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Obispo Goic y La Cofradía: "Lo que se presentó como una red de pederastia no era tal, no pudo comprobarse delito civil"

El prelado emérito aborda el término judicial de esta causa, sin víctimas identificadas, testimonios acreditados ni personas formalizadas, que marcó la aceptación de su renuncia por parte del Papa Francisco, en junio de 2018. Sin embargo, también reconoce que le faltó diligencia para proceder respecto de algunos sacerdotes cuya conducta no era congruente con su rol.

El obispo de Rancagua, Alejandro Goic, en la conferencia de prensa que dio este sábado. Foto: Paola Moreno

"Estoy aprendiendo a ser obispo emérito", dice Alejandro Goic Karmelic. Y de inmediato le añade apellido a aquella declaración: "También a convivir con los achaques propios de la edad y a disfrutar el tiempo disponible para rezar, leer y conversar con personas que quieren encontrarse conmigo".

Tiene 79 años el sacerdote, expresidente de la Conferencia Episcopal de Chile y quien fuera obispo de Rancagua hasta el 28 de junio del año pasado, cuando el Papa Francisco le aceptó la renuncia que había presentado tres años antes, al cumplir los 75. Actualmente, Goic, una de las voces más potentes de la Iglesia católica chilena durante las últimas décadas, vive en un departamento del Convento de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, en Rancagua. Se trata de religiosas de origen mexicano, que llegaron a esa zona hace trece años, procedentes de la ciudad de Tampico.

"Aquí fui acogido con un gran espíritu de fraternidad", cuenta, y esboza algo de su rutina: "Créame que doy gracias a Dios por la posibilidad de bajar el ritmo. Un sacerdote nunca pierde el contacto con las personas, porque para eso estamos, para anunciar la Buena Noticia del Evangelio".

El llamado caso de "La Cofradía" estalló mayo del año pasado y fue un verdadero terremoto en la diócesis de Rancagua, que en aquel momento encabezaba el obispo Goic. Un reportaje de Canal 13 reveló la existencia de un grupo de 14 sacerdotes que supuestamente se organizaban para abusar de otras personas, incluyendo menores.

Sin embargo, judicialmente la causa terminará sin formalizados, sin condenas y sin víctimas identificadas. La semana pasada la fiscalía comunicó su decisión de no perseverar con los últimos dos presbíteros. En esta entrevista, el obispo Goic -quien responde un cuestionario de La Tercera PM por escrito- aborda por primera vez desde su salida de Rancagua lo que significó este caso para la Iglesia y para él, analiza el trabajo judicial que se llevó a cabo y la responsabilidad que le cupo a su conducción, y también opina sobre el tema del estallido social en Chile.

¿Cuál es su opinión respecto de todo este episodio? ¿Fue un engaño lo de la Cofradía?

Creo que esta decisión de la fiscalía ayuda en el propósito de verdad y justicia. Ya en septiembre del año pasado la Defensoría Penal Pública llegó a la convicción de que esta llamada Cofradía no existía como la supuesta asociación ilícita que se presentó, con gran difusión. Un abogado de la Fiscalía Regional de Rancagua en esos días llegaba a la misma conclusión. Sin embargo, debo reconocer que a partir de esta denuncia se gatilló el esclarecimiento de algunas situaciones graves que, conforme al Derecho Canónico, son incompatibles con el ejercicio del sacerdocio.

¿Realizó la fiscalía un buen trabajo o expuso a personas sospechosas de un delito o falta sin pruebas reales?

No me corresponde a mí, y tampoco es mi intención, evaluar o juzgar la actuación del Ministerio Público en esta materia. Lo importante es que la ciudadanía pueda conocer que aquello que se presentó como Cofradía, como una red de pederastia, no era tal, y que no pudo comprobarse delito civil alguno en los 14 sacerdotes acusados. Manifiesto mi gratitud a los profesionales de la Defensoría Regional de Rancagua por su esmerado servicio.

A usted se le aceptó la renuncia que había presentado años antes, pero salió del obispado justo ese ese momento, cuando estalló este caso, y todo el mundo lo interpretó como una supuesta sanción. A la luz de los resultados, ¿considera que se le trató de forma injusta y que su nombre fue manchado?

Había renunciado en marzo de 2015, al cumplir 75 años. Esperaba la aceptación en cualquier momento. En el contexto que ocurrió, indudablemente que me afectó. Pero en la oración y en la reflexión comprendí que Jesús, el hijo de Dios, murió en la cruz, ajusticiado como un criminal, siendo el único inocente de toda la historia. Nosotros, sus discípulos, pecadores y limitados, estamos llamados a seguir su camino. Este caso se conoció justo después de nuestro regreso de Roma, tras haber sido convocados por el Papa. Yo en conciencia decidí renunciar a la presidencia del Consejo Nacional de Prevención de Abusos, porque me parecía la mínima actitud ética.

¿Y respecto de su nombre...?

No es mi nombre lo que me ha preocupado más, sino la posibilidad de que hubiera menores de edad o personas vulnerables abusadas. Espero que, a la luz de esta decisión de la fiscalía, esto no haya ocurrido. Pero fíjese que no es satisfacción lo que siento. Porque con la corta distancia de este tiempo, reconozco que me faltó diligencia cuando recibí los primeros relatos sobre sacerdotes que, como posteriormente se estableció por parte de la Iglesia, no llevaban una vida congruente con lo que se espera de un ministro del Señor.

¿Ha tenido contacto con los sacerdotes que estuvieron suspendidos?

Con algunos. Me reservo lo conversado. No me corresponde a mí revelar el tenor de esos contactos.

De los 14 sacerdotes supuestamente involucrados, uno falleció, siete fueron restituidos sin delitos, tres dejaron el ministerio sacerdotal y en tres casos aún no concluyen las investigaciones canónicas previas. Pese a que la justicia no probó nada, ¿pudo existir algún tipo de irregularidad para la cual no hubo pruebas?

La justicia civil persigue los delitos que establece la ley civil, que rige a todos los chilenos. Y con el último dictamen se acreditó que no hubo ningún tipo de delito civil. Pero es la justicia canónica la que determina las faltas y delitos en materia canónica. En ese sentido, me correspondió a mí, a partir de la denuncia hecha pública el 18 de mayo del 2018, tomar las medidas cautelares e iniciar las investigaciones previas. Mi misión de obispo diocesano cesó el 28 de junio de 2018. El sr. administrador apostólico las ha continuado. La mayoría están resueltas y restan aún tres.

¿Cree que a los sacerdotes que se reincorporaron, y a usted mismo, se les debería hacer algún gesto de desagravio? ¿Alguien del episcopado se ha comunicado con usted?

El administrador apostólico de Rancagua está en contacto frecuente conmigo, también algunos otros obispos cada cierto tiempo me llaman. No espero llamados, ni mucho menos desagravios. Hay otras personas prioritarias a quienes la Iglesia debe desagraviar. Y hay otras personas y grupos prioritarios a los que la sociedad chilena debe desagraviar.

¿Usted quedó dolido? ¿Con la Iglesia o con alguien?

Me afectó tanto el momento de la aceptación de mi renuncia, como las situaciones dolorosas que se vivieron en torno a los procesos que ahora terminan. De manera especial el daño y sufrimiento de personas, comunidades y de una diócesis entera. Pero mi principal dolor es el daño causado a numerosos niños, niñas, adolescentes, jóvenes, adultos vulnerables, abusados por sacerdotes y otros consagrados. Me duele ver cómo esta agresión salvaje destruyó tantas vidas. Y comprobar la ceguera que pudimos haber tenido para darnos cuenta demasiado tarde, obispos y superiores religiosos, de la extensión y gravedad de este flagelo.

Respecto de la realidad que vive Chile, ¿este estallido social, lo ve como algo sin salida?

He sufrido mucho por lo que estamos viviendo. Me he recordado de tantos momentos amargos y críticos que nos ha tocado enfrentar como país, principalmente de los horrores de la dictadura. Los atropellos cometidos el último mes contra la dignidad de las personas me han partido el alma. Lo mismo el temor que invade a tantas personas sencillas que han perdido los pocos servicios que más tenían a la mano. Los obispos han sido hoy muy claros al valorar las legítimas demandas contra una desigualdad que hace unos 15 años calificamos como escandalosa. Me sumo a su condena a la violencia represiva y a la violencia delictual de los saqueos y el vandalismo. Lamento que hoy escasean los políticos gestores de acuerdo, dispuestos a ceder, virtuosos en la amistad cívica. A los pocos que están dando pequeños pasos, los apoyo y les estimulo a pensar primero en el bien de los más pobres.

¿De quién es la culpa de lo que ocurre? ¿Empresarios, políticos, todos?

Hay un gran sector de la población que no tiene responsabilidad alguna y sólo ha sufrido la marginación y el abandono por décadas. Creímos que la recuperación de la democracia formal y los equilibrios de la economía aseguraban el bienestar. Ni siquiera eso. Ni siquiera las mínimas condiciones para vivir en dignidad. Mientras los números mostraban a un país que se promovía como "jaguar", los jóvenes matrimonios tenían que vivir hacinados con sus padres y sus hijos, con sueldos miserables y trabajos precarios. Hasta en los triunfos deportivos despilfarramos orgullo. Desde la Iglesia nos proclamamos jueces de la moral. Las grandes empresas pusieron su sello en todo el continente. Y debajo del mantel había dolor, exclusión, abusos, impunidad. Tenemos que hacernos cargo de los errores cometidos. No podemos aumentar la provocación para regalarles pretexto a las soluciones de fuerza o a los populismos. Esta democracia imperfecta que tenemos es la base para construir un Chile más justo.

¿Qué puede hacer la Iglesia en esta crisis?

¿Qué haría Cristo en Chile hoy? Estaría junto a los que sufren, exhortaría a quienes pueden aliviar su sufrimiento a que den hasta que duela, promovería que todos tuvieran la oportunidad de decir una palabra sobre el porvenir de Chile porque esta patria es de todos quienes vivimos en ella, no sólo de los multimillonarios que concentran la riqueza. Cristo nunca dejaba de orar, y en los días difíciles se fortalecía en la oración para mostrar el rostro amoroso de su Padre, gustara o no gustara a los poderosos de su tiempo. Desde la Iglesia tenemos que apoyar desde la humildad, porque también hemos sido parte del problema. No tenemos lecciones para dar, sino sencillez para aprender y desde esa sencillez ayudar a una convivencia justa y fraterna.

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