La trivialización de la privacidad

Hace aproximadamente dos años, los estudiantes chilenos en huelga hicieron llegar una de sus tantas propuestas de diálogo al presidente Sebastián Piñera. La iniciativa, como muchas otras, no prosperó y pasó rápidamente al olvido. Sin embargo, es interesante recordar una de las exigencias que pusieron los dirigentes del momento: que para asegurar la transparencia del proceso de negociación, éste fuera televisado en directo.
Dejando de lado lo que tal vez se podría atribuir a la falta de experiencia de los estudiantes (cualquiera que alguna vez haya participado en una negociación entenderá lo inapropiado de esta proposición), lo cierto es que detrás de ese requerimiento hay algo más interesante. Los jóvenes (digamos, los menores de 30 años) y los viejos (mayores de 50, es decir, mi grupo) tienen una concepción radicalmente diferente de lo público y lo privado. O más precisamente, de lo que debe ser público o privado.
Esta observación no sólo se aplica a jóvenes chilenos.
Pocos días después de que Edward Snowden revelara que el gobierno estadounidense estaba embarcado en una campaña masiva de vigilancia y espionaje a sus ciudadanos, me tocó estar en Nueva York. Curiosamente, las críticas a la política de fisgoneo de Obama vinieron desde todo el espectro político. Desde la American Civil Liberties Union (una de las organizaciones más liberales de EEUU) hasta Rush Limbaugh (un charlatán de extrema derecha conocido por sus afirmaciones racistas y misóginas). Sin embargo, lo que marcó la diferencia en las reacciones de los opinantes fue la edad. Los viejos con que conversé estaban mucho más preocupados que los jóvenes por esta invasión a la privacidad. La reacción de los viejos era comparar las acciones de Obama con el caso Watergate o los documentos del Pentágono. La de los más jóvenes era más bien encogerse de hombros y exclamar: "¿Qué más da? Está todo en la red en todo caso". O: "Yo no tengo nada que ocultar, no he cometido ningún delito".
Esto no es sorprendente si uno considera la cantidad de información personal que los jóvenes ponen voluntariamente en Facebook y en sus blogs, o que comparten -a veces con desconocidos- por Internet, más las fotos que envían por Twitter o sus celulares. De hecho, muchas empresas y head hunters, en vez de pedir referencias a los postulantes que entrevistan -sobre todo tratándose de graduados recientes- prefieren primero hacer una "smart search" en Internet para encontrar información relevante (y a veces comprometedora) con respecto al pasado del candidato. Lo mismo hacen muchas universidades durante el proceso de selección de alumnos.
Estas observaciones anecdóticas parecen estar avaladas por datos duros. Un estudio de la University of Southern California, por ejemplo, reveló que los menores de 35 (el grupo conocido como Millennials) son más proclives que los mayores a: (1) entregar información personal a cambio de recibir avisos comerciales más relevantes para ellos; y (2) canjear información sobre su ubicación (vía GPS) a cambio de recibir cupones de descuento u ofertas especiales. Esto es consistente con otro estudio del Pew Research Center que indica, como uno sospecharía, que los Millennials utilizan los portales de interacción social con mucha más avidez que las personas mayores.
Eso sí, pareciera que la transparencia (al menos en lo que se refiere a conseguir citas amorosas por Internet) tiene también un límite: se ha comprobado que los hombres mienten regularmente con respecto a su altura y nivel de ingresos. Las mujeres también mienten, pero con relación al peso y la edad.
Volvamos a los estudiantes y su propuesta de transparencia total en las negociaciones con el gobierno. Es evidente que detrás de esta propuesta -que habría transformado la fallida negociación en un reality show más que en un tira y afloja productivo- no había mala intención ni tozudez, sino más bien ingenuidad. La verdad es que hay muchas actividades que requieren de algún grado de opacidad para su éxito. Estas van desde las ilegítimas (como el adulterio) hasta las legítimas (la diplomacia). Por último, en toda negociación la regla más básica para poder llegar a un acuerdo es crear un ambiente de confianza mutua. En este contexto, una cámara de televisión instalada desde el comienzo es probablemente la mejor manera de sabotear ese objetivo.
En todo caso, independiente de la actitud que los jóvenes tengan con relación a la privacidad, una cosa es segura: cada vez hay menos de ella. Cada vez que usamos nuestras tarjetas de crédito, teléfonos celulares o hacemos una búsqueda en Google, dejamos una huella electrónica fácil de seguir. Y por lo tanto cada vez es más fácil para las organizaciones comerciales o entidades de gobierno construir un "perfil" nuestro.
Esto que me hace pensar en las palabras de Louis Brandeis, que fue miembro de la Corte Suprema norteamericana durante la primera parte del siglo pasado. Brandeis concebía el derecho a estar solo como el derecho más básico y propio del hombre civilizado. Claramente, este derecho es cada vez más difícil de ejercitar. ¿A quién le echamos la culpa? ¿A los que recolectan nuestra información personal o a nosotros mismos por entregarla tan fácilmente? Bueno, ése ya es otro tema, para otro día. Ahora debo chequear mis e-mails.
(*) El autor es académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile y director del CREM (aocusa@gmail.com).
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