Por Jaime BaylyCorazón tan blando: un relato de Jaime Bayly
El año pasado me escribió un correo electrónico un señor llamado Leandro. Es muy fácil conseguir mi correo, lo tienen mis amigos y mis enemigos, es de dominio público. A ese buzón escriben personas pidiéndome dinero, algunas en calidad de préstamo, otras como donativo sin retorno.

No soy bueno para quitar el cuerpo cuando me piden dinero. He salido a mi madre. Tengo el corazón tan blando y la billetera floja. Como el dinero que poseo me ha sido legado en improbables herencias familiares, me gusta compartirlo con quienes más lo necesitan, a modo de agradecimiento porque mi vida ha sido bendecida por la fortuna. Sin embargo, no siempre es fácil distinguir entre quienes merecen una donación y quienes se aprovechan de mi nobleza.
El año pasado me escribió un correo electrónico un señor llamado Leandro. Es muy fácil conseguir mi correo, lo tienen mis amigos y mis enemigos, es de dominio público. A ese buzón escriben personas pidiéndome dinero, algunas en calidad de préstamo, otras como donativo sin retorno. Por lo general, los pedigüeños alegan razones urgentes de salud. Si no conozco a quienes procuran darme un sablazo, me inhibo, no respondo. Si donase alegremente a tantos pedilones desconocidos, algunos pasando penurias, otros procurando timarme, abusando de mi buena fe, me quedaría sin plata. Pero Leandro capturó mi atención cuando me contó, en ese correo inaugural, presentándose, que había sido, durante diez años, mayordomo de Bobby, el hermano de mi madre Dorita, fallecido hace tres lustros.
Bobby Lerner era el personaje de mayor riqueza literaria y grandeza intelectual en la familia. Extravagante, afilado, burlón, Bobby, a quien yo llamaba el tío Bobby, amaba a los hombres, al mar y al dinero, aunque no necesariamente en ese orden, y supo amasar una fortuna como dueño de minas en los Andes. No solo era rico desde el punto de vista literario, también lo era porque había forjado un imperio colosal y vivía sentado sobre muchos millones. No por ser tan acaudalado era desprendido con su dinero. Bobby Lerner no era como yo, de corazón tan blando y billetera floja, él no compartía su riqueza con los sableadores y sacacuartos de este mundo, y cuando le pedí un préstamo para mudarme a Austin, Texas, a escribir una novela, me mandó al carajo entre risotadas, y cuando me pidió en carta manuscrita que no publicase mi primera novela, alegando que sería una vergüenza para la familia, y me ofreció dinero para no publicarla, lo mandé al carajo y le dije: Seré un escritor, aunque me condene a ser pobre.
Pues Leandro me escribió un correo y me dijo que durante años había sido mayordomo de Bobby, y que, tras la muerte del magnate minero, se encontraba sin trabajo y sin dinero, y necesitaba mi ayuda. Vivía en un pueblo al sur y debía mantener a sus hijos adolescentes. Me pidió un préstamo. Le propuse entonces un trabajo: cuéntame todas las historias que recuerdes de Bobby y te pagaré un sueldo mensual. Desde entonces, una vez por semana, Leandro me escribía largos correos, contándome alguna historia privada, secreta o íntima de Bobby, y yo le pagaba su salario. Las historias que me contó acaso habrán de servirme para enriquecer la novela sobre Bobby que algún día me gustaría publicar. Pasado un año, Leandro ya no tenía más historias por contarme. Había cumplido su parte del trato. Muchos de sus relatos eran notables, cuentos que yo no habría podido imaginar. Leandro había leído mis libros y mis columnas y poseía un talento natural para narrar crónicas sobre las vidas privadas de los millonarios que conoció, trabajando con Bobby. Con los dineros que le transferí, y que ganó merecidamente, compró un mototaxi, me mandó fotos de la motocicleta de tres ruedas y me dijo que estaba contento porque ahora podría trabajar con independencia en su pueblo.
Hace pocas semanas, después de meses sin tener noticias de él, Leandro me escribió un correo. Me dijo que su hijo Juan estaba enfermo. Me mandó fotos del joven en una cama de hospital. Me explicó que no era grave, solo una crisis de apendicitis. Me pidió dinero para pagar las cuentas médicas. No dudé en enviárselo. Semanas más tarde, Leandro me dijo que Juan había muerto de pronto. Me pidió dinero para las ceremonias fúnebres. Quedé consternado. Cómo podía negarle la ofrenda monetaria para el sepelio de su hijo. Sin embargo, mi esposa, siempre desconfiada, me dijo que tal vez el antiguo mayordomo de Bobby estaba echándome un cuento más para sacarme dinero con trapacerías. Yo no podía estar seguro de que el joven había fallecido. Tampoco podía pedirle a Leandro un certificado de defunción. Elegí creerle. Le envié el dinero. No he sabido más de él. Si de veras murió su hijo, espero que Leandro se encuentre mejor, aunque no sé si tal cosa es posible. Ciertamente prefiero imaginar que me embaucó con astucia, que su hijo Juan está vivo y que ambos están riéndose de mi candidez.
La otra tarde, comiendo con mi esposa en un café de la isla, se nos acercó una veterana agente inmobiliaria, de nombre Agripina, una señora que, cuando nos ve comiendo, me interrumpe, y me da besos en las mejillas, y me pide que le regale una novela más, y cuando me rindo y se la obsequio, luego no me dice si la leyó y me pide un libro más. Entonces Agripina, baja estatura, mirada alunada, me dijo, en tono compungido, que había perdido su celular, que no tenía mi número de teléfono y que necesitaba tomar nota de él. No dudé en dárselo. Agripina dijo que me llamaría esa noche y se marchó, agitada, como si alguien la persiguiera. Luego mi esposa, desconfiada, me dijo que no debí darle mi número.
Esa misma noche, Agripina me dejó un mensaje con voz trémula, desasosegada. Al volver de la televisión, hacia la medianoche, la llamé. No debí hacerlo. Debí obedecer a mi esposa. Agripina me soltó una cháchara tremenda, una lluvia de palabras nerviosas y atropelladas, durante media hora sin interrupciones. En resumen, dijo que se había quedado sin dinero. Me contó, con lujo de detalles, que había estado enferma, a punto de morir, que llevaba meses sin trabajar, recuperándose, que había gastado todos sus ahorros y ahora necesitaba un préstamo urgente, no una donación, un préstamo, de muchos miles de dólares, porque había vendido su apartamento, y estaba viviendo en uno alquilado, y no tenía plata para pagar la renta. Yo recordaba que su hijo también era agente inmobiliario. Le pregunté por él, pensando por qué mejor no le pides dinero a tu hijo. Me dijo, desolada, que su hijo de cincuenta años estaba muy deprimido, y que su nieto de treinta años también estaba muy decaído, y que ambos estaban tan abatidos que no querían trabajar, o no podían trabajar, y por eso ella necesitaba que yo le prestara el dinero. Sin saber qué responder, le dije: Agripina, trataré de ayudarte, pero tengo que hablarlo con mi esposa, dame unos días y te daré una respuesta. Ella dijo que necesitaba la plata en dos días.
Cuando le conté el drama a mi esposa, se sorprendió por la petición de Agripina y me aconsejó no prestarle dinero porque, me advirtió, nunca nos lo pagaría y, peor aún, en poco tiempo nos daría otro sablazo para mantener a los alicaídos de su familia. Luego mi esposa y yo consultamos con dos amigas, agentes inmobiliarias, quienes conocían bien a Agripina, y ambas nos dijeron que la señora había enloquecido, que también les había pedido plata a ellas, y que ni loco le diese dinero, a menos que estuviese dispuesto a perderlo. Así las cosas, le escribí un correo a Agripina, diciéndole que no podía darle dinero y que su hijo y su nieto tenían que sacudirse la depresión, salir a trabajar y mantenerla, pues ya era una señora mayor. Desde entonces, Agripina no ha dejado de enviarme mensajes todos los días, pidiéndome el dinero en los términos más violentos y apremiantes. En ellos me dice: estoy angustiada, estoy desesperada, estoy quebrada, si no me ayudas, Jimmy, prefiero no seguir viviendo, y tú serás el responsable de mi partida.
Anoche, en Barcelona, todavía fatigado por las fiebres literarias de Sant Jordi, soñé que Leandro me decía: he muerto, y necesito que me des plata para pagar mi entierro. Y luego se me aparecía Agripina y me decía: me voy a suicidar, pero antes necesito que me des el dinero que te pedí para dejar pagados mis funerales, porque mi hijo y mi nieto están tan deprimidos que no podrán pagarlos. Desperté sobresaltado, sin saber quién estaba vivo y quién muerto, y sin saber qué exequias debía pagar. Antes de volver a dormir, le pedí a mi hermana, que está muerta, y cuyas honras fúnebres costeó mi madre, que el hijo de Leandro esté vivo y que Agripina no interrumpa su vida. Pero el peso helado de la culpa sobre mi corazón tan blando me impidió seguir durmiendo.
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