Culto

Todo en todas partes al mismo tiempo

Que Goransson, el compositor de bandas sonoras más exitoso de este milenio, sea una figura ubicua en Hollywood se debe a un método infalible que ha curtido por más de 15 años. La simbiosis con el director aparece como su primer mandamiento.

Todo en todas partes al mismo tiempo

Ludwig Goransson es el compositor de bandas sonoras más exitoso de este milenio, aunque su nombre pase inadvertido entre el público. El pasado 15 de marzo se llevó el tercer Oscar de su carrera por la partitura de Sinners, la película de Ryan Coogler que sirve de excusa para darse un buen baño de blues (o de sangre, según como se le mire). El músico sueco, de 41 años, ha sabido plantarse frente a la pantalla gigante con un método muy claro y con una ética de trabajo que lo ha llevado a coexistir entre el cine, la televisión y la música pop. A Ludwig -que se llama así en honor a Beethoven y que comenzó su carrera en la serie de comedia Community- le sirven todas las micros.

Que Goransson sea una figura ubicua en Hollywood se debe a un método infalible que ha curtido por más de 15 años. La simbiosis con el director aparece como su primer mandamiento. A Ryan Coogler lo conoció en la universidad y no ha parado de acompañarlo en proyectos como Creed, Black Panther (su primer Oscar), Wakanda Forever y el reciente Sinners. A través de Coogler llegó también a Christopher Nolan, quien lo dejó a cargo de Tenet cuando la agenda de Hans Zimmer estaba copada. De ahí pasó a Oppenheimer (su segundo Oscar) y este año acompañará a Nolan en La Odisea, otra película que irá directo a su Olimpo personal. Ludwig Goransson escribe desde cero después de leer los guiones (a diferencia del común de la industria, que trabaja desde las imágenes y con música de referencia). Además, tiene una obsesión por el diseño de sonido, que se vuelve un componente esencial de su partitura. Para Creed, el spin-off de Rocky, convirtió los golpes de boxeo en percusión; en Tenet realizó palíndromos auditivos, al invertir piezas musicales y exigir que sus intérpretes las replicaran de esa forma. Con Oppenheimer mezcló el crujido de contadores Geiger con fraseos de violín y los hizo mutar a través de la síntesis granular de sus equipos. Hasta la música de The Mandalorian nació en una flauta dulce baja de pocos dólares, que intervino con efectos y que terminó por darle a la serie un toque de spaghetti western del espacio exterior.

Para Black Panther fue más lejos: realizó una investigación etnomusicológica y viajó a Senegal para empaparse de sus sonidos tribales. Eso lo entroncó con el hip-hop y terminó manipulando tambores parlantes en medio del océano de bronces que suele ocupar una película de superhéroes. En Sinners tomó una vieja guitarra y evocó el blues que le había enseñado su padre en Suecia: también ayudó a coreografiar la escena que le da todo el sentido a la película, cuando evoluciona desde los tambores africanos hasta el rock. Ludwig Goransson también tiene un pie en el pop, a través de su premiado trabajo con Childish Gambino y sus colaboraciones con Rihanna, Adele, Vampire Weekend, Alicia Keys y Stormzy, entre otros. Esa visión global y desprejuiciada de la música lo tiene dominando este milenio y con la pega asegurada. No hay tregua para Ludwig, que está en todo y en todas partes al mismo tiempo.

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