Carlo Ginzburg, historiador: “Me estoy usando como caso de estudio”

Tras presentar su último libro, Ginzburg ha conducido el ciclo de charlas vía Zoom “En los hombros de los gigantes”. Las próximas son: “Plasmar al pueblo. Maquiavelo, Miguel Ángel” (11 de junio, 10 h.) y “El secreto de Montaigne” (18 de junio, 10 h.). Inscripciones en www.historia.uc.cl. FOTO : Ulf Andersen / Aurimages via AFP

El reputado investigador italiano, autor de Historia nocturna y El queso y los gusanos, presenta Aún aprendo, libro que reúne cuatro textos en los que ensaya nuevas miradas a objetos de estudio que había visitado hacía décadas. Asimismo, habla con La Tercera sobre su ciclo de charlas virtuales sobre pensadores y creadores “gigantes”.




Porque no somos lo que otros fueron, porque la evidencia aparece y reaparece, porque las interpretaciones varían y por varias razones más, la historia tiende a irse redibujando ante quienes fijan su vista en ella. A veces de modos extraños, o al menos inesperados. La propia existencia del último libro de Carlo Ginzburg (82) da fe de lo anterior.

Recién salido de la imprenta, Aún aprendo. Cuatro experimentos de filología retrospectiva es un volumen que no existe fuera del castellano. Consiste en una versión revisada de dos lecciones que el historiador turinés ofreció en 2018 en el Instituto de Historia de la UC, a los que se suma un ensayo por los 50 años de su seminal Los benandanti (1966) y “Medallas y caracolas”, texto que cierra la nueva edición de Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre, su libro de 1989 que ahonda en las creencias populares y en la persecución de la brujería en Europa. Un conjunto que, entre otras cosas, interroga los métodos de ayer para ver qué se saca en limpio décadas después.

¿Y el título (que a su vez justifica la ilustración de la portada)? Se remonta a 2010, cuando el autor de El queso y los gusanos (1976, longseller y buque insignia de la llamada “microhistoria”) agradeció la atribución del Premio Balzan de historia europea. “Suelo decir que me gusta enseñar, pero aprender me gusta aún más. Considero que aprender es una de las grandes alegrías de la vida”, declaró Ginzburg en el palazzo romano del Quirinale, para luego resaltar las cualidades humanas e intelectuales de las personas de quienes había aprendido. Y fue entonces cuando, sin una imagen que ofrecer en Power Point, recordó “el maravilloso dibujo con el que Goya retrató a un vejestorio de barba blanca que avanza laboriosamente apoyado en dos bastones, coronado por dos palabras: ‘Aún aprendo’: todavía sigo aprendiendo. Goya pensaba en sí mismo, y yo, al mirar al anciano, me reconozco en él: nunca dejas de aprender”.

El episodio fue rescatado y posteriormente socializado por el autor, llamando la atención de su joven colega Rafael Gaune, académico de la UC, quien se animó a sugerir que las palabras goyescas titularan una obra que el propio Gaune tradujo, editó e introdujo para los lectores de habla hispana (sin mencionar su rol de presentador vía remota del libro, el pasado 28 de mayo, ocasión en la que destacó que el hijo de Natalia Ginzburg “ha vivido en varias lenguas: la historia, la historia del arte, la historiografía, la literatura y la lengua del ensayo como una escritura de potencialidades conjeturales y de conocimiento”).

También a fines de mayo, vía Skype, conversaba con La Tercera el Ginzburg de la energía proverbial y las cejas legendarias: “Dije una vez que Goya se refería a ese anciano como una especie de encarnación de sí mismo, y uso el dibujo de Goya como referencia a mí mismo, así que hay una broma. Obviamente, no me estoy comparando con Goya, pero me gusta la idea de estar aún aprendiendo. Y creo que es un título muy bueno para esos cuatro ensayos: sigo aprendiendo de mí mismo, de mis errores”.

Meses después de publicar junto a Bruce Lincoln acerca de la vida póstuma del caso judicial de un campesino que en 1691 declaró ser un hombre lobo y un “sabueso de Dios” (Old Thiess, a Livonian Werewolf. A Classic Case in Comparative Perspective), Ginzburg regresa con otro libro bajo el brazo. También, para beneficio de quienes se inscriban gratuitamente, está a cargo de un ciclo de charlas remotas ya en curso sobre Dante según Erich Auerbach, sobre Maquiavelo, Miguel Ángel y Montaigne.

Ahí sigue Carlo Ginzburg, el historiador de la erudición prodigiosa que acostumbra dar con la coherencia secreta de las cosas; con los mitos, los emblemas y los indicios. El mismo que compara su oficio con el de los buscadores de trufas (“trufas para todos” es su lema disciplinar).

Aprendiendo a aprender

En el libro que le consagraron (Microhistoria, 2019) Anaclet Pons y Justo Serna le dan a Ginzburg la palabra para que explique lo que hace. Y así lo hace:

“El oficio que he aprendido es el de historiador. Es un oficio que me gusta porque me permite moverme en muchas direcciones. Hay historiadores que conciben su disciplina como si fuera una fortaleza en la que refugiarse; hay otros que la consideran (o al menos la consideraban) como si de un imperio se tratara. Como un imperio cuyos confines fuera necesario extender. Para mí, por el contrario, es un puerto de mar, un lugar del que se parte y al que se regresa; un lugar que permite encontrar gentes, objetos y variadas formas de saber. Por eso me gusta”.

Profesor emérito de la UCLA y de la Escuela Normal Superior de Pisa, fue de los historiadores que hace medio siglo validaban la reducción de la escala de observación, legitimando la conjetura como aproximación intelectual y considerando en principio todo recurso documental -frases populares, citas literarias, prácticas cotidianas, registros municipales y judiciales- como eventual fuente. Y en 1976 conoció algo bastante parecido al éxito editorial con El queso y los gusanos, que con los años ha sedimentado como un clásico acerca de las clases subalternas y un hito de la disciplina: la historia de Menocchio, un campesino del Friuli en el siglo XVI, lector como pocos, que tuvo la ocurrencia de declarar que al comienzo no fue el Verbo, sino un gran queso en el que reposaban los elementos que originaron la vida en el Universo y por el cual se desplazaban los gusanos, nada menos que los ángeles de esta cosmogonía. Después de dos juicios, murió en la hoguera.

“El deber del historiador es estudiar los orígenes de las ideas que conforman nuestras vidas, no escribir novelas”, bramó un comentarista de La Stampa acerca del libro. Uno de aquello que, en ciertos círculos académicos e intelectuales, lo han mirado con sospecha, si no con desdén, dados los componentes narrativos, conjeturales e indiciales de su trabajo. A procedimientos antropológicos, médicos y detectivescos ha echado mano, sumergiéndose en la “densidad gruesa” de la realidad.

Dicho eso, no ha seguido el historiador un camino señalado. Han operado más bien, cree, las casualidades, los cruces impensados. Las entradas laterales y las miradas oblicuas, aparte de la mencionada autorreferencia. Con todo eso a la mano se entiende mejor lo que trae Aún aprendo, más allá de que el propio autor se permita ahondar, por ejemplo, en lo relativo al iluminador y poco conocido estudio de la evolución de las lenguas.

¿A qué apunta la “filología retrospectiva” del subtítulo? Según Ginzburg, la expresión “da una idea del hilo conductor de esos ensayos, escritos en circunstancias diferentes pero que comparten un elemento de reflexión retrospectiva en torno a mi propio trabajo. Es una especie de duplicación: me miro a mí mismo y a mi propio trabajo, desde una cierta distancia, tratando de entender lo que hice, lo que no entendí. También, y esto me interesa especialmente, está la criptomemoria, la memoria oculta: cuando escribimos, cuando leemos, cuando actuamos, hay capas de recuerdos inconscientes que nos afectan, que dan forma a nuestras reacciones. Y creo que acá hay un ejercicio interesante: me estoy usando como caso de estudio”. Cerrando el asunto, dice que le sigue gustando la definición de filólogo que da Nietzsche en Aurora: “Quien domina el arte de la lectura lenta”.

Otra manera de entrarles a los fenómenos se da en otro capítulo del libro, “Caso y casualidad”, basado en “el camino largo y tortuoso” que lo llevó a escribir Nondimanco (2020), una la lectura entre líneas de Maquiavelo y Pascal. El enfoque acá empleado, dice, “implica una producción de eventos casuales. Por ejemplo, el uso de Google no sólo para responder a mis preguntas, sino también para encontrar preguntas inesperadas. Este uso oblicuo es muy productivo. Obviamente, tenemos que reaccionar ante los encuentros fortuitos: no digo que la casualidad actúe por sí misma. Deberíamos aprender a aprender de la casualidad”.

Hay, siguiendo al profesor Ginzburg, un punto común entre filología retrospectiva y producción de acontecimientos fortuitos. Así, se ha visto sorprendido por sí mismo al reproducir propio trabajo: “En cierto modo, lo que hay en Aún aprendo es Goya, pero releído por Freud: Goya no sólo produjo formas desconocidas, sino que también escarbó en las capas profundas del inconsciente. Pero entonces no había ninguna teoría: se adelantó a lo que la psicología pudo decir. Hoy, podemos ir a Freud y ver cómo Goya creó formas completamente desconocidas que tenían raíces en su propio inconsciente y en el inconsciente de sus espectadores”.

Unos minutos después, dentro de la misma conversación, vuelve a Goya, pero matizando: “No estoy proyectando a Freud en Goya. Somos espectadores del siglo XXI y vemos a Goya con una perspectiva que no es la de sus contemporáneos. Lo que ocurrió entre Goya y hoy, en cierto modo está implicado en nuestra percepción, pero deberíamos intentar comprender cómo fue posible Goya en su época. Existe este diálogo entre nuestras categorías y las suyas, y creo que en eso consiste básicamente el oficio de historiador”.

En sus charlas vuelve ha pensadores y creadores esenciales. ¿Qué lo lleva de vuelta?

Son individuos inaccesibles para nosotros, salvo por las huellas que dejaron. Y cuando digo huellas uso una palabra muy amplia, que puede incluir La divina comedia o Los ensayos. Deberíamos tratar de entender cómo fueron posibles esas obras mirándolas muy de cerca. Es un problema de contextos: esas personas vivían en una sociedad concreta, reaccionaban ante otras personas, ante determinados fenómenos sociales, y la forma en que esos fenómenos sociales afectaron su obra no es en absoluto evidente, por lo que tenemos que reconstruirla. Por ejemplo, la biografía de Dante es diferente a su poema, así que estoy acostumbrado a luchar contra este tipo de enfoque reduccionista que explica todo a través de la biografía.

¿Qué ve en el caso de Dante?

En el poema de Dante tenemos un personaje que se llama Dante. En un momento crucial, Beatrice, la mujer a la que amaba y que ahora está en el Paraíso, lo llama por su nombre: Dante. Así que tenemos un personaje, Dante, que dice “yo”, y luego está el poeta. Pero no hay ninguna coincidencia entre ambos. [El lingüista] Leo Spitzer lo vio a través de una obra contemporánea suya, En busca del tiempo perdido, donde tenemos un personaje que dice “yo”, pero, como dijo Proust, este “yo” no soy yo. Si Spitzer hubiera proyectado la obra de Proust en la de Dante, habría sido un anacronismo absurdo, pero usó esto como una pregunta, como un filtro para mirar a Dante, tratando de desplegar las implicaciones de esta doble identidad: el personaje y el poeta.

Ha escrito que Montaigne es de esas figuras que el paso del tiempo acerca, en vez de alejarlas. ¿Qué puede adelantar de su charla del 18 de junio?

Es una sorpresa. Un golpe de efecto. Creo que lo que diré sobre Montaigne es absolutamente inesperado.

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