Vendedores de leche de burra: una tradición que se extingue

<P>Ricardo Alegría practica un oficio en agonía. Lleva 25 años paseándose por el centro de la capital montado sobre el lomo de alguna de sus burras. Asegura que seguirá en este trabajo hasta los 80 años, como su padre, de quien lo heredó. </P>




¡Leeeche, leche buuurra!". Son pasadas las 8 de la mañana y Ricardo Alegría González (40) se levanta para empezar un nuevo día de trabajo que estará marcado por ese característico grito. Lo primero que hace al despertar es alimentar a las más de 40 burras -la Matilde o la Poto Partido, entre otras- que tiene junto a su hermano guardadas en un sitio eriazo en Lo Errázuriz, Estación Central, y que son el sustento de su hogar. "Las guardo cerca de donde estaba el vertedero antes, ahí tengo un lugar grande. La gente que vota verduras de Lo Valledor va a dejarle cosas, así que comida no les falta y están gorditas", cuenta, orgulloso.

Luego, sale desde su casa en Villa Francia rumbo al Puente Los Carros, sobre el río Mapocho y frente al Mercado Central. El no sabe de micros ni de autos, prefiere trasladarse montado sobre alguna de sus fieles compañeras y así aprovecha el viaje para vender la leche que, según explica, sólo recomienda tomar con fines curativos: "La leche de burra no se toma como la leche de vaca. Se toma como un golpe vitamínico. Además, la burra da un litro y cuarto al día, entonces no se vende por litro, se vende por dedal o en unos vasitos plásticos chicos que ando trayendo, que hacen como dos cucharadas soperas cada uno". Y agrega: "Esta leche sirve pa' las guaguas empachadas, la úlcera gástrica, el colon, la anemia y los bronquios. Los tratamientos casi siempre son de tres a nueve días, dependiendo de la enfermedad y la edad de la persona. Algunos la compran para las manchas en la cara y las arrugas. Tiene vitamina B y propiedades que no tiene cualquier leche. Como ahora por internet venden cremas pa' la cara, la leche se vende mucho más".

Alegría lleva 25 años en el rubro. El, al igual que su padre y su hermano, recorren todo Chile en busca de burras baratas para comprar, y luego vende su leche en diferentes comunas de la capital. "Las voy a comprar pa'l norte, para Ovalle o Copiapó, porque son más baratas, cuestan como 150 mil pesos. Después me las traigo caminando, me vengo trabajando pueblo por pueblo, vendiendo leche y montado. A veces me quedo en un lugar un par de días a descansar y luego sigo mi viaje", cuenta el lechero.

Su hermano, Marco Alegría (51), se instala con frecuencia en calle Meiggs con Alameda. El, en cambio, prefiere el centro, sobre todo los días de calor, donde se instala bajo la sombra de un árbol para protegerse él y sus burras de una insolación. Ojalá algún lugar bien transitado, para que la venta de leche no disminuya.

San Pablo con Puente es su esquina preferida. En un buen día, Ricardo puede llegar a ganar hasta $ 40.000. "Es relativa la venta de leche, hay días buenos y malos, pero depende de la suerte no más. A la población que más me gusta ir es a la José María Caro, los días jueves y domingo. En esa feria es venta segura", explica. "La burra tiene leche durante 10 meses, pero todo depende del cuidado, si se la maltrata, se le corta la leche, y si toma mucho sol, también, por eso hay que cuidarlas".

Ricardo se instala durante la mañana en el Puente Los Carros, donde vuelve a alimentar a sus animales para que se recuperen de las dos horas que duró el viaje desde su casa hasta Mapocho. Allí permanece hasta pasado el mediodía, y, según cómo vaya la venta, recorre calles aledañas, como Patronato y Bellavista.

Pero Ricardo también callejea por otros sectores. La comuna donde más leche vende es en Lo Espejo, aunque también tiene sus clientes en Pudahuel, Independencia, Quilicura y Maipú. "A mí donde mejor me va es en las poblaciones La Pincoya, José María Caro, La Victoria, La Legua, La Legua Emergencia, Santa Julia y lugares como Franklin y 10 de Julio", cuenta el vendedor. "No voy al barrio alto, porque allá la gente no te compra, o sea, le da vergüenza, porque siempre te mandan a la nana con una bandeja y un vaso a buscar la leche que usan pa' la cara. Así es que no voy mucho para esos sectores; ataco las poblaciones, porque es allá donde se vende la leche de burra", explica, mientras le da de comer unas hojas de betarraga a Matilde.

"Hay gente del barrio alto que me viene a comprar, y me da un poco de risa, porque son esas viejitas que se meten a internet y saben que la Cleopatra se bañaba con leche de burra y tenía la piel como mantequilla y la cara bonita. Yo pienso que me tendrían que comprar las dos burras enteras para que les haga efecto", agrega, entre risas, Ricardo Alegría.

Sus otros clientes, cuenta, son caballeros de la tercera edad que buscan darle un impulso a su vida sexual. "Hay viejitos que miran un rato y no se atreven a preguntar, porque les da vergüenza. Entonces, me dicen 'oiga, le puedo hacer una pregunta indiscreta', y me hacen un gesto como tratando de levantar algo con las manos (risas). Yo me pongo serio eso sí, no me puedo andar riendo de los clientes que tiene problemas, y les digo que sí, que tomen con confianza no más", dice.

De todo el tiempo que Ricardo se dedica a la venta de leche de burra, apenas dos veces ha sido detenido por carabineros. Esto, imagina, se debe a que, además de ser muy complejo para el personal uniformado llevarse a sus animales a la comisaría, su ocupación es vista más como una tradición popular que como trabajo. "Una vez me llevaron a la 4a Comisaría, allá en Franklin, y la burra les comió todo un jardín con flores que tenían y le excrementó la comisaría más encima, así que me echaron luego a mí y a mis burras", dice.

Para tentar a sus clientes, Alegría ordeña la burra en la calle y se toma un vasito de leche al seco. Gracias a esto, dice, él no sabe de enfermedades y nunca ha estado en un hospital. Con ese sistema de vida, piensa, seguirá por varias décadas más en este oficio. "Mientras tenga las piernas buenas para seguir recorriendo, lo voy a seguir haciendo, y creo que voy a vender leche hasta que tenga 80 años, igual que mi papá".

Ricardo, se aleja montado en su burra, entre micros y autos que le tocan la bocina.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.

Bautizado como CyberOne, el robot puede detectar emociones y caminar a 3,6 kilómetros por hora, y está dispuesto a competir con el Optimus de Tesla.