Culto

La Misteriosa Mirada del Flamenco: La Familia Invencible

Premiada en el último Festival de Cannes, La Misteriosa Mirada del Flamenco es la sorprendente e inclasificable historia de una familia queer en el norte chileno de los años 80.

Mamá Boa (Paula Dinamarca) y el minero Clemente (Luis Dubó) en una escena de La Misteriosa Mirada del Flamenco, de Diego Céspedes.

En el año 1982, Chile es un oasis de pacatería y desinformación al sur de un continente que lentamente va despertando tras décadas de autoritarismo. En el Desierto de Atacama, entre el Norte Grande y el Norte Chico, una abultada familia queer vela por la vida de Lidia (Tamara Cortés), una niña de 11 años de naturaleza tan arisca como los cactus y tan resistente como las piedras de su entorno.

Su madre adoptiva es Flamenco (Matías Catalán), travesti de larga figura, rasgos faciales delicados y una enfermedad galopante que nadie menciona, pero todos conocen. La matriarca de este clan es Mamá Boa (Paula Dinamarca), mujer curtida, con años de circo en el amor y las penas, y ya de vuelta de tanto vaivén existencial.

Lidia (Tamara Cortés) es la joven protagonista de La Misteriosa Mirada del Flamenco.

Están también la extrovertida Estrella (Sirena González), la inquieta Piraña (Francisco Díaz) y la alguna vez melenuda, pero hoy frágil Leona (Bruna Ramírez). En esta tierra de sol ardiente y aguas en gotas, Lidia tiene un amigo que se llama Julio (Vicente Caballero), muchacho un poco mayor, desprejuiciado y de naturaleza amable.

Cerca de ahí merodea una pandilla de quinceaños buenos para el alboroto y el hostigamiento que no pierden oportunidad en molestar a Lidia. En cualquier caso, les suele ir mal en la medida queson enfrentados por el clan de Boa.

Tampoco les va muy bien a los ignorantes mineros que llegan a la casa queer con el objetivo exclusivo de neutralizar a la familia, domarla y vendarles los ojos a cada una de sus integrantes. Los hombres del metal creen que a través de su mirada, ellas contagian la maldita enfermedad que poco a poco ha ido consumiendo a varios del entorno.

Flamenco (Matías Catalán) en una escena de la premiada cinta de Diego Céspedes.

En algún momento de La Misteriosa Mirada del Flamenco, película inclasificable en su tono y muy original en su propuesta, el minero Clemente (Luis Dubó) entenderá que las travestis no son enviadas del demonio, sino almas alegres con sólo algo más de personalidad. Las querrá, comenzará a reír con ellas y, como si el drama se convirtiese en comedia y su ignorancia en sabiduría, empezará a disfrutar una nueva vida.

Aquellos giros de guión son algunos de los aspectos más sorprendentes en el primer largometraje del director Diego Céspedes, que el año pasado ganó la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes.

Céspedes no tiene miedo a cruzar el río de lo correcto cuando su impulso lo manda y así es como la película va del melodrama puro (con el hit Ese Hombre, en voz de Rocío Jurado) al spaghetti western sostenido por unas notables secuencias en la carretera desértica con una guitarra eléctrica de fondo.

El filme de Diego Céspedes se ambienta en los años 80 en el norte chileno y ganó la sección Una Cierta Mirada, del Festival de Cannes.

Este es un cine que también es táctil y a flor de piel, con texturas, colores y superficies que se lucen a plena luz o en la magnífica noche nortina. En ese sentido comparte parte de su ADN con El Agente Secreto (2025), la película brasileña ambientada en los años 70 nominada a cuatro premios Oscar y que ostenta un diseño de producción sorprendente.

Pero si en el largometraje brasileño el paisaje dramático tenía un telón de fondo político, aquí todo es más bien a escala familiar y humana. Mientras el virus del VIH campea de hemisferio norte a hemisferio sur, un irreductible grupo de travestis lo enfrenta con honor y gloria, pero sobre todo con mucho amor hacia la niña que les tocó criar. De eso nunca se olvidará Lidia.

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