Por Carolina MelcherEnergía sin comida: el consumo de bebidas energéticas en adolescentes
El consumo de bebidas energéticas en adolescentes se ha asociado a riesgos importantes para la salud física y mental, incluyendo ansiedad, alteraciones del sueño e irritabilidad. Pero hay algo aún más preocupante: pueden actuar como facilitadoras o amplificadoras de los trastornos de la conducta alimentaria.

Hace unos días, conversando con una amiga, me contó algo que me dejó inquieta porque he notado como esto se ha vuelto cada vez más común: su hermana, de apenas 14 años, consume bebidas energéticas a diario y come muy poco durante el día.
Aunque uno podría querer creer que se trata de casos aislados, lamentablemente no lo son. Lo veo en consulta. Y lo veo cada vez más.
En muchos de mis pacientes preadolescentes y adolescentes, sobre todo mujeres, con dificultades en su relación con la comida, aparece también un consumo problemático de bebidas energéticas. No como algo casual, sino como parte de una dinámica más compleja: comer poco, mantenerse activas y sostener el día a punta de estimulación.
El consumo de bebidas energéticas en adolescentes se ha asociado a riesgos importantes para la salud física y mental, incluyendo ansiedad, alteraciones del sueño e irritabilidad. Pero hay algo aún más preocupante: pueden actuar como facilitadoras o amplificadoras de conductas alimentarias de riesgo.
Su alto contenido de cafeína y otras sustancias estimulantes, no solo altera el sueño, sino también el apetito. Puede disminuir la sensación de hambre, generar una falsa percepción de energía y, en algunos casos, favorecer una relación de dependencia.
Y en ese contexto, no es raro que empiecen a utilizarse con un objetivo muy concreto: comer menos, rendir más, “controlarse mejor”.
Las consecuencias no son menores.
A nivel físico, estamos hablando de cuerpos en pleno desarrollo, que necesitan energía real y nutrientes para crecer, madurar y sostener funciones básicas. Cuando esa energía y esos nutrientes no llegan, pueden aparecer alteraciones hormonales, fatiga crónica, dificultades en la concentración, mayor riesgo de desmayos, problemas gastrointestinales y alteraciones en el ritmo cardíaco. Paradójicamente, aquello que promete “más energía” termina dejando al cuerpo más agotado y desregulado.
A eso se suma el impacto del exceso de estimulantes: insomnio, nerviosismo, taquicardia y una mayor activación del sistema de estrés, lo que a largo plazo también puede afectar el bienestar general.
Pero quizás lo más invisible —y, a la vez, más profundo— ocurre a nivel mental. Porque cuando se empieza a reemplazar la comida por estimulación, lo que se instala no es solo un hábito, sino una forma de relacionarse con el cuerpo: desconectarse del hambre, desconfiar de las señales internas, asociar el comer con pérdida de control y validar la idea de que se puede —y se debe— funcionar con lo mínimo.
Ahí es donde el riesgo de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) deja de ser teórico y se vuelve real.
De hecho, la literatura científica ya ha descrito esta relación. Estudios sobre consumo de cafeína y TCA muestran que algunas personas utilizan estas bebidas para suprimir el apetito, aumentar la energía o incluso acompañar conductas compensatorias. Revisiones en pacientes con anorexia nerviosa apuntan justamente a este patrón.
Un estudio publicado en 2022 profundiza en esta asociación, evidenciando cómo el consumo de bebidas energéticas puede vincularse con conductas alimentarias de riesgo y mayor sintomatología asociada a TCA, especialmente en población joven.
Y entonces la pregunta deja de ser si estas bebidas “hacen mal o no”, y pasa a ser otra mucho más incómoda: ¿Qué está pasando cuando adolescentes sienten que necesitan estimulantes para poder sostener el día… sin comer?
Porque esto no se trata solo de bebidas energéticas. Se trata de una cultura que sigue premiando el control, el rendimiento y la productividad, incluso a costa del bienestar. Una cultura donde comer poco se normaliza, donde el cansancio se tapa en vez de escucharse y donde los cuerpos, incluso los que están creciendo, aprenden que sus necesidades pueden ser ignoradas.
Y ahí es donde, como adultos y cuidadores, no podemos mirar para el lado. Porque ningún adolescente debería necesitar una lata para poder funcionar. Y ningún cuerpo en desarrollo debería aprender que alimentarse es opcional.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE














