La PSU rinde examen
En diciembre de 2003, la antigua Prueba de Aptitud Académica fue reemplazada por la Prueba de Selección Universitaria. Una década después, el debate sobre su rol está al rojo vivo. En medio de la polémica sobre si cumplió lo que prometía y las propuestas para cambiar el sistema de admisión, los expertos hacen su balance: ¿está obsoleta la PSU?
“Con la mano en el corazón, ¿qué prefiere: la PAA o la PSU?”. El martes 4 de diciembre, mientras miles de estudiantes rendían la PSU, en el teatro de KidZania, en Santiago, Ignacio Yaeger (13), un joven estudiante de un colegio de Osorno, planteaba en un video al ministro de Educación, Harald Beyer, la pregunta que hoy muchos académicos tratan de resolver. Y fue mostrada durante la premiación del Concurso de Lectores Infantiles de la Asociación Nacional de la Prensa (ANP), en la que obtuvo el primer lugar.
Beyer no titubeó: “Yo creo que la PAA era mejor”. Y explicó sus razones: “No era una prueba tan invasiva del sistema escolar, que hoy está muy afectado por la PSU, porque los colegios y liceos están preparando todos los días a los niños para la PSU. Y como es muy rica en contenidos, lo hacen de una forma que, yo creo, es muy inconveniente. Es lo que yo llamo las ‘pildoritas’, porque tienen que enseñarle los contenidos muy apretados para que después al joven le pueda ir relativamente bien. Por eso no me gusta”.
A 10 años de que la Prueba de Selección Universitaria (PSU) reemplazara a la Prueba de Aptitud Académica (PAA), Beyer no es el único que ha cuestionado el modelo. Hoy son varios los especialistas en educación que se preguntan si el actual examen de admisión a las universidades chilenas es el adecuado para el perfil de los estudiantes; si debe seguir siendo la única vía de ingreso; si un puntaje alto asegura el buen desempeño durante la carrera y si genera más o menos desigualdad que la PAA.
A diferencia de la PAA, que medía aptitudes y destrezas de los alumnos y un currículo limitado, la PSU evalúa el currículo escolar hasta cuarto medio. Justamente en ese punto es en el que la prueba ha encontrado sus mayores opositores: sus críticos aseguran que sólo los alumnos de colegios privados y que pueden pagar buenos preuniversitarios sacan mejores puntajes en desmedro de los que vienen de familias de bajos ingresos o que han estudiado en liceos técnico-profesionales, pues sus materias no son las mismas que contienen las preguntas.
Según Rodrigo Troncoso, coordinador del Programa Social de Libertad y Desarrollo, al medir la PAA más destrezas y menos contenidos, se podía compensar con “una mayor capacidad del alumno, que tenía la oportunidad de sacar un buen puntaje. Pero con la PSU es más difícil, porque por muy inteligente o brillante que sea el alumno, es imposible que sepa si nunca se lo enseñaron”.
Mónica Silva, investigadora de la Escuela de Administración de la UC, agrega: “La PAA medía razonamientos sobre la base de pocos contenidos. Y esta otra prueba mide una cantidad de contenidos que sabemos que no se pasan en todos los colegios de Chile”.
En cambio, Jorge Manzi, uno de los creadores de la PSU, aunque cree que se puede perfeccionar, está seguro que supera a la PAA. “Lo que tenemos hoy es técnicamente mejor que lo que teníamos. La PSU ha demostrado desde el punto de vista técnico lo más importante de una prueba de admisión, que es su capacidad para predecir el éxito de los estudiantes en las universidades. Y la evidencia que hay sobre la capacidad predictiva de la PSU muestra que ese cambio fue para mejor, no para peor”.
¿Es más equitativa la PSU que la PAA?
Cuando se implementó la PSU, uno de sus leitmotiv era que disminuiría la brecha de la desigualdad, luego que se basara en un currículo único para todos los estudiantes. “La expectativa era que, siendo una prueba que iba a estar relacionada a una experiencia común de todos los estudiantes, daría piso a una mayor igualdad en términos de competencias”, recuerda la ex ministra de Educación Mariana Aylwin, quien encabezó la cartera durante parte del proceso de discusión de la prueba.
Pero según sus principales críticos, en 10 años la PSU provocó el efecto contrario. “Fue una gran desilusión, porque hubo muchos académicos de buena fe que creímos que iba a disminuir la brecha. Pero ha aumentado. El supuesto era que el puntaje de la PAA dependía de lo que el niño aprendía en la sala de clases, en su contexto sociocultural y dentro de su hogar. Entonces, como el Mineduc podía influir en lo que pasara dentro de la sala, iba a intentar que todos los colegios tuvieran los mismos contenidos. Pero nada de eso ocurrió: la PSU sigue con brecha enorme”, asegura el profesor de la Cátedra Unesco sobre Inclusión en Educación Superior, con sede en la USACh, Francisco Javier Gil.
Pese a las críticas, hay expertos que están seguros que no se puede responsabilizar a la prueba de la inequidad. La ex ministra Aylwin es uno de ellos. Si bien reconoce que la desigualdad es mayor ahora que antes, precisa que hay que añadir un factor que hace 10 años no existía: la expansión de la educación superior a jóvenes que antes estaban fuera del sistema o que no rendían este examen.
Jorge Manzi coincide: “La prueba, desde el momento en que se hizo gratuita, hizo posible que muchos jóvenes que antes ni siquiera intentaban rendirla, ahora la rindan. ¿Y de dónde vienen? Principalmente de establecimientos más pobres. Entonces, una parte muy fundamental es un cambio en la composición de los estudiantes que rinden la prueba”.
¿Predice mejor el desempeño universitario?
Quienes defienden la efectividad de la PSU plantean que es un instrumento más eficaz que la PAA a la hora de predecir el éxito posterior de los estudiantes que selecciona para entrar a la universidad. Uno de los estudios disponibles sobre el tema, hecho por Jorge Manzi junto al equipo de la Comisión Técnica Asesora del Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas (CRUCh) y publicado en 2010, sostiene que, entre 2003 y 2006, tanto la PSU de Matemática como la de Lenguaje aumentaron su correlación con las notas de primer año de universidad respecto a la PAA rendida en 2002, pero que las pruebas son inferiores o iguales como predictores que las notas de enseñanza media.
Ese dato es uno de los puntos que Gil destaca para manifestar que la prueba no es más efectiva que otros mecanismos predictivos. “El ranking de notas en todo el mundo predice mejor el desempeño en la universidad que las pruebas externas. En la U. Católica hay 35.200 estudiantes; en la USACh 22 mil y en la Austral, 12 mil. Y en todas ellas, los alumnos que finalizan en el 10% superior de sus colegios son el top ten de sus carreras”, señala.
Juan José Ugarte, jefe de la División de Educación Superior del Mineduc, matiza la discusión: “La PSU está dentro del estándar internacional en términos de la predictibilidad que tiene una prueba de este tipo. La predictibilidad es modesta, pero es la que corresponde a este tipo de instrumentos”.
¿Hay un sesgo contra los técnico-profesionales?
En septiembre pasado, la PSU llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Carol Venegas, una estudiante del Instituto Superior de Comercio que dio la prueba en 2011, presentó una denuncia apoyada por la Fundación Pro Acceso: ella, que tenía promedio 6,0 y venía de un liceo técnico-profesional, asegura que nunca vio materias que le preguntaron en el examen que determinaba su opción de ingresar a una buena universidad.
Entre sus argumentos, Carol sostuvo que la principal diferencia la había notado en la prueba de Ciencias, en que se puede optar entre tres módulos -Biología, Física y Química-, pero que están basados en materias de tercero y cuarto medio que ella no cursó, porque no están consideradas en los liceos técnicos.
Lo que Carol no sabía es que diez años antes, en 2001, el tema fue debatido por los rectores en el proceso de cambio de la PAA. Que se evaluaron fórmulas, como la creación de una prueba especial de Tecnología, y que incluso en 2004 el Demre, de acuerdo a una minuta interna, era partidario de que hubiera un puntaje especial para quienes provenían desde ese tipo de establecimientos, algo que finalmente fue desestimado por el CRUCh.
Mónica Silva sostiene que el caso es la muestra de que la prueba cometió un grave error con ese grupo. Aunque son el 45% de la matrícula total en Chile y cerca de 70 mil rindieron la PSU el año pasado -un tercio del total-, apenas el 10% de ellos llegan a universidades. “Es una competencia desigual. El Consejo de Rectores lo sabía y no hizo nada en diez años”, plantea.
Ugarte coincide: “El currículo científico-humanista y el técnico-profesional son distintos. Y si miramos el rendimiento histórico de estos diez años de PSU, los segundos tienen mucho menor puntaje en todas las pruebas que los primeros. Por lo tanto, ahí hay un sesgo claro”.
El CRUCh se ha hecho cargo de las críticas a este punto. Esta semana, el actual vicepresidente del consejo, Juan Manuel Zolezzi, ratificó que la idea es que el próximo año se haga una medición específica para los técnico-profesionales, ajustando un capítulo especial en el área de ciencias, y que para 2015 se evalúa un proceso de admisión especial para quienes provengan de esos establecimientos.
La institucionalidad ¿es adecuada?
Una de las críticas a la PAA que ha continuado con la PSU es respecto a su institucionalidad. La prueba, en la práctica, es hecha por el Departamento de Evaluación, Medición y Registro Educacional de la Universidad de Chile (Demre), pero éste, a su vez, depende del CRUCh y tiene una comisión asesora designada por los rectores. Mónica Silva señala que “los mismos que hicieron la prueba la implementan, la evalúan y emiten todo tipo de informes oficiales”.
Según Manzi, quien participa de la comisión, lo ideal sería un modelo en que hubiera una entidad dedicada exclusivamente a la prueba. “Nadie discute las decisiones del Banco Central porque la gente tiene la convicción de que ahí hay expertos. La PSU tiene muchísima importancia para cientos de miles de familia, y nos merecemos que tenga esa misma respetabilidad. Los rectores lo reconocen: no le pueden dar el tiempo que se merece. Estamos dirigiendo esta prueba como si fuera una liga amateur”, es su análisis.
Hace dos semanas, el Mineduc propuso al CRUCh una serie de cambios, que incluyen la creación de una entidad similar al College Board estadounidense, que sea designada por el CRUCh, pero con dedicación exclusiva para la prueba. “La institucionalidad actual es muy precaria, representa sólo a un sector”, dice Ugarte.
Un punto adicional es la transparencia del sistema. Silva plantea que el CRUCh es muy celoso con la información para los investigadores: “No tenemos acceso a la información por pregunta. Nos llegan las bases de datos, y solo recibimos un puntaje total por alumno. No se pueden hacer análisis finos por ítem, porque el CRUCh los omite”.
De hecho, en septiembre pasado el Consejo para la Transparencia recibió una presentación a partir de una solicitud hecha por Moisés Sánchez, director ejecutivo de la Fundación Pro Acceso, en que se pedían datos al Demre, como auditorías internas e informes sobre errores de la prueba. “Debemos lograr que el sistema de ingreso a las universidades cumpla con los más altos estándares de transparencia, pues la educación es fundamental. Hay que transparentar las respuestas y los aspectos metodológicos para controlar dónde está fracasando el sistema por su evidente sesgo”, plantea Federico Allendes, presidente de Pro Acceso.
¿Es la herramienta ideal?
Jorge Manzi recuerda que la PAA se mantuvo sin grandes cambios durante 35 años. Y cree que el debate que se da sobre modificaciones a la PSU tras su primera década es algo positivo. “El proceso de discusión que generó el cambio de PAA a PSU fue tan grande, que generó un mayor espacio para que ahora haya más gente con opinión. Ahora sabemos mucho más del funcionamiento de la PSU que lo que nunca supimos de la PAA”, señala. Afirma que él está convencido que, por ahora, se debe seguir manteniendo el formato de pruebas obligatorias de selección. “En el mundo no hay nadie que haya descubierto una solución global mejor que las pruebas de admisión de carácter cognitivo”, plantea.
Gil tiene una opinión distinta. “La PSU va a ir teniendo menos peso político. El hecho de que haya becas, sea cual sea el puntaje, y que tres de las universidades más grandes -la U. de Chile, la Católica y la USACh- tengan sistemas que eximen de los resultados es una señal de eso. Y aunque fuera la mejor prueba del mundo, no se puede usar en Chile porque uno ya sabe el puntaje que se van a sacar todos los niños. Lo determina el colegio”, asegura. Para él, se debería avanzar a un esquema que valore el rendimiento del colegio, privilegiando la inclusión de los más pobres.
Juan Eduardo García-Huidobro, decano de la Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado, plantea que la fórmula es diversificar las formas de ingreso. “Nosotros tenemos un sistema excesivamente centrado en la PSU, y por lo tanto a la prueba se le exige mucho. Pero lo primero que uno tiene que hacer es pensar que debemos tener un sistema de admisión que refleje la diversidad del país”.
Con todo, la prueba enfrenta un momento clave. En enero está programada la entrega de una auditoría hecha por la prestigiosa consultora Pearson, cuyos preinformes han apuntado a falencias tanto en su estructura como en el rol que cumple en el sistema de admisión. Ugarte afirma que en el Mineduc, la idea es ir transitando hacia un modelo de “tres tercios”, en que la actual PSU -con cambios- representaría una parte, pero añadiendo la trayectoria escolar y pruebas que midan elementos no cognitivos, como la resiliencia y la capacidad de liderazgo. Sin embargo, su análisis del estado actual de la prueba es crítico: “Para poder colocarle nota a la PSU, hay que mirar calidad y equidad. Y en eso, hoy día tiene nota roja”.
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