El Reemplazante de La Pintana
<P>Desde octubre TVN transmite la serie <I>El reemplazante</I>, que trata de un empresario exitoso que, tras un mal negocio, llega como profesor de matemáticas a un liceo periférico y toma como desafío mejorar la vida de sus alumnos. Una historia de ficción que coincide en el mundo real con la de Miguel Angel Cifuentes. El día del estreno de la serie lo llamaron amigos y familiares pidiéndole que encendiera la televisión. Su vida podía ser ese mismo guión. </P>

Escuchó reggaetón y lo encontró terrible. Eso fue el 11 de mayo de 2005, día en que Miguel Angel Cifuentes pisó por primera vez el liceo politécnico Luis Mariano Latorre, ubicado en la Villa Salvador Allende, en una población de La Pintana. El colegio celebraba el Día del Alumno y Cifuentes no entendía por qué la fiesta consistía en mover las caderas al ritmo de Daddy Yankee.
Meses atrás, la vida de Miguel Angel era distinta. Vivía en un departamento de 300 m2 cerca del barrio República, junto con su esposa y una hija; trabajaba como encargado del área de seguros colectivos en una compañía importante; ganaba cerca de $ 2.000.000, y podía hacer todo lo que soñó de niño y no pudo hasta que se tituló de contador auditor: viajar por el mundo, salir a restoranes, gastar sin medirse. En eso estaba cuando llegó el punto de quiebre que cuenta: "Hice un mal negocio que podía acarrear un gran problema a la compañía. No me defendí, me despidieron y no pude volver más al mercado de los seguros". Quedó cesante, a punto de separarse y sin poder pagar el departamento. A los 36 años volvió a vivir con sus padres, un ebanista y una dueña de casa, en La Florida.
Comenzó a buscar trabajo entre sus clientes, pero no consiguió nada. Hasta que un día recibió un llamado. Era un contador amigo de sus papás que se había pasado la vida haciendo clases en un colegio politécnico en La Pintana. Ya estaba en edad para jubilarse y no quería dejar a los niños sin un reemplazante. Miguel escuchó la oferta, que no sobrepasaba los $ 400.000 mensuales. Fue claro en su respuesta: "Está bien, lo hago. Sólo hasta que encuentren a alguien o yo encuentre trabajo en los negocios, que es lo mío". Lo que sabría después es que varios reemplazantes y profesores que llegaban hasta el liceo Luis Mariano Latorre sólo duraban un par de días, una mañana, e incluso horas. Uno de ellos avisó que se iba a comprar cigarros y no volvió más.
Esa mañana de mayo Miguel se levantó temprano. Llegó a las 8.30 al colegio, justo a la hora en que la Junaeb repartía una marraqueta y café con leche a los alumnos. "Tenía claro que sólo iba a estar allá un tiempo, pero me di cuenta de que aunque estuviese una semana, quería generar un cambio en los alumnos". Hoy lo dice con mayor claridad: fue como un amor a primera vista.
Miguel llegó a trabajar con 66 alumnos de la especialidad de Contabilidad. Luego se hizo cargo de todos los ramos contables: legislación contable, economía, tributario, costos. Nunca se había planteado ser profesor. Pero a mediados de 2005, en una sala con pizarrón de tiza, murallas color cemento y piso de baldosa, se planteó cómo les podía hablar de mercado, emprendimiento y economía a niños que en su vida habían experimentado algo de eso. Niños que muchas veces ya no son niños, que deben trabajar, que son madres, que se hacen cargo de sus hermanos, que trabajan por la noche o viven en un barrio dominado por narcos. Su reemplazo pasó entonces a convertirse en un desafío personal para que los estudiantes del liceo sintieran que para ellos también había posibilidades.
Para luchar contra el ausentismo, empezó a ir a buscar en auto a sus alumnos. Las calles marcadas con zapatillas que cuelgan de los cables eléctricos de la población Santo Tomás, El Castillo y la San Rafael pasaron a ser su geografía; y el reggaetón, parte de su banda sonora. Recogía a los niños porque vivían muy lejos, no tenían plata para la micro o éstas, de puro susto, no les paraban. En un minuto, se vio dándoles consejos a las niñas que quedaban embarazadas, amenazando a apoderados que golpeaban a sus hijos y, a días de un Año Nuevo, recorriendo Sapus y hospitales con una alumna a la que no le diagnosticaban pielonefritis. También llamó a empresas para que les dieran práctica a sus alumnos y con eso pudieran titularse de contadores. Hizo una cadena de favores por los medios de comunicación para conseguirles ropa para su fiesta de graduación, que después se transformó en la ropa de trabajo de sus alumnos.
Una vez recibió un llamado, cerca de la medianoche, que lo hizo saltar de la cama: uno de sus mejores alumnos estaba detenido por andar con un cuchillo en el pantalón. Se fue en auto hasta la comisaría de La Pintana. Vio al estudiante en un calabozo rodeado de adultos. Les dijo a los oficiales que se trataba de un error, que era un niño bueno que pasaba por un mal momento, que estaba asustado, que lo habían asaltado tres veces y por eso cargaba un cuchillo. Le insistió que tenía promedio sobre 6 y que soñaba con ser ingeniero. Lo soltaron. El joven prometió que nunca más andaría con armas.
En 2006, cuando comenzaban las primeras movilizaciones "pingüinas", los alumnos escogieron a Miguel Angel Cifuentes para que se quedara con ellos en la toma del establecimiento. "Viví con ellos dos semanas. Fue una experiencia increíble, vivir desde adentro las demandas que dejan de ser de educación y son sociales. Hicimos murgas, plenarios, trajimos gente de otros colegios, de universidades. Hicimos foros, salimos a la calle, a la feria, contándole a la gente por qué el colegio estaba en toma". Hoy lo cuenta con algo de desgano, porque dice que "las cosas no han cambiado mucho. A los niños los han obligado a politizarse sin entender bien de qué se trata. Sí hay que reconocer que han aumentado sus posibilidades para ir a la universidad, pero muchos no pueden. La opción de la educación politécnica es que salgan y se pongan a trabajar de inmediato".
A principios de octubre pasado, TVN empezó a transmitir la serie El reemplazante: la historia de un empresario exitoso que, luego de estar preso por un mal negocio, termina haciendo clases de matemáticas en un liceo periférico y siendo el sostén emocional de sus alumnos. El día de su estreno, familiares y amigos llamaron a Miguel Angel Cifuentes para decirle que viera la tele. Que lo que se veía en pantalla era como si contaran su propia vida. Al día siguiente le escribieron correos para repetirle que su historia era igual. Desde entonces, no se pierde la serie cada lunes en la noche. Le gusta, aunque dice que hay mucha estigmatización: "Allí los niños no se ríen, todos los papás los abandonan, ninguno habla de la universidad… Yo también lo vi así en un principio, pero esa mirada fue cambiando con el tiempo".
Cifuentes recuerda que fue en una reunión con apoderados del liceo, en 2005, cuando habló de futuro, de dar la PSU, de ir a la universidad. Le llegó un reto de vuelta de parte de los directivos y los otros profesores del colegio. Le decían que con eso sólo iba a crear más frustración. Los alumnos y los papás tenían un temor mayor: fracasar académicamente y, además, quedar endeudados en preuniversitarios. Entonces Miguel les contó su propia historia: la del hijo de un mueblista que tuvo que trabajar, que aunque le fue bien en la PAA tuvo que esperar para ir a la universidad en horario vespertino, que ganó plata y que fracasó en los negocios. Les dijo que eso puede ocurrir. Que los cambios son posibles.
"A los estudiantes les puse un espejo en la cara y les dije: 'Dime quién eres, qué estás dispuesto a hacer para lograr lo que tú quieres'. Para ellos era difícil, venían del mundo donde les decían que no, que pensar en ir más allá es imposible, que soñar no está permitido", señala.
Hasta ese año, los niños del liceo no rendían la PSU. A fines del 2005, nueve alumnos rindieron una prueba para la que no estaban preparados, pues la educación técnica, por currículo, no enseña las materias que mide el test. Sin embargo, ese año uno de ellos -a quien Cifuentes ayudaba con matemáticas en las tardes- entró a Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile. Hoy está a un semestre de titularse.
Cifuentes se propuso instalar una suerte de muro entre los problemas que los niños tenían en la casa, el barrio o el mismo colegio y los objetivos que quería lograr con ellos. Sin ceder ni un poco. Una mañana estaba haciendo clases cuando escuchó el frenazo de un auto y, enseguida, las balas cruzando de un lado a otro de la calle. Le dio a la clase la orden de tirarse al suelo. Cuando todo pasó, apuntó el pizarrón con su mano, que aún tiritaba, y les dijo: "Hay dos realidades: la de afuera, que no tiene que ver con ustedes, y la suya. Su problema ahora es que tienen una prueba y para eso tienen que estudiar".
En la primera evaluación que le hizo al curso, 30 de los 33 alumnos se sacaron un rojo. Sus colegas le dijeron que eso no se podía, porque si los chicos repetían o desertaban, peligraba la subvención escolar. Cifuentes repitió la prueba hasta que los alumnos mejoraron su rendimiento. "Claro que se frustran. Pero cuando se dan cuenta de los cambios, de que lograron algo, tienen una cara distinta". A diferencia de lo que se cree, Cifuentes está seguro de que muchos de estos niños lo que piden son reglas, que les exijan, que los reten si es necesario. Hoy, dice, hay varios ex alumnos que todavía le dicen papá.
El 2008, La Tercera siguió por seis meses a Sujey Pérez, una niña de 17 años, alumna del liceo Luis Mariano Latorre, que quería estudiar Derecho en la Universidad de Chile. Un sueño impulsado por Miguel Angel Cifuentes, su profesor jefe. En un reportaje se contó su esfuerzo diario, la realidad precaria de su colegio y de su profesor, que pagaba la tercera parte del preuniversitario. Al día siguiente de la publicación, al diario llegaron cartas, una beca en una universidad, una diputada llevó el caso al Congreso para argumentar la necesitad de ampliar los cupos de admisión especial de las universidades, y llamadas felicitándola a ella y a Cifuentes. Pero no a todos les gustó lo que allí decía.
Dos meses más tarde, a principios de marzo de 2009, pocos días antes de entrar a clases, a Miguel Angel lo llamaron desde el colegio para decirle que no trabajaba más allí. "Cuando me despidieron estaba muy mal. Venía una generación de niños potente, que me conocían por sus hermanos mayores, que tenían expectativas... Sentí que había que abrir puertas, mentes, que no podíamos seguir así. Pero en el colegio no les gustó que se hablara de embarazo adolescente, puntaje Simce, que se denunciaran cosas reales y actuales. A lo mejor fue justo que me despidieran, podía peligrar la matrícula. No lo sé".
Cuando a Cifuentes lo despidieron, él ya había estudiado durante dos años -paralelamente a su trabajo como profesor- la mención en Pedagogía en la Umce y estaba terminando el primer año del Magíster en Gestión y Liderazgo Educativo en la Universidad Central. Desempolvó carpetas de clientes y volvió a trabajar en auditoría, con la certeza de que éste sí sería un relevo y volvería a educar. A los meses, lo llamaron de un liceo politécnico en El Bosque para hacer un reemplazo. Hizo clases un año y, aunque estaba frente a un establecimiento con más normas y mejor infraestructura, volvió a enfrentarse con los problemas de ausentismo escolar, embarazo adolescente y abandono familiar que conoció a un par de cuadras de allí, en La Pintana. La escena se repitió en el colegio particular subvencionado de Macul, donde estuvo otros dos años. En todos los establecimientos donde ha educado, dice que, más allá de todo, se ha encontrado con personas que, quiéranlo o no, buscan un sueño.
"Antes yo quería que los niños llegaran a la universidad; ahora quiero que puedan trabajar, mejorar su calidad de vida, que sean felices. Les enseñé que todos los días debían fijarse qué competencia iban a desarrollar y ponerse metas reales. Puedo decir que en las tres comunas donde enseñé se entendió el mensaje. Los niños no se conformaron con lo que supuestamente les tocó".
El año pasado, a través del magíster, lo contactaron del instituto Aiep para que enseñara contabilidad. Miguel aceptó. "En la educación superior, el desafío es el mismo que en la educación secundaria: tienes que enseñarles habilidades duras y también blandas para que sean competitivos". Hace siete meses lo ascendieron a jefe de la Escuela de Negocios del instituto, y aunque dejó el aula, dice que ahora la preocupación es mayor, porque hay que hacer un currículum competitivo, gestión operativa y buscar a los mejores profesores, "porque uno ve egresados de muchas universidades que están en un mostrador vendiendo celulares. Y no podemos permitirnos que eso les pase a estos alumnos, que ya se han esforzado demasiado para llegar hasta acá".
Pocos días después de ser despedido del liceo en La Pintana, Cifuentes llamó a sus alumnos y les pidió un favor: que terminaran su práctica y se titularan. De los 33 estudiantes, 30 lo hicieron. El día de la graduación lo llamaron y el colegió permitió que asistiera como público. Cuando los chicos recibieron su título de Técnico Comercial, uno a uno fueron donde Miguel, le entregaron su diploma y varios apoderados aplaudieron. Ese año, salvo Sujey, ningún estudiante entró a la educación superior, pero sí lo hicieron después. Hoy hay una alumna a punto de ser sicóloga, dos estudiantes de Pedagogía, una de Música, varios de auditoría y un técnico en turismo que planea hacer su propia agencia. El estudiante que tuvo que ir a buscar a la comisaría por andar por la calle con un cuchillo hoy está en tercer año de Ingeniería Civil. S
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