Por Paula FrederickHalf Man: la rabia de los otros
La serie de HBO abre como un golpe al estómago. Ruben (Gadd), de torso desnudo y manos empuñadas, enfrenta violentamente a Niall (Jamie Bell) vestido con impecable traje escocés, el día de su boda. Encerrados en un inhóspito granero, uno habla desde el miedo; el otro, desde una rabia que no conoce fondo.

¿Hasta qué punto es válido ponerse en juego, para contar una historia? Lo del actor, director y guionista escocés Richard Gadd, es un caso de estudio. Pero en el mejor de los sentidos. En 2024, Gadd irrumpió en la serialidad con Bebé reno, la miniserie de Netflix que arrasó con premios y audiencias. Nadie pudo olvidar a Donny Dunn y ese gesto mínimo que desata la tragedia: ofrecerle una taza de té a Martha, una mujer solitaria que transforma una conversación casual en una obsesión enfermiza. La serie escarbaba todas las capas de una relación tóxica, mientras Gadd exponía un lugar todavía más doloroso: el abuso sexual y de poder que sufrió, sistemáticamente, por parte de un hombre mayor.
Antes de diseccionarse frente al mundo, Gadd ya estaba escribiendo Half Man, la extraordinaria miniserie que nos convoca. Su nueva creación llega a HBO Max aprovechando el impulso de su antecesora y, nuevamente, con el actor en el centro. Porque si algo parece obsesionar a Gadd, es convertir su cuerpo y sus traumas en materia narrativa. No solo escribe sobre sus demonios: los interpreta, los habita y los instala sin tapujos frente a cámara.
La serie abre como un golpe al estómago. Ruben (Gadd), de torso desnudo y manos empuñadas, enfrenta violentamente a Niall (Jamie Bell) vestido con impecable traje escocés, el día de su boda. Encerrados en un inhóspito granero, uno habla desde el miedo; el otro, desde una rabia que no conoce fondo. Pronto, la serie nos revela que Ruben y Niall son en realidad hermanastros, obligados a convivir desde niños en el Glasgow de los años 80.
En los reenvíos a la juventud, interpretados por Stuart Campbell y Mitchell Robertson, aparece la raíz de la herida. Ruben acaba de salir del reformatorio tras arrancarle la nariz de un mordisco a un compañero, mientras Niall es un adolescente tímido que todavía esconde su homosexualidad. Cuando Ruben entra en su habitación y reemplaza cada objeto por los suyos, no solo invade un espacio físico: borra cualquier rastro de identidad. Desde ahí, Half Man construye un análisis feroz sobre una relación que fluctúa como un péndulo entre odio, culpa y necesidad.

Si Jamie Bell (Billy Elliot), ya había demostrado su gran registro actoral, aquí Gadd también expande sus límites. Para interpretar a Ruben, aumentó de peso y masa muscular, transformándose gradualmente en una especie de hombre-bestia, con esa pulsión primitiva de iniciar una conversación siempre con amenazas y puños, antes que con palabras. Sin embargo, bajo esa brutalidad permanente, aparecen grietas constantes. Miradas quebradas, silencios incómodos, una fragilidad infantil que asoma incluso en sus momentos más violentos.
Así, Half Man retrata dos versiones de lo mismo: hombres heridos que convierten al otro en espejo, refugio y campo de batalla al mismo tiempo. Como si solo pudieran expulsar sus culpas dañándose mutuamente. La serie funciona como un estudio brillante sobre la masculinidad tóxica, aunque evitando el lugar común. No hay discursos grandilocuentes ni moralejas evidentes, sino dos personas incapaces de ver sus falencias, a no ser que se desplieguen en quien tienen al frente. Para Gadd, ya no se trata solo de una experiencia personal, sino de explorar cómo el dolor y la violencia se heredan, como un idioma familiar.
¿Hasta qué punto somos realmente completos, sin la mirada de los demás? Half Man presenta a dos hombres a medias, que ya no saben cómo ser sin el otro. Una ecuación orgánica, destructiva y adictiva, como las mejores series: esas que a veces nos agobian, nos esclavizan, que duelen un poco, pero que no podemos abandonar.
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