Por Ignacio OlivaresEl nuevo orden musical
Mientras los locales chicos y medianos viven una cuenta regresiva para su extinción, la parafernalia tiene un futuro esplendor en el nuevo orden musical. Es lo que se ha llamado la “Disneyficación” de los recitales, que han evolucionado como parques temáticos.

Con el fin de la pandemia se comenzó a regularizar el mercado de la música en vivo, que pronto recuperó los niveles de sus mejores épocas. En la epidermis se ve una industria próspera que augura niveles de crecimiento récord para la próxima década.
Si en 2024 la música en vivo alcanzó casi los $35 mil millones de dólares, para 2034 se proyecta una cifra cercana a los $63 mil millones. Pero el incremento exponencial de las giras mundiales y el interés por llenar plateas comenzó a hacer evidente una nueva realidad tan deslumbrante como perversa.
El advenimiento del streaming como formato principal de distribución terminó por devaluar las canciones hasta su nivel más bajo. En Spotify, la plataforma líder, un artista estándar necesita superar las 250 reproducciones para ganar un solo dólar (y a nivel nominal, porque le llega una porción ínfima de esa suma). En el nuevo orden musical la música en vivo manda y el streaming apenas pesa.

Ahí está la paradoja: si antes salir de gira era un mecanismo promocional para vender discos, ahora el disco -y la canción- operan como un “flyer” para vender entradas de conciertos. La bonanza de la música en vivo trajo un puñado de prácticas aborrecibles.
Hace pocos días un jurado determinó que Live Nation y Ticketmaster funcionaban como un monopolio y sus prácticas limitaban la competencia y elevaban los precios de los boletos. Este conglomerado tiene un ecosistema de integración vertical que actúa en toda la cadena de valor: maneja los artistas, promueve de forma exclusiva sus giras, opera los recintos y vende las entradas. El proceso sigue en curso y pretende separar a las dos empresas pero, entre apelaciones y acuerdos, pasará un buen tiempo antes de que se vea una solución que conforme a todas las partes.
La venta de entradas ha evolucionado de un modo exasperante para el aficionado. Existen colas virtuales, precios dinámicos y algoritmos que van controlando -y modificando- el proceso en tiempo real. Las comisiones y otros derechos asociados a la entrada han convertido al precio final en una incógnita: nadie sabe lo que va a pagar a ciencia cierta hasta que tenga el QR asegurado en el teléfono.

En todo caso, no se trata sólo de un tema de oferta y demanda. El usuario también participa en este intrincado mecanismo y la industria ha sabido identificarlo. En el nuevo orden musical ahora existe el “superfan”: un sujeto que es inmune a los precios prohibitivos y que busca experiencias catárticas en el escenario. Es el que compra las mejores entradas, adquiere colecciones y cajas de lujo y es incondicional a su artista, a todo evento. Para complacer al superfan, los conciertos y los tours han mutado en espectáculos audiovisuales inmersivos, con pulseras LED sincronizadas, realidad aumentada y eventos coreografiados hasta el más mínimo detalle. Es lo que se ha llamado la “Disneyficación” de los recitales, que han evolucionado como parques temáticos.
El ejemplo más patente se dio con la inauguración de The Sphere en Las Vegas, un espacio que es más importante que el artista de turno que lo habita y donde la música es sólo un engranaje de la maquinaria. Mientras los locales chicos y medianos viven una cuenta regresiva para su extinción, la parafernalia tiene un futuro esplendor en el nuevo orden musical.
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