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Cuándo y por qué visitar el salvaje reino de Pantanal

<P>Todavía es un destino exótico para turistas nacionales, pero sus atractivos son muchos: animales al alcance de la mano, potente flora, vida de campo y paisajes que se inundan según la temporada.</P>

SI TIENE MAS DE 30 años y escucha la palabra "Pantanal", de seguro a la cabeza se le vienen las imágenes de una ¿erótica? teleserie brasileña que pasó por las pantallas nacionales en 1992, una que utilizaba esta región como telón de fondo de una historia de amor entre la rebelde -y sensual- Yuma y Juventino, y que inmortalizó la frase "me quiero ir pa' mi casa".

Tal como ha sucedido con otras producciones audiovisuales, la serie, transmitida en varios países, fue un potente promotor turístico de esta indómita y extensa región ubicada en los estados brasileños de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul y donde perfectamente caben pequeños países europeos.

Podemos decir que para un chileno, Pantanal está relativamente lejos, llegar no es fácil ni barato. Entonces, ¿por qué deberíamos conocer este lugar? ¿Qué tiene de especial?

Comencemos diciendo que aquí, afirman, es más fácil ver fauna que en el Amazonas, puesto que no existen esos densos e impenetrables bosques característicos de la selva húmeda. Y que la mejor época para observar animales salvajes es entre julio y septiembre, en lo que se conoce como la época seca, cuando el Pantanal se alfombra de verdes pastizales y la fauna se reúne en torno al agua restante. La temporada en la que el calor es un tema y los mosquitos proliferan va de noviembre a marzo, pero es cuando la zona adquiere su característico aspecto de vastos campos inundados.

¿Es tan fácil ver animales? Es lo más parecido a un zoológico sin rejas. Porque uno se va adentrando por los caminos de tierra roja de la región y, en un comienzo, las cámaras fotográficas disparan ráfagas sobre los yacarés de la ruta, los mismos que luego de un rato se vuelven familiares. Y los mismos que antes en vez de disparos fotográficos, recibían cañonazos reales por parte de los cureros, cazadores en busca de pieles que luego vendían en tierras paraguayas.

Y la lista de animales es larga: capibaras -el roedor mais grande do mundo-, osos hormigueros, tapires, ciervos, monos, felinos (como el jaguar), anacondas; 263 especies de peces, entre las que destaca la temible -deliciosa y llena de espinas- piraña, y aves, muchas, unas 650 especies. De hecho, este punto del planeta es famoso entre los fanáticos del birdwatching por el volumen de aves que lo habitan, entre las que destacan garzas, búhos, el tuiuiú y el bellísimo y amenazado arará azul. La conservación aquí es un tema. El tráfico de animales es el tercer mayor negocio ilícito del mundo y, solo en Brasil, movería un billón de dólares al año. Y es precisamente el arará una de las especies más solicitadas. Si es que sobrevive al traslado (uno de cada 10 lo logra), puede llegar a costar 60.000 dólares el ejemplar.

Otra potente razón para visitar la región es la vida de campo que se experimenta en esta zona de 230.000 km2 que comparten Brasil y, en menor proporción, Bolivia y Paraguay. Viajar de manera independiente es un poco difícil, entonces lo más recomendado es alojarse en las fazendas turísticas que ofrecen servicio de turismo rural y contacto de primera mano con las duras labores del "campo", todas las comidas y numerosos paseos para conocer la flora y fauna.

Y cualquier recorrido acá es una aventura en sí misma. Bien lo saben los pantaneiros (vaqueros), siempre de sombrero hecho de palmeras, machete en la espalda y tereré -mate frío- al alcance de la mano. Rudos personajes que han aprendido a estar gran parte del año rodeados de oscura agua y sus latentes amenazas. También sus animales. Los aclimatados caballos, por ejemplo, poseen musculosos tórax (por el nado) y sus pezuñas no se pudren. Del mismo modo su ganado -se calculan unos 23 millones de cabezas-, que vive durante el día comiendo pastos acuáticos y durante la noche duerme en las llamadas cordilheiras: pequeños islotes que comparten con toda la fauna pantanera como miniarcas de Noé.

Es de noche y hace algunas horas arribamos a la Fazenda San Francisco. El ocaso es un fresco de naranjas tonalidades y los bichos ponen la banda sonora. Roberta, una chica de 24 años, nos invita a que la acompañemos cuando oscurece por un camino sólo iluminado por linternas. Tras unos 15 minutos caminando y en pleno Pantanal, una gigantesca fogata es el centro de la particular recepción que se les ofrece a los turistas: asado, antorchas, mesas, bebidas, un piano. Roberta nos da la bienvenida y luego se sienta frente al piano y la música clásica nos pone melancólicos y, más tarde, los acordes de típica música local hace que las parejas bailen felices bajo las estrellas. Y si hace un rato nos preguntábamos por qué venir y qué tenía de especial este lugar, la respuesta puede ir por este tipo de experiencias únicas: estamos rodeados de ignotas amenazas de animales salvajes y nosotros bailamos bajo las estrellas. Pero hay que irse a la cama pronto para salir mañana a observar la fauna, porque acá los días comienzan temprano, para evitar el a veces sofocante calor de la tarde, que es mejor capear junto a la piscina, cerveza en mano, o recogiendo los mangos recién caídos y comiéndoselos bajo la sombra (y comprobar, como dice el escritor colombiano Tomás González, que "ningún pensamiento tiene la contundencia de un mango maduro"). Estamos en época seca. Si fuese la húmeda, por ejemplo, en vez de ir a mirar animales, nos subiríamos a los caballos y nos meteríamos en esos tibios terrenos inundados con el agua hasta la cintura, mientras imaginamos que somos cowboys brasileños y hacemos lo imposible por no pensar que bajo el agua puede haber anacondas. Si le gusta la aventura, ya tiene otra respuesta frente a la pregunta de por qué venir a estas salvajes tierras.

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