Por Paula FrederickLa Casa de los Espíritus: El tiempo recobrado
Al final, el mejor aliado de la serie, es el tiempo. Ese que regala la serialidad y sus espacios holgados. El que permite que los vínculos respiren, y el espectador se fidelice con su historia. El que analiza el paso de los años, y confirma que los contextos cambian, pero la naturaleza humana persiste. Solo el tiempo dirá si la serie pasará la prueba de la historia.

El cine y la literatura mantienen una relación obstinada. Nacen de la misma pulsión, pero sus caminos colisionan, se bifurcan y vuelven, inevitablemente, a entrelazarse. Como una relación tortuosa pero necesaria, marcada por una insatisfacción constante y, al mismo tiempo, una dependencia inevitable. Y en ese vaivén infinito, el lector, o el espectador, siempre terminan siendo el juez más severo.
Pocas obras cargan con el peso de La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Su éxito, relevancia literaria y dimensión simbólica, ha cruzado fronteras, generaciones y lenguajes. Adaptarla es, inevitablemente, un gesto ambicioso. Pero también, muy esperado.

Después de su vilipendiada versión cinematográfica de 1993, llena de estrellas angloparlantes, La casa de los espíritus llega a Prime Video en formato serial, bajo la dirección de Andrés Wood y Francisca Alegría, showrunner junto a Fernanda Urrejola, y producida por Fábula, Eva Longoria y la propia Isabel Allende. Filmada solo en locaciones chilenas, con un elenco de actores nacionales e iberoamericanos y con música original de Mon Laferte, los ingredientes anticipan una serie única, grande y nuestra, que podría finalmente captar el espíritu del libro en cuestión.
Primera decisión inteligente: partir desde el final. O, al menos, desde un presente que nos suena cercano. En la primera escena, Alba (Rochi Hernández), nieta de Clara, descubre los cuadernos de su abuela, y su voz se vuelve hilo conductor de una historia fragmentada, hecha de recuerdos y herencias invisibles. Ese gesto instala uno de los núcleos del relato: el lugar de las mujeres en la familia y su obstinada persistencia. Clara (interpretada en su adultez por Nicole Wallace y Dolores Fonzi) , Blanca (Sara Becker y Fernanda Urrejola), Alba, la desgraciada Rosa y sus cabellos verdes, se vuelven variaciones de una misma fuerza femenina, que se despliega en distintos cuerpos y épocas. Figuras eternas, a veces bendecidas, otras malditas, en constante tensión con un mundo marcado por la violencia, la desigualdad social, la figura imponente de Esteban Trueba (Rodrigo Herrera) y la búsqueda de sus derechos fundamentales, siempre esquivos.

Como en toda adaptación, hay pérdidas. La intensidad se modula, los conflictos se condensan. En esa dimensión de elecciones y renuncias, la cámara se desliza por los espacios como una presencia discreta, a medio camino entre lo íntimo y lo ajeno. Intrusa y familiar. Hay algo etéreo en su mirada, que sugiere que todo podría ser recuerdo o invención. Ese recurso se intensifica al filmar los personajes femeninos, más oníricos, difusos, que se funden en su entorno, y se endurece con los masculinos, rígidos, anclados en sus propios márgenes. Terrenales y, a la vez, lejanos.
Con ritmo fluido y escenas de gran belleza, los primeros capítulos de la serie son la crónica de una premonición anunciada. Como las visiones de Clara del Valle. Y aunque haya poca sorpresa y más lugares familiares, o comunes, no la hace menos interesante.La intuición es que no busca sorprender, sino resonar. En un nuevo formato, con mayor nitidez y un lenguaje común: el de un país, un continente y sus heridas persistentes, que sobreviven en los libros, mientras se diluyen en la memoria.
Al final, el mejor aliado de la serie, es el tiempo. Ese que regala la serialidad y sus espacios holgados. El que permite que los vínculos respiren, y el espectador se fidelice con su historia. El que analiza el paso de los años, y confirma que los contextos cambian, pero la naturaleza humana persiste. Solo el tiempo dirá si la serie pasará la prueba de la historia. Por ahora, queda la belleza, la intuición y un nuevo, y promisorio, comienzo.
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