De la emergencia a la gestión del fuego

SEÑOR DIRECTOR:
En Chile hablamos de incendios forestales todos los veranos, pero seguimos tratándolos como una anomalía y no como el resultado del territorio que hemos construido y de la crisis climática.
El fuego no termina cuando se apagan las llamas. Contamina agua y suelo, deja humo y compuestos tóxicos por semanas, afecta con mayor fuerza a niños y niñas, personas mayores y trabajadores rurales, deteriora la salud mental y, tras las lluvias, transforma cerros en escenarios propicios para aluviones y deslizamientos.
El problema es que llegamos tarde. Cuando el incendio ya es grande, el margen de acción es mínimo. Por eso, el desafío de fondo es la gestión del fuego: ¿Cómo hacerlo en un país donde los cerros son mayoritariamente privados y el ordenamiento territorial prácticamente no existe?
Que un cerro sea privado no lo vuelve irrelevante desde el punto de vista del riesgo: el fuego no reconoce cercos ni títulos de dominio. Gestionar los incendios exige asumirlos como un problema de interés público y contar con un Estado más presente que, por ejemplo, regule las parcelaciones y cambios de uso de suelo para evitar nuevos focos de vulnerabilidad. Esto no funcionará sin prevención comunitaria, considerando que la mayoría de los incendios tiene origen humano.
Los incendios forestales no son un desastre natural. Mientras no cambiemos la forma de habitar y regular el territorio, seguiremos llegando tarde, cuando el cerro ya se está quemando.
Ignacia Yantén Zúñiga, Ingeniera ambiental
Claudia Soto Acuña, Geógrafa Mg. en Planificación Territorial Rural
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