Los wanakos despiertan en Atakama
<p>El primer golpe de Esteban Sosnik y Tiburcio de la Cárcova ocurrió hace siete años. Cuando fundaron Wanako con Wenceslao Casares, fabricaron videojuegos desde un país que no tenía tradición de hacerlo y terminaron vendiendo su empresa, cinco años más tarde, por US$ 10 millones. Ahora, quieren dar el segundo. Y la apuesta es más arriesgada. ¿Pueden estos dos argentinos sacudir el mundo de los videojuegos una vez más? La respuesta está en Atakama Labs.</p>
-¿No me vas a pedir que haga lo mismo de siempre, no?
Tiburcio le dice al fotógrafo que quiere hacer cosas distintas. Que no le pida que pose jugando con el joystick de su Atari. Que ya no quiere hacerlo. Que por favor, intenten algo más. Tiburcio, de hecho, dice que había pensado que las fotos que estaban por sacarle para acompañar esta nota podían hacerlas en su oficina del segundo piso.
-Pensaba en algo así como el nuevo búnker de Sosnik y De la Cárcova.
Su oficina, la que muestra junto a su socio Esteban, no convence al fotógrafo. Es colorida, está llena de chiches por los que se pagaría mucho en una feria geek: juegos de Atari, una de las primeras ediciones del Pong y una espada Jedi aún en su envase original.
-Está chora -dice el fotógrafo- pero hay muchas cosas. Demasiadas.
Y entonces volvemos a lo del principio.
Tiburcio de la Cárcova se da vueltas, propone cosas. Pero al final, vuelve a lo mismo. A lo que funciona. A la foto sobre el sofá, haciendo como que juega al Atari y poniendo caras extrañas junto a Esteban Sosnik.
Y eso, esta pequeña escena antojadiza, va a hacer sentido al final de esta entrevista.
Antes, hay que decir que todo esto ocurre en una casa en Vitacura que Tiburcio y Esteban arriendan. Que ahí es donde han estado trabajando en el último de sus proyectos. Que esto, este nuevo negocio que quieren difundir, se llama Atakama Labs. Y que, apuran en aclarar, no tiene nada que ver con su primera compañía, aunque sí con el mundo de los videojuegos. Porque esta idea por la que están apostando es más arriesgada y ambiciosa. Que es como una evolución, dicen. Una evolución de un experimento que partió hace siete años y que hoy no les pertenece. Una maduración de algo llamado Wanako Games.
Press start
Los grandes emprendimientos suelen partir con ideas que suenan demasiado dementes. Como cuando Wenceslao Casares, el argentino genio que le había vendido Patagon al Banco Santander por US$ 528 millones un día antes de que reventaran las puntocom, había pensado que nadie por este lado del mundo estaba metiéndose en el mundo de los videojuegos. Y ahí, en esa situación, que parecía tan obvia, Casares vio una oportunidad.
Lo que pasó ese 2002 salió en revistas, diarios y noticiarios centrales de la televisión. Junto a dos amigos argentinos, Tiburcio de la Cárcova y Esteban Sosnik, Casares fundó una empresa que se dedicaría a la fabricación de juegos casuales. La llamó Wanako Games, porque "Los Guanacos" se llamaba la estancia donde Casares se había criado en la Patagonia. Ahí, Sosnik oficiaba de gerente general y De la Cárcova trabajaba en el área de desarrollo.
Sin darse cuenta, la empresa creció rápido. Ya para 2007 habían creado 12 juegos y además ganado varios premios. Entonces llegó la oferta: en febrero de ese año Vivendi Games -el gigante francés de los videojuegos online- puso US$ 10 millones sobre la mesa para que Wanako pasara a formar parte de Sierra Online, la división de juegos en línea de la francesa. Todo el mundo celebró la compra. Casares se fue, y los otros dos se quedaron. Esteban pasó a trabajar en California para Vivendi, y Tiburcio se quedó en Santiago formando gente y desarrollando juegos como gerente de una de las áreas de Wanako, con base en Santiago. El contrato con Vivendi, que más tarde vendería Wanako a la canadiense A2M, establecía un acuerdo de no competencia por dos años. Eso, entre otras cosas, significaba que no podían formar otra empresa y entrar a pelear al mercado de los videojuegos hasta diciembre de 2008.
En ese tiempo, Esteban y Tiburcio observaron y aprendieron. La venta a Vivendi había acelerado algo que venían pensando hace algún tiempo. Querían, otra vez, hacer algo juntos.
-No sabíamos cuándo, pero sí sabíamos que en algún momento- dice Tiburcio.
Y ese momento comenzó a concretarse cuando Esteban dejó su espacio en Vivendi y decidió que era hora de aplicar lo aprendido en California. En noviembre de 2008 -un mes antes de cumplirse el plazo acordado con la francesa- se reunió con Tiburcio en Buenos Aires y decidieron que esto, su nuevo proyecto, debía dejar de ser una buena idea que se conversa a través de Skype y convertirse en algo concreto. Algo que los ponga de nuevo en ese punto donde no hay más que partir de cero. Y sucedió. Tiburcio renunció a su gerencia en Wanako, le dijo adiós a toda la gente y se despidió del que había sido el proyecto más exitoso de su vida.
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