Diario Impreso

La jubilación del juez Solís

<P>Uno de los ministros más conocidos por investigaciones sobre DD.HH., el que heredó los expedientes de Juan Guzmán y procesó a Manuel Contreras, dejó la Corte de Apelaciones hace 11 meses. Alejandro Solís aún se despierta temprano y lo primero que hace es revisar la página web del Poder Judicial. Pero el tiempo libre le ha permitido también retomar aficiones que dejó hace cinco décadas, como escribir cuentos. </P>

El cuadro más llamativo en el living de Alejandro Solís es del artista José Santos Guerra. Como todos sus cuadros, contiene figuras de ensueño, animales y todo construido como si lo hiciera con la mirada de un niño que intenta retratar sus sueños. El ex ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago se aproxima a la pintura como si se tratara de un objeto bajo su investigación, lo toca con su mano y dice:

-Veo un número nueve.

Luego, se pregunta:

- ¿Por qué hay un gallo pintado arriba?

Después, se atormenta:

-Necesito saber qué significa ese número, ese animal y por qué están ahí.

El cuadro que Solís no logra descifrar fue el regalo de despedida de la Asociación de Magistrados. El 7 de diciembre de 2012 el ministro dejó el Poder Judicial, 20 días antes de cumplir 75 años y 44 años después de que ingresó al sistema judicial. Uno de los magistrados más importantes en la investigación de violaciones a los DD.HH. debía jubilar.

-En mi trabajo tuve el desafío de encontrar donde no había nada, donde las cosas ya habían pasado.

Solís no despega la mirada del cuadro.

-Necesito saber qué significa esto- insiste.

***

El primer cargo que Solís ostentó fue a los 13 años, cuando presidió la academia de letras castellanas del Instituto Nacional. Dos años antes, Ricardo Lagos había ocupado el puesto y dos después Solís dio paso a un joven Antonio Skarmeta. En un consejo de curso de su último año, un profesor les preguntó a sus alumnos qué iban a estudiar. Solís levantó la mano y respondió "Periodismo". Sus compañeros se rieron: "No seas hueón, nos vamos a ir todos a la Facultad de Derecho".

Así fue. Estudió Derecho en la Universidad de Chile y en tercer año comenzó a trabajar como procurador. "Empecé a tramitar como abogado, pero era muy pesado, porque no me gustaba cobrar. Les decía que era 100 y me ofrecían 10". A los 28 años, terminó la carrera. Ya estaba casado con su primera esposa y tenía al primero de los tres hijos que tendría con los años. Eran años movidos políticamente: entre el gobierno de Jorge Alessandri y el de Eduardo Frei Montalva, él estuvo en la Chile. Dice que era parte de un grupo de radicales de la escuela, pero "no recuerdo tener carnet ni participar en nada".

Su vida profesional, en todo caso, quedó marcada por los DD.HH. "En la página de los militares en retiro, Despierta Chile, hablan de Alejandro Solís como un mirista. En otro sitio leí una estadística donde el juez más comunista de Chile, con el 47%, era Alejandro Solís". Cuando cuenta esto, el ex ministro no puede evitar hablar en tercera persona y sonreír. "La primera condena en contra de Manuel Contreras fue dictada por mí. Lo entrevistaron y él dijo que todo era una venganza de Alejandro Solís, porque su mujer estuvo presa en el Estadio Nacional". Su pausado tono de voz se altera: "Si el jefe de inteligencia en Chile no sabe quién estuvo y quién no en el Estadio Nacional, no es mi culpa".

Eso fue en 2004.

***

Antes de ser el ministro que condenó a Contreras, Pedro Espinoza y Miguel Krassnoff, entre otros, Solís fue miembro del Juzgado de Indios de Nueva Imperial, organismo que ya no existe. Entre 1968 y 1970 fue el encargado de resolver los conflictos entre mapuches. Vivió en una casa grande, de campo, con potrero. Gastó 500 escudos para comprar un novillo y a los tres meses lo remató en 3.500. Era feliz en su trabajo; pero, lentamente, se fue acercando a Santiago.

Fue parte del Juzgado de Carahue y San Carlos. Más al norte, en San Fernando, se convirtió en juez del crimen y vio casos de hurto, homicidio y lesiones. "Un juez no puede descansar en la policía. El trabajo lo tiene que hacer uno mismo", asegura. Decidió trabajar como relator en Santiago, lo que significaba viajar los domingos y volver los sábados a su casa en la VI Región. Después de un año de ir y venir, le dijo al presidente de la Suprema que el sacrificio era mucho y que renunciaba. Un mes después un telegrama llegó a su casa: el pleno de la Corte lo nombraba relator titular.

En 1993, en el gobierno de Patricio Aylwin, fue nombrado ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago.

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Hoy, la mayor parte del tiempo la pasa en su departamento con patio, en el primer piso de un edificio en Ñuñoa. Cada día se despierta a las 7 am sin alarma, la misma hora en que lo hacía cuando era ministro. Su primera acción del día, mientras se prepara un café, es revisar la página web del Poder Judicial.

Después se sienta en su escritorio a escribir. No fallos, sino cuentos. Una afición que hace cinco décadas, cuando era adolescente, le permitió publicar dos cuentos: El cumpleaños y La bicicleta de Eric. Dice que no recuerda de qué se trataban. Ahora, que tiene tiempo, le gustaría tomar un taller literario para afinar la mano y encontrar un estilo propio. En mayo intentó entrar al del escritor Marcelo Simonetti, pero por un viaje a Europa no pudo. "Quiero tomar un curso para saber qué es lo mío, pero algo me dice que lo mío son las novelas policiales", dice, entre risas.

También se preocupa de su salud, pues el doctor le recomendó caminar. A pesar de dejar de fumar en 1985, Solís tiene problemas respiratorios y en su historial, un enfisema pulmonar. Dos veces a la semana tiene clases de yoga. El profesor le pide que se relaje, ponga la mente en blanco, pero eso casi nunca pasa.

A pesar de jubilar hace once meses, piensa recurrentemente en los que casos de DD.HH. en los que trabajó. En noviembre de 2002, le traspasaron las causas que tenía a su cargo el juez Juan Guzmán, quien llevaba alrededor de 200 causas y a quien le antecedía la fama de ser el primero en procesar a Augusto Pinochet. "Fue una pesada carga, la gente hablaba de los DD.HH. y estimaban que no había avances. Fue un peso considerable en mi espalda", recuerda hoy. Pero no se arrepiente: "Al final, el trabajo fue bastante interesante y me sentí respaldado por los organismos con los que trabajé y por mis actuarios. Era una responsabilidad mayor, pero no hay cómo decir que no a la Suprema".

Dentro de las causas que recibió estaba el caso de Villa Grimaldi, con más de 120 víctimas. Los antecedentes estaban ordenados por tomos, aunque no le fue fácil manejarlos. Comenzó a utilizar cuadernos para reorganizar la información. El ministro que heredó las causas de Solís, Leopoldo Llanos, dice sobre su antecesor: "Es una persona tranquila, serena, muy ordenado en lo que hace. Heredé su trabajo y me di cuenta de que había un real estudio de los antecedentes".

En 2012, su último año de trabajo, Solís tenía 90 causas de DD.HH. Se dio cuenta de que no lograría terminarlas todas, por lo que seleccionó las que le parecían más importantes y que podrían tener resolución. Falló de forma condenatoria 44 casos y se convirtió en uno de los ministros con más causas falladas. Hasta el momento, no todas se han visto en la Suprema. "Tengo más de 15 pendientes y en la Suprema dicen que no tienen ninguna. Pero eso ya no depende de mí".

Como todo magistrado, le hubiese gustado llegar al máximo escalón. Para uno de los 10 actuarios que trabajó con él, Iván Pavez, Solís tenía todos los méritos: "A pesar de ser muy aplicado, de ser de los jueces con más sentencias, con mejores indicadores, nunca llegó. El era todo lo que uno quisiera en la Corte". Solís postuló dos veces y en ambas obtuvo un empate con resultado negativo. "A la larga me alegré de no haber llegado a la Suprema, porque habría integrado una sala con otros ministros y habría sido el último; quizás hubiera llevado los apuntes". Piensa un minuto y dice: "En cambio hice un trabajo que para mí era relevante y lo hice con mucha dedicación. A la larga, salí ganando con la no designación de la Corte".

Luego de jubilar, ha viajado más que nunca. Por temas de DD.HH. lo han invitado a dictar charlas en Copiapó, Iquique, Antofagasta, Buenos Aires, Rosario e Inglaterra.

Sentado en el living de su departamento, opina con libertad de las últimas noticias que le han llamado la atención, como el cierre del Penal Cordillera: "Me parecía injusta su existencia, porque son autores de delitos tanto los de Colina 1 como los del Penal. Desde el comienzo pensé que su creación era algo arbitrario". O de la propuesta de crear un Observatorio Judicial: "La función de los jueces está suficientemente regulada. Si alguien está descontento, puede apelar".

***

Cuando acompaña a la puerta al terminar la entrevista, vuelve a parar frente al cuadro de Santos Guerra.

-Ahora tengo tiempo para descubrir qué significa- dice, mientras ajusta sus lentes.

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