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Piñera y la derecha

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Aunque el tema dé para rato y nunca lleguemos a un consenso al respecto, no es descartable que Sebastián Piñera y su gobierno terminen apareciendo como no siendo de derecha. Indicios de que ellos mismos así se quieren plantear ante el país no han faltado.
En el plano simbólico publicitario, varios. En su discurso cuando es recién elegido, Piñera cita a Vicente Huidobro: "Necesitamos un alma y un ariete. Un ariete para destruir y un alma para construir". Curiosa referencia, una imagen nacional militarista, si no filo-socialista, no precisamente de derechas en 1925, que es cuando el poeta pronunció tamañas palabras, en ese momento, feroz de incendiarias.
En el discurso inaugural, el Presidente vuelve a la carga retórica y nos llama a "amanecer dando gracias a la vida con Violeta Parra" y a "visitar a Neruda en Valparaíso". Signos tan ambiguos como el de un Rodrigo Hinzpeter sonriente, sentado en su despacho de ministro debajo de un retrato gigante de Salvador Allende, saludando (¿despidiéndose?) desde un balcón de La Moneda. ¿Qué es lo que quieren decir con todo esto: que han estado tan ocupados que no han tenido tiempo para "desalojar" las imágenes heredadas, que "han vuelto la página", que aspiran a un gobierno "de todos los chilenos", que están más allá de toda calificación tradicional y que por eso no serían de derecha?
Lo mismo podría deducirse de algunos otros eslóganes con que se han promovido ahora último. La idea de hacer un gobierno de "excelencia" (¿ingeniero-tecnocrático?) recuerda anteriores intentos históricos que pretendieron, al menos inicialmente, distanciarse de los partidos políticos, incluidos los de derechas (e.g. los gobiernos de la segunda posguerra; el afán supuestamente neutro para superar las ideologías, como plantearan en su momento Daniel Bell y Gonzalo Fernández de la Mora, y por supuesto, el gabinete de los "gerentes" de Jorge Alessandri). En cambio, la frase "hacer las cosas bien", por lo que tengo entendido, provendría últimamente de Escrivá de Balaguer, lo cual dejaría el asunto de nuevo en paréntesis, pudiendo entendérsela en tanto aspiración cuasi-religiosa de alcance universal para beneficio de moros y cristianos, o bien, algo bastante más terrenal, dependiendo de cuánto y cómo calificamos la genealogía del estribillo.
Por lo visto, calificar a Piñera y a su gobierno por la manera como se envasan publicitaria y discursivamente es muy complicado. Lo mismo sucede si recurrimos a sus posibles "modelos" coetáneos -como Nicolás Sarkozy y Alvaro Uribe-, por quienes el Mandatario chileno ha manifestado una gran admiración. En estricto rigor, ni el francés ni el colombiano calzan con tradiciones estrictamente de derecha en sus países; tampoco las coyunturas singulares en que se desenvuelven dan a entender que es en esos términos como apelan y conquistan a sus respectivos electorados, situación que bien podría ser análoga a la de Piñera y su administración. Después de 20 años de gobiernos concertacionistas (uno que otro "derechista", según algunos) y, además, habiendo transcurrido 50 años desde que tuvimos un gobierno de derecha elegido con todas las de la ley, ¿qué tan realmente de derecha podría ser el actual, aun si se lo propusiera seriamente?
Si a ello le agregamos la peculiar contingencia que presenta el terremoto, para qué decir la oportunidad política para hacer un gobierno de reconstrucción y, por ende, de "unidad nacional", no es del todo incomprensible que, desde el gobierno, se esté tratando de desdibujar su sentido ideológico.
Por último, cómo obviar en todo esto la peculiar personalidad e historial de Piñera mismo. Sus vínculos con la DC, su afán por presentarse como un self-made man (dice venir de la clase media), su carácter de hombre de negocios -que, de por sí, no tendría por qué definirlo como de derechas- y el voluntarismo especulativo y pragmático que imprime a todo lo que hace, parecieran apuntar a un fuerte personalismo más que a una afinidad política consciente y definida.
Guardando las proporciones, un poco como Arturo Alessandri, quien fue muchas cosas. Renegó de sus orígenes políticos (el parlamentarismo), jugó la carta militar, coqueteó con el populismo y la izquierda, y, sí, su último gobierno fue de derecha. El "León", recordemos, también ha sido un modelo para algunos presidentes posteriores. Lo fue para González Videla y también para Allende; para este último, quizás, incluso más que para su propio hijo Jorge, un político de derechas, nunca tan oportunista y zigzagueante como fuera su padre.

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