Opinión

Prefirieron el poder

Santiago, 20 de julio de 2026. Se reunen las y los presidentes, secretarios generales, jefes de bancada y abogados constitucionalistas de los partidos de oposicion en la sede del Partido Socialista para abordar los ultimos acontecimientos relacionados con la megarreforma del gobierno. Jonnathan Oyarzun/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

Ya no es novedad la desorientación de la oposición. Lo que sorprendente es que, de seguir la inercia actual, no se vea ningún tipo de salida posible. La crisis de la izquierda chilena no se explica por las peleas y performance de sus actores—eso siempre ha existido—, sino más bien por la ausencia de bases sólidas que les permitan pensar en un camino compartido.

Ya se ha hablado bastante sobre esto: no hay proyecto político y—quizás por lo mismo—no existen liderazgos visibles que logren dar orden a una necesaria oposición. Eso se sabe y, quizás por lo mismo, penetraron tanto las recientes críticas del biministro Alvarado. Pero, detrás de eso, se esconden explicaciones bastante más profundas, las cuales se vislumbraban incluso antes de que llegaran a La Moneda.

Para formar una coalición política se debe acordar, y los acuerdos implican, necesariamente, reconocer y abrazar diferencias. Eso es precisamente lo que nunca se hizo en la actual oposición. Estando en el poder, se dedicaron a articular una alianza de gobierno que, por defecto, tenía fecha de expiración. Solo bastaba el triunfo y, por lo mismo, no existía necesidad de apostar por un verdadero proyecto común que lograra trascender la narrativa cansadora del “combate contra la ultraderecha”.

Las diferencias se escondieron, no por acuerdo sino por “disciplina partidaria”. Ahora, entonces, no faltará quien sugiera que el problema está precisamente allí, en los díscolos y en las voces discrepantes. Pero la verdad es bastante más incómoda, pues implica reconocer que, en mucho tiempo, no se preocuparon por fortalecer los conductos que les permitieran canalizar esas diferencias.

Estaban muy engatusados con el poder; entonces preferían evadir con la excusa de la lealtad. Si el expresidente Boric se pronunciaba contrario al régimen cubano y nicaragüense, los disidentes optaban por callar para no “avivar el conflicto”. Y lo mismo con las AFP, con el litio, con el CAE y mucho más. Todo fue evasión, aceptación a regañadientes, “disciplina”.

Hoy, entonces, parecen complicados con todo: con la postura frente a la megarreforma, con las declaraciones de Ortega, con los estados de excepción en el sur, con la valoración de la figura del expresidente Piñera, con el juicio de la Concertación, entre muchas otras cosas. E insisto: el problema no es que piensen distinto, sino que se niegan a aceptar esas diferencias.

Podríamos debatir un largo rato sobre lo que explica ese fenómeno. Quizás, en parte, sea la borrachera de quienes tuvieron éxito demasiado temprano. Eso derivó en una soberbia que nunca desapareció. Al ver los debates al interior del FA podemos fácilmente advertir que el principio refundacional, la superioridad moral y el maximalismo nunca se superaron, sino que simplemente se silenciaron.

Todo esto tiene particular relevancia para el actual gobierno, pues el riesgo es el mismo. Esconder las diferencias no es necesariamente sinónimo de lealtad. Lo que mejor le hará a un proyecto de derechas es precisamente lo contrario, disentir manteniendo códigos, aceptar decisiones con reservas y construir visibilizando las discrepancias. Eso es lo que llevará a un proyecto robusto.

Por Pedro Fierro, Investigador P!ensa y director CIL UAI

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