James Joyce y su más terrible celador

Stephen James Joyce, nieto del autor de Ulises, fue su último albacea. Fallecido en Francia, mantuvo una batalla permanente con los "joyceanos": los detestaba.



La biblioteca en torno a James Joyce es con toda seguridad más vasta que toda su obra. Eventualmente, el autor irlandés cuenta con más eruditos que lectores en el mundo. Ulises, la novela más influyente y acaso una de las menos dóciles al gusto popular, creó una comunidad de críticos y académicos en torno a ella. Un culto rodeado de teorías e interpretaciones, al que luego se unirían los biógrafos con revelaciones sobre la vida del autor seminal de las vanguardias literarias. Un mundo que Stephen Joyce, el último descendiente del escritor, detestaba: "Ratas y piojos: ¡Deberían ser exterminados!", diría.

Feroz celador de las obras de su abuelo, quien nació en Dublín en 1882, vivió en París y murió en Zurich en 1941, Stephen James Joyce, como le gustaba que lo llamaran, falleció el 23 de enero pasado en Ile de Ré. Nacido en 1932 en la capital francesa, era hijo de Giorgio Joyce, el primogénito del escritor, y su esposa Nora. A mediados de los 80 se hizo cargo de la herencia literaria del autor irlandés y se distinguió por su hostilidad hacia los estudiosos, así como por negar el permiso para proyectos vinculados a su obra y amedrentar a quienes estaban tras ellos.

"Soy un Joyce, no un joyceano, y hay más que un matiz en ese hecho", solía decir. De joven dijo sentirse intimidado por los joyceanos y evitó acercarse a la obra de su abuelo. "A medida que crecía, me di cuenta de que Joyce no es el escritor difícil que dicen que es", dijo a la revista The New Yorker. "Cuando dicen: 'Hemos hecho tanto por él', pienso: ¿qué pasa con los miles, por no decir millones, de lectores a los que asustan? Toda esta basura que escriben".

A inicios del año 2000, el compositor irlandés James Fennessy le solicitó autorización para utilizar una frase del Finnegans Wake en una obra coral. Se trataba de un proyecto encargado por la emisora de música clásica Lyric FM y sería transmitido en toda Europa. "Ni siquiera puedes deletrear correctamente el título del último trabajo de mi abuelo", respondió Stephen Joyce. Y sobre la grabación que le envió el músico, anotó: "Para decirlo cortésmente, suavemente, a mi esposa y a mí no nos gusta tu música".

El espíritu poco receptivo y escasamente amable del nieto de Joyce se hizo público en 1988, cuando Brenda Maddox publicó una biografía de su abuela Nora. El libro incorporaba un epílogo dedicado a su tía, la bailarina Lucía Joyce, diagnosticada con esquizofrenia y quien vivió en siquiátricos. Stephen logró que la biógrafa eliminara el capítulo y anunció que había destruido toda la correspondencia de Lucía, incluyendo cartas y postales de Samuel Beckett. Además, lo habría irritado que Brenda Maddox citara la correspondencia erótica entre Joyce y su mujer, que en todo caso ya había sido difundida por el crítico Richard Ellmann en los 70.

En adelante, Stephen impidió que los estudiosos volvieran a citar esa correspondencia. Del mismo modo, desautorizó ediciones, como el Ulises popular que preparó el irlandés Danis Rose, a quien llevó a tribunales. Michael Groden, de la Universidad de Western Ontario, creó una versión multimedia de la novela y recibió una demanda también, luego de alabar la edición de Danis Rose. "Deberías considerar una nueva carrera como recolector de basura en la ciudad de Nueva York, porque nunca volverás a citar un texto de Joyce", le dijo el nieto del autor.

Tal vez el mayor ejemplo del magnetismo que despierta Joyce entre los joyceanos sea el Bloomsday: la fiesta del 16 de junio, que recuerda el paseo de Leopold Bloom en Ulises, el mismo día de 1904. Fue celebrado por primera vez en 1954, por cuatro críticos y académicos en Dublín. Hoy es una fiesta nacional en Irlanda y se celebra con seminarios y lecturas en numerosas ciudades de Europa y EE.UU. En 2004, para el centenario del Bloomsday, Stephen quiso impedir las lecturas públicas de la novela.

El poder del albacea concluyó en 2011: 70 años después de la muerte de Joyce, caducaron sus derechos literarios. La obra del abuelo quedó libre entonces del celo de su nieto y, tras su muerte, la dinastía Joyce se extingue: "No tengo hijos", dijo a la revista The New Yorker. "La línea muere conmigo".

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