El renacer de las fuentes de soda

Surgieron en la década de los 40 como precursoras de la comida rápida en Santiago y, aunque perdieron su protagonismo por culpa de las grandes cadenas de fast food, los capitalinos, en especial los más jóvenes, vuelven a visitarlas.

“Una mesa decorada con las botellas de ketchup, mostaza y ají, las servilletas en forma de ramillete y los asientos como butacas de tren: esa es nuestra esencia”, comenta Verónica Aichele, administradora de la fuente de soda Costa Brava, que desde fines de los 80 sirve sándwiches, bebidas y menús al paso en la esquina de la Alameda con Jaime Eyzaguirre.

Inspirados en los diners americanos, esas tiendas con comida al paso, con huevos y café para el desayuno y papas fritas o hamburguesas para la hora de almuerzo y cena, aparecieron en los 40 y aunque no brotaron en el mismo formato, fue parecido: una carta de sándwiches, cervezas y bebidas. De hecho, el nombre “fuentes de soda”, alude al expendio de bebidas carbonatadas.

“Eran lugares de comida al paso, transversales y que se ubicaron principalmente en el centro, donde se concentraba toda la actividad comercial y financiera”, explica el académico y escritor de la U. Diego Portales y entendido en cultura popular, Ricardo Martínez, quien detalla, al igual que el crítico gastronómico, César Fredes, que estuvieron en boga hasta los 80.

Rafael Ruiz (52) frecuentaba en esa década fuentes de soda de este tipo, como el Torremolinos de Lastarria con Alameda, el Valle de Oro, al frente, en Av. Portugal, y el ex Bahamondes, en el Portal Fernández Concha.

El ingeniero civil vio todo el proceso de apogeo y caída de estos lugares del centro. Los visitaba porque le servían buenos sándwiches y cerveza helada, sin pretensiones y a precios convenientes, en ambientes donde se conversaba con el que comía al lado, con el maestro cocinero o el garzón. “Todo cambió con la entrada de la comida rápida de cadenas nacionales y extranjeras que quitaron protagonismo a las fuentes de soda”, dice.

Pese a que incluso algunos de estos locales empezaron a ser frecuentados por otro tipo de público, de mayor edad, hoy viven una especie de revitalización. ¿Testigos de ello? Los propios dueños.

Nuevos aires

Fuentes de soda clásicas como el Torremolinos, el Valle de Oro y el Costa Brava ven como a sus locales entra un público más joven, tanto estudiantes como adultos de mayor poder adquisitivo.

“Acá llegan los que visitan el  GAM y algunos sibaritas del barrio Lastarria”, dice Ignacio Barra, locatario de la fuente de soda, Valle de Oro, ubicada en Alameda con Portugal.

Fundada en 1957 y conocida por albergar a los estudiantes de la U. Católica, se mantiene vigente sin haber modificado su carta. “Remodelamos un poco el primer piso, pero mantenemos la barra y las mesas con butacas”, agrega Barra.

También lo percibe el dueño del Torremolinos. “Hemos notado un flujo de público atraído por lo retro y por experimentar lo que hacían sus padres”, comenta Roberto Opazo, quien abrió hace 24 años. “Nuestro fuerte son los completos, los churrascos, y el schop, pero también los porotos granados y las cazuelas al almuerzo. El ex ministro Cruz-Coke venía por la de ave”, agrega.

Martínez explica que si en un momento estos espacios se consideraron de capa caída, hoy se están volviendo de moda, “porque atraen a los santiaguinos que están reexplorando la ciudad”. 

Con él coincide César Fredes, quien lo atribuye además a un factor económico. “Es comida al paso, barata y contundente. Sus desayunos con paila de huevo, café y pan son inmortales y cuestan unos $2.500”, explica.

“Y, además, si algo partió con el sándwich como bandera emblemática gastronómica nuestra fue sin dudas la fuente de soda, con los panes típicos e infaltables que son la frica y la marraqueta, que se comen con cubiertos por su grandeza”, agrega la chef Juana Muzard, autora del libro “El Sánguche”.

Otro factor es la atención de los garzones de oficio, a diferencia de los más jóvenes que atienden restaurantes de forma temporal. “El garzón es un capo que hizo de eso su vida y se nota. No me interesa que me atienda un chico ondero y que no le tiene amor a su trabajo. Me quedo con el de camisa blanca, humita negra y rigurosamente peinado”, agrega Jean Borie, vendedor para una empresa internacional y tuitero, habitué de las pizzas churrasco del Ex-Bahamondes.

Plaza Italia

Cuando el estudiante de Periodismo, Pablo Donoso, salió de la casa de sus papás en Vitacura, aterrizó en el barrio Bustamante a una vida típica del centro santiaguino. “Como no tenía cocina en mi departamento -porque estaba en reparaciones- buscaba fuentes de soda para comer. Me gustaba el ambiente, con un público de viejos y jóvenes. Además, hay comida de todo tipo, desde cheeseburger hasta carne mechada con puré, la que se podía acompañar de un té, café, jugo o leche con plátano. Todo servido en poco tiempo”, cuenta.

Uno que se convirtió en su favorito hace dos años, es El Baquedano, fundado en 1967, en calle Ramón Carnicer. “Ahí se puede ir a ver fútbol y tener reuniones familiares. Por eso, lo prefiero a un restaurante”, agrega.

Típica de Plaza Baquedano es también La Terraza, emplazada en Vicuña Mackenna 24 e instalada hace tres décadas. Su administrador, Juan Contreras, lleva 26 años y cree que el gusto por ella se transmite de generación en generación. “Vienen los padres, luego los hijos. Nuestros clientes nuevos son de recambio”, cuenta. “Los jóvenes se han tomado el lugar, porque acá se pueden reunir tranquilos”.b

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