Paula

Si el sexo duele, no es normal

El dolor durante las relaciones sexuales sigue rodeado de silencio, mitos y desinformación. Entender sus causas es el primer paso para dejar de normalizarlo.

No es primera vez que en Paula abordamos este tema. El dolor durante la actividad sexual —conocido como dispareunia— es bastante común: se estima que entre un 20% y un 40% de las mujeres lo experimentará en algún momento de su vida. Y volvemos a ponerlo sobre la mesa porque, a pesar de los años, sigue siendo un tema que muchas veces permanece en silencio.

Las razones son diversas: desde la falta de especialistas que lo aborden en consulta, hasta el peso del tabú, que hace que muchas mujeres no se atrevan a preguntar y, peor aún, terminen normalizándolo. Así, la vergüenza y la desinformación siguen operando como barreras silenciosas que postergan el diagnóstico y dificultan el acceso a tratamiento.

El dolor, además, no se presenta de una sola forma. Algunas mujeres lo describen como ardor o una sensación de corte; otras, como presión profunda o una molestia punzante que aparece al inicio, durante o incluso después de la penetración.

En cuanto a las causas, suelen coexistir factores ginecológicos, hormonales, psicosociales y emocionales. Por ejemplo, existen patologías como el himen imperforado —una condición en la que esta membrana no tiene abertura— que puede dificultar la penetración y generar dolor. También hay disfunciones como el vaginismo, una contracción involuntaria de los músculos vaginales frente al intento de penetración, generalmente asociada al miedo al dolor. Este miedo puede tener múltiples orígenes —desde desinformación, educación restrictiva o experiencias previas dolorosas— y muchas veces se transforma en un círculo difícil de romper, donde el cuerpo anticipa el dolor incluso cuando ya no hay una causa física activa.

En este último caso, el estado del piso pélvico es clave. Esta musculatura cumple un rol importante en la función sexual y en el bienestar físico general. Cuando se encuentra tensa, en activación sostenida o descoordinada, puede generar dolor persistente o recurrente. Sin embargo, no siempre es evaluada durante el proceso diagnóstico, lo que explica por qué muchas mujeres pueden pasar por varias consultas antes de encontrar una respuesta clara. De hecho, la evidencia muestra que el 60% de quienes buscan ayuda consulta al menos a tres especialistas antes de recibir un diagnóstico adecuado.

En ese escenario, la kinesiología pélvica ha demostrado ser un tratamiento efectivo para aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida de mujeres con dispareunia. Carolina Silva, kinesióloga pélvica y especialista en sexualidad funcional, explica que muchas de las pacientes que llegan a su consulta arrastran una historia larga de dolor y frustración, con tratamientos que no abordan el origen del problema. “Muchas reciben abordajes que buscan solo disminuir la sensibilidad local, como anestésicos tópicos, reducir la fricción con lubricantes o, incluso, muy preocupantemente, se les sugiere consumir alcohol antes de la actividad sexual”, señala.

El abordaje kinésico pone el foco en el cuerpo desde una perspectiva funcional. A través de técnicas como la liberación miofascial, se trabaja directamente sobre los músculos del piso pélvico y el tejido que los recubre para recuperar flexibilidad y elasticidad, lo que se traduce en una disminución del dolor. A esto se suma el uso de dilatadores vaginales, que permiten reeducar la respuesta muscular frente a la distensión y disminuir la hipersensibilidad asociada a la penetración.

Una vez que la tensión muscular disminuye, el tratamiento se complementa con entrenamiento específico del piso pélvico, orientado a mejorar la coordinación, la fuerza y la capacidad de relajación. Esto, por supuesto, junto con educación en anatomía y autoconocimiento. Este proceso no solo apunta a aliviar el dolor, sino también a recuperar el control y la conexión con la propia corporalidad.

“Es hermoso ver cómo las pacientes se apropian de los músculos de su piso pélvico, que muchas veces ni sabían que existían ni cómo funcionaban. Durante el tratamiento dejan de tener miedo a esa zona que por tanto tiempo les generó angustia, rechazo o rabia, y comienzan a experimentar una vida sexual que también puede ser fuente de bienestar”, comenta Carolina Silva.

Más allá del tratamiento, el desafío sigue siendo cultural, agrega la experta. “Mientras el dolor continúe siendo un tema incómodo o difícil de verbalizar, seguirá llegando tarde a consulta. La dispareunia no es una condición rara ni excepcional, y tampoco es algo que deba asumirse como parte inevitable de la sexualidad”. Por ello, visibilizarla es, en muchos sentidos, el primer paso. Porque entender que el dolor no es normal permite abrir la puerta a algo que, hasta ahora, muchas mujeres no sabían que existía: la posibilidad real de una vida sexual sin dolor.

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