Comunismo, historia de un derrumbe
Corría 1959 y el vicepresidente de EEUU Richard Nixon visitaba, junto al jerarca soviético Nikita Jruschov, la Feria de Comercio y Cultura de Estados Unidos, instalada en el parque Sokolniki de Moscú. Se detuvieron en un pabellón que reproducía una típica cocina americana. Al ver una lavadora, Nixon la alabó como un invento que ahorra tiempo y alivia las labores hogareñas. A su anfitrión, en cambio, el electrodoméstico no le impresionó: "Muchas cosas que nos han mostrado son interesantes, pero no se necesitan en la vida. Carecen de utilidad, son simplemente chismes".
La anécdota refleja claramente las diferencias entre capitalismo y comunismo. El episodio, de hecho, pasó a ser conocido como el "debate de la cocina". Para Jruschov, chucherías como la lavadora carecían de importancia. Lo relevante era la industrialización a gran escala, aquella que le permitiría a la URSS ganar la Guerra Fría y demostrar la supremacía del comunismo. Pese a sus excentricidades, el hombre que en 1956 prometió "enterrar" a Occidente y que cuatro años más tarde golpeó con su zapato el atril de la asamblea general de la ONU, compartía un diagnóstico con sus predecesores y sus sucesores: todos, desde Lenin a Gorbachov, creyeron en la superioridad del comunismo y pensaron que era posible crear una sociedad donde el hombre nuevo y su utopía pudieran prosperar. Todos, por supuesto, se equivocaron. Fueron, como sostiene en su monumental Camaradas el historiador inglés Robert Service, "prisioneros de sus propios delirios", que "se aferraron a sus ideas en contra de las pruebas" y avanzaron sin transar en su a menudo sanguinaria aspiración "de crear la sociedad perfecta en la tierra".
En Camaradas, Service acomete la tarea de abarcar la trayectoria del comunismo. El profesor de Oxford está a la altura del desafío: ha escrito sobre la historia rusa, publicado excelentes biografías de Lenin y Stalin, y esta semana salió en Inglaterra un libro sobre la vida de Trotsky.
CIENTIFICOS Y UTOPICOS
En diciembre de 1991 (143 años después de que Marx y Engels advirtieran que el espectro del comunismo recorría Europa), la Unión Soviética dejó de existir. La promesa del comunismo, tan atractiva para millones de personas de las más variadas latitudes, había perdido sentido. "Una combinación de factores -geopolítica, fracaso económico, afirmación social, cambio generacional, bancarrota ideológica y elección política- lo tumbó", escribe Service. Los problemas empezaron con Marx y Engels, quienes postularon que el comunismo no era una simple teoría, sino una ciencia. La pretensión de infalibilidad intelectual de la dupla hizo que sus seguidores los trataran como profetas.
"Los marxistas se volvieron a las obras de Marx y Engels del modo en que los cristianos examinaban la Biblia", afirma Service. Una vez llegado al poder, el comunismo hizo de esta infalibilidad un dogma político: el rechazo a la disidencia se consolidó con Lenin, el revolucionario que hizo de Rusia el primer Estado comunista en 1917, y llegó al paroxismo con Stalin, el georgiano que colectivizó la agricultura, industrializó el país e hizo del culto a la personalidad una religión. En el modelo soviético, "la lealtad contaba más que la capacidad" y "la ambición de una dictadura del proletariado se convirtió en la realidad en una dictadura del partido".
Marx y Engels legaron también un celo revolucionario que no le hizo asco a la violencia, al punto de que Service califica a los bolcheviques de "jacobinos con teléfono y metralleta". No es una coincidencia que en el panteón del comunismo figuren algunos de los peores genocidas. Stalin ordenó purgas masivas y campañas de colectivización agrícola que costaron la vida a millones de personas, mientras Mao Zedong organizaba en China el Gran Salto Adelante (1958), que provocó la mayor hambruna inducida por el hombre en la historia. El afiebrado Pol Pot, a su vez, ordenó a los camboyanos trasladarse al campo: se cree que durante su corto gobierno (1975-1978) murió un quinto de la población del país.
Al organizarse bajo la cercana tutela de la URSS, los regímenes comunistas que empezaron a surgir por todas partes tras la II Guerra Mundial compartieron con ésta problemas parecidos. La burocratización, la desigualdad representada por una nomenklatura todopoderosa, la falta de incentivos y de competencia, la corrupción y la escasez de libertad fueron cada vez más evidentes, en especial luego de que, tras la muerte de Stalin en 1953, Jruschov abrió espacios.
Pero éstos fueron rápidamente cerrados por su sucesor, Leonid Brezhnev (1964-1982), quien se dio cuenta de que para sobrevivir debía retornar al estalinismo. Service explica que "los gobiernos comunistas se hicieron más fuertes en proporción directa a su aplicación del modelo soviético desarrollado por Stalin y Lenin. Aquellos estados que no quisieron o no pudieron copiar sus rasgos fundamentales eran vulnerables a la disolución interna o a la intervención externa". No había otra vía que la soviética hacia el socialismo. Los modelos alternativos terminaron estrellándose, ya fuera con el musculoso brazo del Ejército Rojo (Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968), o con golpes de Estado de sectores anticomunistas, como sucedió en Indonesia en 1965 y en Chile en 1973.
La mortal paradoja de la opción de Brezhnev era que, para subsistir, las dictaduras comunistas debían abrazar un modelo que, como señala Service, sufría claros síntomas de metástasis. En los 80, el dilema terminó por resolverse de la peor manera: la reforma que impulsó el soñador Mijaíl Gorbachov sembró el desorden sin posibilidad de volver atrás. El sistema se había desnaturalizado y convertido en otra cosa. Para Service, la conclusión es clara: "Cualquier proceso de reforma del comunismo tiende a convertirse en un movimiento que lo transforma en algo diferente". La reforma china, por ejemplo, ha hecho que al gigante oriental de comunista sólo le queden el nombre y el hábito totalitario.
Los intelectuales y políticos comunistas terminaron siendo "adivinos poco fiables", escribe Service. Las democracias capitalistas han mejorado los estándares de vida de su población, gracias a que crearon las condiciones para que se inventaran y comercializaran aparatos como la lavadora que despreció Jruschov. Pese a la convicción científica de sus profetas, el comunismo, en cambio, no fue capaz de llevar la prosperidad a los pueblos que gobernó y éstos terminaron repudiándolo. Como concluye Service, aunque la influencia del comunismo seguirá habitando entre nosotros por muchos años, "su restauración amplia en el modo que sea es seguramente inconcebible".
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