Un cruce, dos vidas y tres muertes: el trágico final de Sergio Aburto

Sergio

La noche del 29 de enero, Sergio Aburto (22) asistió a una manifestación por la muerte del barrista de Colo Colo atropellado por un carro policial. A pocos metros, Héctor Castro (35) participaba -según la fiscalía- del secuestro de un Transantiago. La tragedia unió sus caminos.




Sergio Aburto llevaba algún tiempo deprimido. Trataba de disimular la tristeza en el día a día recostado en el sillón de su casa mientras picaba algo, o jugando con su pequeña sobrina. A veces compartía unas latas de cerveza con sus amigos del Pasaje Número 5, en calle Barceló Lira, pero no era capaz de ocultarlo de su madre y de su melliza. Una grave lesión le había arrebatado lo que fue, sobre todo durante los últimos años, su principal herramienta de trabajo: la mano izquierda.

La gruesa capa de yeso que ahora envolvía sus huesos rotos no solo le impedía volver a sus labores como obrero de la construcción; no podía ni siquiera realizar actividades tan básicas como bañarse o ponerse calcetines. Necesitaba en todo momento la asistencia de Isolina Fuentes, su madre. "No podía abrir ni una bebida. Yo le lavaba la espalda...; por las noches se quejaba", recuerda ella. "Estaba achacado por su manito". Las esperanzas de "Keko", como lo conocían en el barrio, estaban depositadas en una posible operación que le permitiera recuperar parcialmente su movilidad. Esperaba impaciente el llamado.

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El hallazgo lo realizó el equipo médico del Hospital Padre Hurtado, en medio de los trabajos de reanimación. Con casi ocho milímetros de diámetro, un objeto de plástico y metal permanecía incrustado en su cuerpo, por lo que fue retirado y analizado antes de informarlo a la Fiscalía Sur: Sergio Aburto Fuentes tenía un perdigón en el torso. Su familia asegura que recibió los impactos —allí y en su mano izquierda— durante una manifestación anterior.

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Sergio Aburto, el "Keko", junto a una de sus sobrinas.[/caption]

Hace tres semanas, la noche del miércoles 29 de enero, el joven de 22 años salió de su casa para sumarse nuevamente a otra protesta, que se realizaba en la intersección de las calles Américo Vespucio y Santa Rosa, en San Ramón. Desde las 22 horas, el tráfico estaba cortado por un centenar de manifestantes, barricadas encendidas e, incluso, un bus envuelto en llamas. Era una reacción a la muerte de Jorge Mora (37), hincha de Colo Colo embestido 48 horas antes por un camión policial afuera del Estadio Monumental.

Según datos de la fiscalía, a la misma hora, Héctor Castro Márquez, 35 años, participaba del "secuestro" de un segundo Transantiago, un bus de color azul del recorrido 212, que albergaba a siete pasajeros. "Al llegar a la intersección de Av. Santa Rosa se acercó una turba por el lado del conductor, amenazando para que me bajara —explicó en su declaración Ernesto Nanjarí, conductor de la máquina incendiada—. Luego, tomaron un extintor, desconozco de dónde, y comenzaron a romper los vidrios, momento en el que decidí bajarme. Horas más tarde, me enteré por las noticias de que habían atropellado a un hombre utilizando el bus que había manejado".

Tras bajar a todos los ocupantes, rápidamente la turba, de unas 20 personas, trasladó la máquina azul hasta la caletera de Américo Vespucio hacia el poniente. En la maniobra, el bus se llevó por delante a varios vehículos que se atravesaron en su camino: Héctor Castro entonces tomó el volante y retrocedió nuevamente hasta la esquina de Santa Rosa. "Un grupo bajó al joven que conducía la micro, ya que querían dejar la micro cruzada en la calle para obstaculizar el tránsito, encontrándose en ese momento una gran cantidad (de gente) ahí —recuerda Cristián Escudero, testigo del hecho—. Luego de un minuto, aproximadamente, el mismo joven que habían bajado de la micro volvió a subirse, siguió su marcha por la caletera de Américo Vespucio hacia el poniente, girando hacia su izquierda por calle Santa Rosa hacia el sur".

Cerca de las 23.00, Sergio Aburto estaba allí, presente en la manifestación.

Su madre, Isolina Fuentes, se disponía a lavar unas tazas cuando los gritos de sus vecinos la alertaron: habían atropellado a su hijo menor. "Un ratito antes, él había subido a ponerse un polerón negro y sacar una cerveza. Me dijo que iba a estar acá abajo con un amigo. Le dije 'donde mis ojos te vean'", cuenta ella. A las 23.17, Sergio fue ingresado a la urgencia del Hospital Padre Hurtado con sus signos vitales débiles. Falleció a las 2.20.

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"Dios me da fuerzas. Trato de dar vuelta la hoja, pero cada vez es más difícil, ¿me entiende?", intenta explicar Isolina Fuentes. Hay días en los que la mujer, de 53 años, cree que su vida fue guionizada como si se tratara de una película de terror. El 30 de enero, cuando le informaron de la muerte de Sergio, su "conchito", fue uno de ellos. Fue, también, el déjà vu de un dolor que ya había experimentado un par de décadas atrás.

Acá, rebobina la historia: "Mi hija de cuatro años estaba jugando solita, mirándose en el espejo de un horno, y pegó un grito. Pensé que se había apretado un dedo, que se había pegado, pero cuando llegué estaba blanca entera. Como si se hubiera desmayado. Fui a pedir ayuda, llegamos al hospital y la llevaron a una lucecita roja, la entubaron entera, en la Universidad Católica. Sufrió un paro, no sé. Se llamaba Priscila. Y ahí estuvieron tres meses estudiándola en la UCI. Nunca más me dijo mamá, nunca más nada. Estaba ahí, llena de máquinas. Cuando no había nada más que hacer, la trasladaron al Sótero del Río. Yo pasaba todo el día con ella. Murió de un paro cardíaco".

Hoy, Priscila tendría 26 años. Isolina aún conserva sobre uno de los muebles un cuadro donde posan juntas: es la única foto que tiene de ella. "Casi me volví loca, porque mi hija era muy cariñosa, era mi princesa. Al parecer, no era para este mundo", reflexiona sentada en el living de su casa.

Al poco tiempo, cuenta, tuvo otra hija. También la llamó Priscila, un homenaje para nunca olvidar a su otra pequeña. Pero, trágicamente, la historia se repitió: "Mi niña empezó a llorar, de noche, tenía mucha fiebre. La tomé y me fui al hospital con ella, me fui en micro. Tenía un mes de vida y murió de meningitis". De ella, admite con pesar, ni siquiera tiene fotos, ningún recuerdo.

"Me pasó lo mismo, no podía creerlo. Tomé fuerzas para seguir. Pero ahora el Sergio... Yo todo lo que trabajaba era para él, era mi niño chico. Le compraba zapatillas de marca, ropa, y los chiquillos lo molestaban: le decían 'a la guagüita le compraron ropa' —recuerda Isolina—. Yo me iba a trabajar en la mañana y le dejaba un plato de comida alusado, con ensalada y bebida, que se levantara y comiera, que no hiciera nada más. Cuando quería una galleta en la noche, ahí iba a comprarle. Él intentaba hacer cosas para agradecerme: hacer su cama, la mía, pero la mano no se lo permitía. Él era muy feliz en la casa, era mi regalón, luché tanto con él, y que ahora venga otro a quitármelo...".

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Sergio y Scarlett, de pequeños.[/caption]

Tras la muerte de sus dos hijas, Isolina cargó durante mucho tiempo con una culpa: su situación económica, por esos años, le impidió pagar el servicio de mantención en el cementerio. Cuando pasaron ocho años, las enviaron a una fosa común. Con Sergio, dice algo aliviada, no será así. "Por mis hijos doy la vida. Ahora pude comprar y lo tengo ahí. Me hubiese gustado que estuvieran los tres ahí".

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A Héctor Castro lo bajaron del bus a los golpes: decenas de manifestantes, acaso buscando hacer justicia por sus propias manos, le rompieron varias piezas dentales y le causaron múltiples contusiones en todo el cuerpo. Por el grado de las lesiones, fue trasladado hasta el mismo recinto asistencial ubicado en calle Esperanza. "Fueron tantas las coincidencias —dice Scarlett, melliza de Sergio—, porque llegaron los dos autos juntos al hospital: un auto blanco y un taxi. Nosotros corrimos al taxi, abrimos la puerta y vimos que no era mi hermano. Después supimos que era el idiota ese. Nadie nos dijo que era él, en ese momento. Menos mal...".

Por su oficio de limpiador de vidrios o esas veces que hizo de "semáforo humano" en la misma esquina donde atropelló a Sergio Aburto, Castro era reconocido en el barrio. También lo era, agregan los testigos, por sus adicciones. "Mi representado era conocido del lugar y era conocido como un pastabasero del sector", sostiene su abogado defensor, Mauricio Órdenes. "Eran de grupos distintos y tuvieron la mala suerte de identificarse a través de este hecho", añade.

El hombre de 35 años, además, cumplía una condena por robo en lugar no habitado. Había accedido al beneficio de la remisión condicional de la pena; es decir, para evitar el cumplimiento de 41 días en prisión, debía firmar por 12 meses en Gendarmería.

"Nosotros no conocemos al tipo, solo sabemos que es de la calle. La gente que lo ubica nos dijo que es como pastero —cuenta Scarlett—. No hemos recibido ningún llamado, ninguna disculpa, no sabemos ni quién es la familia del tipo. A lo mejor, como es 'situación calle', ni familia debe tener, o no deben tener relación con él".

"El imputado fue formalizado por dos delitos: apropiarse mediante violencia de un vehículo de transporte público, que tiene una pena que parte en cinco años y un día a 10 años (de cárcel), y un cuasidelito de homicidio, con una pena máxima de tres años de presidio", detalló el fiscal Christian Toledo, jefe de delitos violentos de la Zona Sur.

Desde el 31 de enero, Castro cumple prisión preventiva en el módulo 88 del penal Santiago Uno. El lugar es destinado por Gendarmería para el "aislamiento preventivo" de internos que están bajo amenazas.

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El tatuaje que se hizo Scarlett en la memoria de su hermano.[/caption]

Isolina Fuentes lo que quiere es justicia. El martes fue a buscar una carpeta y aprovechó de hablar con el fiscal: "Le dije que a mí nadie me va a devolver a mi hijo, nadie. Entonces, quiero que pague por lo que hizo. Si tienen que secarlo en la cárcel, que lo sequen. ¿Si usted no sabe manejar un bus, para qué lo hace?". Por primera vez, en dieciséis años de trabajo, decidió tomarse una licencia: necesita el tiempo para sanar.

Scarlett, dos días después de la tragedia, grabó en su piel el apodo de su mellizo: "Keko, 19-12-1997 - 30-01-2020", se puede leer en su antebrazo izquierdo. "Él era el centro de atención. Lo único que hacía era reírse, porque con mi mami somos más para adentro. Era todo el día retarlo a él: 'Sergio, siéntate bien'; 'Sergio, no hagái llorar a la Giuliana'; 'Sergio, córtala'. Y él se reía, ponía música, preguntaba qué había pa' comer, pedía cigarros. Siempre estaba hablando. Son las cosas que ahora se echan de menos", dice.

El pasado 3 de febrero, un día después del entierro, la familia recibió un llamado. Era desde el Hospital Padre Hurtado: le querían avisar a Sergio que ya había fecha para la operación de su mano.

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