Yo elegí vivir en La Bandera
<P>Reemplazó su cómoda casa familiar por una mediagua en la población del sur de Santiago. Pero José Ignacio Maritano -estudiante de Derecho en la UC- asegura no ser un "turista social". </P>
En el 9951 de la calle Augusto D'Halmar, en la población La Bandera, existe una casa como cualquier otra del sector, pero con moradores bien distintos. Es poco más que una mediagua, propiedad de una parroquia, pero no son sacerdotes quienes en ella se refugian. No hay letrero que indique lo que ahí ocurre, sólo decenas de papeles y bolsas plásticas que el viento arrastra desde la feria libre más cercana, directamente hasta el minúsculo antejardín. Ahí, parado sobre un piso de flexit rojo e invitando a entrar al living, José Ignacio Maritano sonríe. Y se apura en recalcar que los que habitan en esta casa no dependen de ONG, partido político o religión alguna.
Lleva seis meses viviendo en la emblemática población del sur de Santiago, principal foco de resistencia a Pinochet en los 80 y el lugar donde el Papa escuchó los testimonios de los trabajadores chilenos en su visita de 1987.
Ahí sigue la senda de Rodrigo Díaz y Cristóbal Acevedo, también estudiantes de la Universidad Católica y pioneros en esta casa de inserción. Desde el 2006 su historia ha servido para seducir a los que luego decidieron vivir la experiencia.
Maritano realiza los domingos asesorías legales gratis a los vecinos y con la parroquia del sector ha cooperado en la cocina del Centro Comunitario Padre Pío, dando almuerzo a unas 80 personas vulnerables socialmente.
Más los nuevos amigos que ha hecho en la población -"el Ale, el Maco o Fabián"-, no le hace asco al carrete: "Nos tomamos una cerveza o una piscola y vamos a la Pandemonium, una disco en la terraza de un mall en Vicuña Mackenna", grafica.
A bordo de la 302, Maritano recorre parte de Américo Vespucio y la Panamericana rumbo al Metro Los Héroes, en una micro del Transantiago. Como varios de sus vecinos, no tiene auto y tarda 45 minutos en dejar la periferia y trasladarse al centro de la ciudad.
Cuando todo comenzó, el compromiso con sus padres fue estar en La Bandera por seis meses. Ese tiempo terminó y hoy duda en volver a Providencia: "Acá los vecinos viven en la calle, los cabros chicos vienen a la casa a jugar PlayStation, hay una intensa vida comunitaria que no quiero perder".
Eso sí, no habita en la zona más conflictiva de la población. "Hay sectores peligrosos. Hay que saber a qué hora estar en algunos lugares y a qué hora no, para no exponerse gratuitamente", señala.
Y agrega: "Esta es una población que nace como una toma del MIR, con una identidad clara de izquierda. Pero las cosas están cambiando. La cultura del materialismo se metió también acá, como en todos lados. Aquí se desmanteló la vida social. En la parroquia aún sobrevive algo de espíritu comunitario, pero antes la vida era más dura y se necesitaba la cooperación entre todos. Los que llegaron en ese entonces se conocen muy bien".
Proviene de una familia acomodada de Viña del Mar y su padre trabaja en el rubro inmobiliario. Cuando el único hombre de sus cuatro hijos entró a la carrera de Derecho en la capital, no dudó en arrendarle un departamento en Pedro de Valdivia con Providencia. Pero él prefirió La Bandera. "Se veía venir", dijeron sus hermanas.
Para José Ignacio, atrás quedaron los tiempos en que llegaba a casa "y estaba todo hecho. Nana, auto; la vida era bastante fácil", rememora sentado junto a un Scaldasonno que jura no haber usado ni en las más frías noches en la casa de madera. "Mi mamá me lo mandó, no lo ocupé nunca. Pasé un poco de frío, pero tampoco tanto. No se trata de sufrir por sufrir. A mí me hace profundamente feliz la vida comunitaria. Cuando los fines de semana voy a Viña es exquisito que te regaloneen, pero no sé si lo aguanto más de una semana".
José Ignacio comparte domicilio con Valentina Rozas, estudiante de 4to. año de Ciencias Políticas de la UC y Alejandro Fernández, abogado y jefe de gabinete de la ministra del Sernam, Carolina Schmidt.
"No vine buscando algo ni me siento mal si no estoy haciendo mucho en términos prácticos. Uno aporta desde sus conocimientos y a mí esta vida sencilla me hace feliz", esgrime Maritano cuando le preguntan por sus motivaciones.
Figuras públicas han querido conocerlos, como Ignacio Sánchez, rector de la Pontificia Universidad Católica, quien llegó con un colosal libro de imágenes y textos de Gabriela Mistral de regalo. "Cuando vio nuestra pequeñísima mesa de centro se le desencajó la cara, ¡no había dónde meterlo!", cuenta entre risas José Ignacio.
Sus padres también se dejaron caer, entre curiosos y preocupados por el destino de su hijo. "Hicimos un asado y los invité, junto a mis hermanas, cuñados y sobrinos. Al principio estaban un poco asustados de que les pasara algo a sus autos. Pero conocieron a los vecinos e hicieron buenas migas. Otras familias han generado vínculos. Se juntan, vienen a comer o los hijos de nuestros vecinos van a las piscinas de sus casas en el barrio alto", asegura Maritano.
Eso sí, este futuro abogado no se engaña con la curiosa anécdota: "Siempre existe el peligro de que esto sea turismo social o un paréntesis en tu vida. El peor riesgo es venir a recolectar anécdotas. Acá la gente es muy crítica de aquellos que vienen por un rato, se benefician y se van".
Maritano no quiere ser uno de esos: "Estudié Derecho porque me interesa la justicia. A estas alturas hay gente a la que le da vergüenza decirlo, pero para mí tiene sentido", dice, confesándose admirador de figuras como el cardenal Raúl Silva Henríquez o Mariano Puga, el sacerdote que, como él, alguna vez eligió la marginalidad: La Legua.
"Ojalá de aquí salga gente de su talla. Pero si salen empresarios o políticos, que sean fieles a esta experiencia radical. En 8º básico empecé a ser consciente del medio donde estaba y a interesarme la idea de jugármelas por los más débiles: desde el compañero víctima de bullying, hasta los perdedores del modelo económico", remata desde la mediagua donde se instaló hace seis meses y de la que no quiere salir.
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