Por Methe Ostos¡Ah, un manjar!

La piscola es una dulce maldición: es el loto de los comelotos, las rueditas en la bicicleta. Los cinco valles pisqueros, con sus distintos rincones y variedades, esperan para ser descubiertos, estudiados, bebidos. Pero no llegamos a ellos. La piscola nos ataja. Es como si sólo usáramos el vino tinto para hacer sangrías, borgoñas y jotes. O el blanco para clerys y melvines. Es una satisfacción sencilla, directa y a la vena. No nos desafía, no nos saca de la comodidad, sino al revés: nos consiente, nos mima y nos complace.
Ah, pero el dieciocho no es para estoicismos. Es nuestro carnaval de primavera. Es justamente un cariñito para el alma. El retorno del sol, la independencia de Chile. Que corran entonces las piscolas. Y, ya que han de correr, que (al menos las primeras) sean épicas e inolvidables. En ese espíritu, esta columna iba a ser un llamado patriota a Destilados Quintal y Teresa Undurraga para que reeditaran su “Mono Rockero: Brebaje Piscolero”. Maravillosa aguardiente de 40 grados hecha a partir de la doble destilación del ya sublime pisco Chañaral de Carén (Monte Patria, Limarí). Es pisco, por cierto, pero al ser redestilado fuera de los valles pisqueros, pierde en nombre lo que gana en gusto. No he probado mejor piscola.
Mi arenga patriótica no será, sin embargo, necesaria. En la página de Quintal aparecieron, cual Virgen de Fátima, un poco más de 150 botellas de la mística aguardiente. Si vas para Franklin, te ruego viajero, le digas a ella que por su sabor me muero.
Por Methe Ostos.
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