Los hitos científicos que dejó el cazador de tormentas
<P>Tim Samaras, que murió el viernes en un tornado, diseñó máquinas para capturar datos climáticos inéditos de este fenómeno.</P>
En 2005, Tim Samaras (55) se enteró de que dos Phantoms, unas gigantescas cámaras de casi una tonelada de peso y capaces de fotografiar con excepcional precisión una explosión nuclear -un resabio de la Guerra Fría-, serían subastadas. El ingeniero las conocía bien. Había trabajado con ellas en 1980, como técnico en el Instituto de Investigación de la U. de Denver. Su oferta de 600 dólares, apenas un poco más de lo que valían como chatarra, alcanzó para llevárselas a casa, readaptarlas en un remolque y recorrer el país para lograr lo que para muchos es una foto imposible: capturar el instante exacto en que nace un rayo.
Pese a que muchos cifraron sus posibilidades de éxito en cero, Samaras no se desalentó. Era obsesivo y pertinaz. Tanto, que el viernes pasado murió junto a su hijo Paul y el también científico Carl Young persiguiendo su otra obsesión: los tornados.
Samaras había pasado los últimos 30 años de su carrera persiguiendo este fenómeno climático. Quería entender cómo operaban. Y para entenderlo debía meterse en uno. Se coló tan adentro, que la fuerza devastadora de un tornado en El Reno, Oklahoma, volcó su camioneta, sus instrumentos y acabó con su vida.
Legado científico
El principal aporte de Samaras, fruto de su formación como ingeniero, fue desarrollar una variada cantidad de instrumentos capaces de ver un tornado desde su interior. Uno de ellos posee seis cámaras de video de alta resolución, que ofrecen una vista de 360 grados del fenómeno. También creó sondas para medir datos climáticos al interior de los tornados (temperatura, humedad y viento).
Con estas maquinarias logró registrar la caída de presión récord en el mundo: 100 milibares, en un tornado que el 24 de junio de 2003 destruyó la localidad de Manchester y reveló su potencia: a menos presión, más poderosa es una tormenta. Un dato: un día soleado, dependiendo de la ubicación geográfica, tiene 1.000 milibares de presión, 10 veces más que la registrada por Samaras.
También inició y dirigió la campaña de campo conocida como Twistex, que se tradujo en decenas de estudios académicos.
La cámara con la que pretendía congelar un rayo era capaz de captar un millón de fotogramas por segundo, la cámara de alta resolución más veloz del mundo.
Además, desarrolló un sistema de grabación de 14 cámaras en el interior del núcleo del tornado, para medir, entre otras cosas, los desechos del tornado.
En su última entrevista, concedida a National Geographic, sólo unas horas antes de su muerte el viernes pasado, Samaras reconoció que los tornados no sólo se pueden ver, sino oír y oler. "Si pasa por un campo abierto, suena como cascada. Si pasa por una zona poblada, es un sonido más atronador", precisó en la mencionada entrevista. "Y dependiendo del lugar, puede sentirse un fuerte olor a hierba recién cortada o, si destruye una casa, a gas natural. A veces tienen olor a tierra cruda, similar al que se desprende cuando un bulldozer bate la tierra".
Su dedicación le valió una estimable reputación científica, 18 becas de National Geographic para financiar su inusual persecución y un programa de televisión en Discovery Channel, pero su principal legado fue el desarrollo de instrumentos capaces de entender mejor los tornados para que no siguieran provocando muertes. Algo que, sin embargo, no logró salvarlo.
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