Opinión

Trabajando en el 2050

Ardem Patapoutian durante el Congreso Futuro 2026 Javier Torres/ Congreso Futuro Javier TORRES

Me encuentro ergonómicamente sentado frente a una mesa que se despliega en tercera dimensión, como si fuera un holograma. Nos encontramos en una reunión y las figuras de los participantes aparecen recreadas de manera nítida, como si estuvieran presentes. Cuando alguien toma la palabra, la voz surge desde quien la emitió, con lo cual la atención del resto se dirige hacia la persona. Independientemente del origen de los participantes, cada uno puede elegir el idioma en el cual quiere escuchar al resto, pues el programa se adapta a tales requerimientos. Este tipo de tecnología, así como el uso de asistentes digitales, ejecutivos e informativos, es ampliamente utilizado por empresas de todos los tamaños, facilitando alianzas interempresariales y globales. Las reuniones virtuales recrean la presencialidad con detalles increíbles, o incluso la pueden mejorar. Por ejemplo, el sistema permite que la imagen proyectada cambie de ropa si el interesado así lo decide, o mejore su figura. Pero ese tipo de mejoras ya están pasadas de moda. La tendencia ética es ser auténtico, relevando características humanas.

En efecto, hace años que el despliegue tecnológico exigió el desarrollo de marcos éticos específicos, en especial con la masificación del uso de la inteligencia artificial generativa. Sin ellos, el ser humano tendía a la homogeneización, subsumiéndose en algoritmos que los llevaban a pensar y reaccionar de manera equivalente, divididos en grupos excesivamente parecidos, manipulables por imágenes y temáticas que despertaban sus emociones. Se hizo necesario declarar los sesgos y limitaciones que dicha tecnología contenía desde sus bases de datos: fuente y arquitectura de su funcionamiento. En definitiva, la tecnología debía estar al servicio del humano y no al revés. Un ejercicio ético similar debió ocurrir para capturar, denunciar e impedir la reproducción de noticias falsas, diseminadas por todo el orbe por el uso malicioso de las redes sociales, utilizando información falsa o equivocada con fines particulares.

Durante los últimos veinte años, la inteligencia artificial ha logrado avances impresionantes, generando nuevos empleos, mejorando la productividad y promoviendo el bienestar de las personas. Al principio existía temor, pero la fuerza de los hechos demostró que las herramientas tecnológicas podían estar al alcance de todas las edades y perfiles. El acelerado cambio demográfico que comenzó a experimentar Chile desde principios de siglo motivó una revisión exhaustiva de la política pública para facilitar y promover la capacitación de trabajadores a nivel nacional, con un enfoque en la recalificación, reinserción y proyección de su futuro laboral. Asimismo, se estableció un programa masivo de educación en habilidades del siglo XXI y uso de herramientas tecnológicas y digitales que, por primera vez, lograría articularse orgánicamente desde la educación primaria, secundaria y superior, sumando complementos de aprendizajes futuros. Además, lo anterior permitiría el surgimiento de nuevas industrias y servicios de exportación.

Establecer esta hoja de ruta no fue fácil pues, durante el primer cuarto de siglo, Chile enfrentaba brechas significativas de aprendizajes en todos los niveles, una educación desactualizada y desacoplada de las necesidades del país y sus posibilidades productivas, un mercado laboral cada vez más deprimido y precario, y una estructura de exigencias normativas que dificultaba la inversión, así como la creación y crecimiento de empresas de menor tamaño y su consecuente posibilidad de crear empleos formales. En aquellos tiempos nuestra sociedad se encontraba perdidamente sumida en la contingencia, inmersa en una cultura en exceso individualista y transaccional, sin capacidad de visualizar el futuro y las necesidades del país. Por eso tuvo tanto valor esta mirada de largo plazo, pensando en las generaciones futuras.

Es 19 de enero de 2050 y, mientras recuerdo estas cuestiones me subo a un vehículo autónomo, el cual se solicita a través de una aplicación oral, de acceso masivo y precios acotados. Una vez dentro, este se eleva varios metros por sobre el techo de mi oficina. Le pregunto cuánto demoraré a mi destino: el teatro en el cual me encontraré con mi señora, hijos y nietos, que recientemente ha incorporado experiencias interactivas con historias flexibles. “Doce minutos”, responde con voz humana, pero neutra. Me relajo, pues el viaje es completamente seguro. Este tipo de transporte prácticamente no contamina, pues se alimenta de la luz solar. Hace treinta años, el mismo trayecto demoraba más de media hora, dependiendo del taco.

A veces, vale la pena pensar en el futuro y reflexionar acerca de cómo nos relacionaremos en él. Es el valioso ejercicio que se vivió en nuestro país la semana pasada, y que se lleva a cabo desde hace quince años en Congreso Futuro, iniciativa que ha logrado convocar en Chile a más de 1.200 científicos, filósofos, humanistas y premios Nobel de todo el mundo.

Un futuro para el ser humano es posible: si lo podemos imaginar, lo podemos construir.

Por Lucas Palacios Covarrubias, rector del Inacap

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