Por Cristóbal OsorioRelato de salida: dejar La Moneda con banderas ajenas

Después de derrotar a Daniel Jadue en las primarias de Apruebo Dignidad, el entonces candidato Gabriel Boric afirmó en su discurso de triunfo: “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”, rescatando así una de las consignas del estallido social.
Poco después su programa fue algo más comedido, pero igualmente ambicioso. En el documento Boric afirmó que su propuesta era de transformación, centrada en la dignidad y el bienestar de las personas, en armonía con un desarrollo sostenible, “donde el mercado deje de ser el principio estructurador de la sociedad, para que el Estado vuelva a tomar un rol preponderante, tanto en la provisión y garantización de derechos sociales, como en la administración de los recursos naturales”.
Algo que se sintetizó en cuatro “reformas estructurales”; acceso garantizado universal a la salud, pensiones dignas sin AFP, un sistema educativo público, gratuito y de calidad, y la conformación del primer gobierno ecologista de la historia de Chile”. Reformas atravesadas por principios de descentralización, una mirada feminista y un foco en la dignidad del trabajo.
A un mes de que el gobierno de Boric acabe, es evidente que nada o muy poco de lo planteado alcanzó a ser realidad. Tal vez, Copago Cero como política de Salud, aunque con un histórico salvataje de las isapres. O las 40 horas y el alza del sueldo mínimo, como expresión de la dignidad del trabajo, aunque eso proviene de una agenda legislativa anterior. Ya de forma más dudosa, está la reforma a las pensiones, que fue -de hecho- una con más AFP.
No es sorprendente, entonces, que el relato de salida del gobierno no tenga nada que ver con lo que prometió a Chile. Así, Boric anota entre sus logros haber sentado las bases del crecimiento, la normalización del país luego del estallido social y la pandemia, y cierta eficiencia legislativa. Algo que quedó sintetizado en un documento tan grandilocuente como superficial: Más de 1000 avances en la mesa de las familias de Chile. Un esfuerzo retórico que suma la labor cotidiana del Ejecutivo e incluye incluso legislación que contraviene los principios del progresismo, como fue la ley Naín-Retamal, la que terminó perjudicando la causa judicial de Gustavo Gatica (la cual salió del listado luego de la polémica).
El problema es que no es verosímil el discurso que busca hacer creer que éste fue un buen gobierno de administración. Los puntos de eficiencia y eficacia fueron perdidos ante la ciudadanía en la elección presidencial (y quizá antes), toda vez que José Antonio Kast ni siquiera se molestó en hacer una campaña anticomunista contra Jeannette Jara, bastándole con motejarla como la candidata del continuismo.
Tampoco este relato es algo que tenga mucho futuro, pues la idea de que al menos los semáforos siguen funcionando con la izquierda no se proyecta hacia ninguna parte, y de algún modo contradice la dirección que se espera del sector; que es caminar hacia ser un país próspero, con mayor igualdad y que no teme a los cambios. Dicho de otro modo, llora una autocrítica.
En su primer discurso como Presidente, Boric dijo en el balcón de La Moneda “vamos lento, porque vamos lejos”. Una interesante frase que buscaba moderar expectativas, bajo el entendido de que el país iba hacia profundos cambios que serían acogidos por una nueva Constitución que se daba prácticamente por aprobada. Pero el gobierno hoy muestra solo dudosos logros, cuya dirección es -en el mejor de los casos- neutra.
El corolario es entonces, tristemente, “fuimos lento… y para el otro lado”.
Por Cristóbal Osorio, profesor de derecho constitucional, U. de Chile.
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