó, pero como presidente fue firme -y no cambió su postura nunca- de no permitir otro retiro (y aquello tuvo costos). Eso es parte del avance del frenteamplismo, al menos de Boric; una “voltereta” que no cabe sino aplaudir, pues refleja responsabilidad. Que al momento de cierre de ese gobierno al progresismo no se le haya ocurrido nada mejor que subir al podio a la diputada Jiles no solo es humillarse, sino dar una señal totalmente errada de qué es lo que aglutina al progresismo y en qué cree. Quien ayer era la némesis, hoy era el pegamento.
Todos en la foto celebrando a Pamela Jiles era borrar con el codo lo escrito con la mano en términos de una izquierda más responsable y con identidad. Y probablemente acá está la peor deriva de la “travesía en el desierto” de la izquierda y la centroizquierda tras la derrota electoral reciente. Si se va a enfrentar a este gobierno solo con medidas “tácticas” -descuidando totalmente la estrategia- va a ser muy difícil que vuelvan a atraer electorado que perdieron. Ese nivel de confusión y dispersión ideológica no atrae a nadie.
En la elección de la mesa del Senado, por su parte, no hubo bochorno, pero tampoco unidad. Las conversaciones no fructificaron y el Socialismo Democrático pactó con la derecha tradicional, eligiendo este año a Paulina Núñez, luego le tocará al PS un periodo. La DC, PC, FA y FRVS crearon su propio comité, molestos.
El problema no solo es de unidad y de propuesta, tampoco hay claridad de cuál es el tono.
Nada más elocuente de aquella confusión es la arremetida del diputado PS Daniel Manouchehri contra la primera dama, María Pía Adriasola, por los almuerzos en el casino. “La manipulación de alimentos exige guantes, mascarilla y cubrepelo. Son protocolos sanitarios básicos. En La Moneda también deben cumplirse”, dijo en X. Agregó: “Oficiaremos a Contraloría y al seremi de Salud para que investiguen y determinen responsabilidades. El Estado funciona con reglas. La Moneda no es un fundo”.
Oficiar a la Contraloría y hacer un escándalo de eso muestra, otra vez, la pérdida de brújula. Una que los hace perder fuerza para cumplir su verdadero y necesario papel como oposición, por ejemplo, respecto de los indultos a exuniformados presos por el estallido que el Presidente Kast anunció el jueves. Un tema que no es del gobierno “de emergencia” y que, sin duda, tensionará y polarizará.
La Moneda no es un fundo, pero el Parlamento tampoco debiera ser una chacra.
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