Foucault: saber y poder

A 25 años de su muerte, el inclasificable filósofo e historiador francés reaparece con un texto inédito en castellano.




Como Barthes, Lacan, Lévi Strauss y otros intelectuales franceses de la segunda mitad de los 60, Michel Foucault vendió cientos de miles de ejemplares de obras a veces inabordables para el lector de a pie. Este último, sin embargo, podía citarlo, evocarlo y llevar bajo el brazo algún libro suyo como seña de cierta insolencia y de otras cualidades identitarias que evidencian el momento en que el apellido Foucault ya era un ícono.

A 25 años de su muerte, el responsable de un pensamiento que historiza el saber y el poder, no provoca como antes, pero sigue rigiendo paneles académicos y tesis de pre y postgrado. Continúa, también, resistiendo definiciones y categorizaciones, e impulsa publicaciones como El gobierno de sí y de los otros, una primicia en castellano. En la última Feria del Libro de Santiago, el Fondo de Cultura Económica, que está reeditando su catálogo, ofreció tazones con la imagen del autor, que se vendieron tanto o más que los textos. Porque, como ya se dijo, Foucault es un emblema.

COMO SARTRE
Su padre, reputado cirujano de Poitiers, hijo de cirujano y hombre de carácter, lo llamo Paul-Michel. Y quiso, por cierto, que siguiese sus pasos. Pero el muchacho decidió que no sería médico ni llevaría su primer nombre. No fue un buen estudiante en sus primeros años, pero eso cambió, al punto de quedar cuarto a nivel nacional entre los postulantes a la Escuela Normal Superior, "especie de monasterio para jóvenes genios", como la llama el biógrafo James Miller en La pasión de Michel Foucault.

En la Francia recién liberada, Jean-Paul Sartre era un símbolo del intelectual público y el joven Foucault, antes de ingresar a la ENS, fue de quienes abarrotaron la sala en que Sartre dictó su conferencia El existencialismo es un humanismo. Foucault, con los años, sería candidato a coger el relevo mediático del autor de El ser y la nada. Pero antes, en esos años formativos, mostró temprano interés en seguir un camino propio, en lo académico y lo personal.

Una vez en la Ecole se ganaría fama de tipo extraño, que pegó en la puerta de su dormitorio bocetos de Goya con torturados y gente agonizando, y que fue sorprendido persiguiendo, puñal en mano, a un compañero por los pasillos de la institución. Proclive a los episodios depresivos, su propio padre lo llevó al siquiatra, donde desarrolló la idea de que tal vez estas autoridades de la salud mental, con el poder para observar, diagnosticar y sanar, estaban haciendo algo más que -o distinto de- curar a las personas. Entusiasmado con los tests de Rorschach, las lecturas de Freud y el reporte sobre conductas sexuales del doctor Kinsey, Foucault llegaría a definir la necesidad de atacar distintos frentes del conocimiento de forma simultánea, y desde el examen y el cuestionamiento de un saber cientificista que ha impuesto sus términos.

Así se va gestando un proyecto de vida: "Abandonando por completo los últimos vestigios de su apego juvenil a una rama marxista del humanismo", escribe Miller, "Foucault decidió investigar directamente 'la historicidad misma de las formas de experiencia' y empezar por la experiencia de la locura".

Su tesis doctoral se convertiría, restándosele unas 600 páginas, en Historia de la locura en la época clásica (1961). Ya el director de la tesis afirmaba que una historia de la siquiatría habría sido menos desconcertante que el trabajo que debió leer. Foucault reorientaba la mirada: no apuntó a la naturaleza de la enfermedad, a cuánta investigación se ha invertido en su cura o a cuál era la efectividad del tratamiento. Hablaba, más bien, de la Nave de los Locos, la embarcación que en el siglo XV llevaba por un río, como parias, a un grupo de errantes rechazados de ciudad en ciudad. Y afirmaba que se convirtieron en los nuevos leprosos que debían llenar las casas que ocupaban estos últimos. Ergo, no hay un solo modo de atender y entender la desviación de la norma social.

Crítico de quienes interpretan la historia en términos de finalidades o de progreso, Foucault definiría en una conferencia de 1971 (El orden del discurso) su objetivo: el estudio del control del pensamiento, incluyendo los modos en que ciertas ideas o tópicos son excluidos de un sistema intelectual. Admirador del irracionalismo de Nietzsche, postuló que todo el campo social está constituido por una red de poderes, de fuerzas en conflicto, donde además de los poderes político y económico, están los discursos (el lenguaje como poder) y los valores como instrumentos de lucha.

Su obra es rica en cruces entre disciplinas. En Las palabras y las cosas (1966) analiza Las meninas de Velázquez en el contexto de una unificación de las ciencias humanas. Vigilar y castigar (1975), en tanto, se lee como una historia de las "tecnologías del castigo", donde la mirada es crucial para mecanismos de control.

Instaló su taller filosófico en el ámbito de la historia y sus críticos han señalado que su sistema conduce a un callejón sin salida. Apartado de la normativa positivista y transitando por la estética, aplicó en carne propia lo de disectar y reconsiderar la experiencia humana. Su propia trayectoria sexual fue una reivindicación de su política exploratoria, mientras su vocación por descubrirse lo llevó a probar LSD en el Valle de la Muerte y el sexo sadomasoquista en clubes de hombres de San Francisco. Rock star intelectual, estuvo en sintonía con tiempos de experimentación y desbande.

Su muerte a causa del sida se registró cuando poco se sabía públicamente de la enfermedad. Punta de lanza posmoderno, Foucault buscó un modo de explicar a los excluidos y marginados, de quienes se sintió parte. Creó su propia terminología, reinterpretó variadas fuentes y no pareció sentir la necesidad de rendirle cuentas a nadie. Hay ahí una actitud refractaria, si no rebelde, que se niega a desaparecer de escena.

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