Los otros desvelos de un escritor

A propósito de la aparición de su nueva novela, El héroe discreto, le propusimos a Mario Vargas Llosa (78) conversar sin apuros en su departamento madrileño. Aceptó. Pero la entrevista fue más allá de la literatura. El Nobel peruano habló de sus flancos más personales: la educación de sus hijos, el disfrute de los nietos, las dudas de la fe, la disciplina, la presencia de la muerte, la aceptación de la vejez. Un escritor en su veta más íntima.

No le gusta perder el tiempo. Ni el desorden. Ni las interrupciones. Ni la mala literatura. Ni nada que interfiera con su trabajo. Le aburre la frivolidad y el Kindle. No usa el mail. No acumula correspondencia con ningún escritor. No ve casi televisión. Tampoco responde cartas de lectores ni hace prólogos ni presenta libros de amigos o enemigos.

Tiene un gran sentido del humor. Parece un pensador demasiado serio, pero sus carcajadas son contagiosas. En una reunión con amigos puede hacer reír a todos con sus historias. Es un buen comensal y un mal bebedor. Tiene una memoria notable y buen oído.

Nació en Perú, en Arequipa, en 1936. Es Aries, pero pragmático. A los 10 años, se enteró de que su padre no estaba muerto. Entonces se abrió la herida que lo lanzó más tarde a la literatura. Su padre no era esa ficción que él se había imaginado en el cielo. Estaba vivo, era real y autoritario. Luego aterrizó en el Colegio Militar Leoncio Prado. Allí sobrevivió a la vida de cadete escribiendo cartas de amor y novelitas eróticas, que vendía o cambiaba por cigarros. Esos años le sirvieron como magma para su primera gran novela, La ciudad y los perros. Se casó con su tía Julia, a los 19. Diez años después, su segunda esposa fue su prima Patricia. Tuvieron tres hijos.

Ha publicado más de 12 mil páginas en 18 novelas, 19 libros de ensayos, nueve obras de teatro, un libro de memorias y su columna semanal Piedra de Toque, que empezó hace 41 años. De su nueva novela, El héroe discreto, aspira a que sea un libro que lo sobreviva por muchos años. Tiene más novelas en la cabeza. Ganó el Rómulo Gallegos en 1966, el Príncipe de Asturias en 1986, el Cervantes en 1994 y el Nobel en 2010. Perdió contra Fujimori la presidencia de Perú en 1990. Detesta a los dictadores. Es liberal y demócrata. Es optimista, aunque con mirada crítica. Sus opiniones dan la vuelta al mundo. Nunca le ha importado remar contra la corriente.

Duerme poco y no le hace falta. Camina una hora por las mañanas. Planifica el trabajo mientras se ejercita. Colecciona hipopótamos de todos los materiales y colores. Las yemas de sus dedos son borrosas para las máquinas que las leen en Migraciones. Ha tenido problemas en algunas fronteras por sus huellas dactilares gastadas. Este es Jorge Pedro Mario Vargas Llosa.

EN MADRID

Han pasado casi tres años desde aquella mañana de invierno que lo entrevisté por última vez, al día siguiente de la entrega del Nobel en Estocolmo. Hoy abre la puerta del ascensor de su departamento en Madrid, con esa energía que conservan los deportistas profesionales a cualquier edad. Son las siete de la tarde. El Nobel lleva una camisa celeste y unos pantalones oscuros impecables, como es habitual.

El piso madrileño de Vargas Llosa está a pocas calles del Teatro Real, al oeste de la ciudad. A esta hora, la luz del sol entra desde todos los ventanales que flanquean el elegante salón donde estamos. En el ambiente contiguo se puede ver el escritorio, donde hay una biblioteca de pared a pared y, frente a ella, un sofá de lectura. El orden y la pulcritud de su laboratorio de ficción es idéntico al que guarda su estudio en Lima.

Apenas nos sentamos, Vargas Llosa cuenta que hace unas semanas su editora colombiana le regaló la serie Escobar, el patrón del mal. Está impresionado, sobre todo con las atrocidades y el carisma del Pablo Escobar de la serie. Es el tipo de relatos fascinantes que no puede dejar de lado, aunque deba verlo en televisión y robarle horas a la lectura.

Saltamos a su nueva novela: El héroe discreto, protagonizada por Felícito Yanaqué e Ismael Carrera, dos empresarios muy distintos que tendrán que enfrentarse al mundo. Vuelve a situar la historia en Perú, después de 15 años, luego de Los cuadernos de don Rigoberto.

Pero nuestra conversación sería más que literatura. Vargas Llosa se anima a entrar a lugares más privados. La muerte, la fe, su agnosticismo. El pasado y el futuro. Sus hijos, sus nietos, sus obsesiones. Y la vejez.

LOS HEREDEROS

“Yo tuve una relación tan difícil con mi padre, a quien yo no quise nunca, que me propuse que la relación con mis hijos no fuera jamás a reproducir la que tuve con él. Entonces, creo que fui un padre sin autoridad. Renuncié a la autoridad con mis hijos y en mi casa ese rol lo tuvo Patricia, mi mujer. Tuve una magnífica relación con ellos, sin autoridad. Y ha funcionado, yo creo, bastante bien.

Siempre quise inculcarles que debían tratar de descubrir su vocación. Que lo más importante era a lo iban a dedicarse. Creo que la gente más desgraciada, menos feliz que he conocido en la vida, lo era porque no hacía lo que le hubiera gustado hacer y, por el contrario, hacía lo que no le gustaba. Eso les provocaba una frustración tremenda que los hacía gente amargada, muy poco competente. En cambio, la gente menos infeliz que he conocido es la que ha podido dedicar su vida a lo que le gusta y ha podido vivir de eso. Entonces, esa fue siempre una preocupación muy grande con mis hijos, que ellos pudieran dedicarse a lo que realmente les gustaba”.

-¿Se preocupó también porque entendieran su mundo?

-Me preocupé sobre todo de que fueran buenos lectores, que gozaran con los libros tanto como he gozado yo. Desde que eran muy niños esa fue una preocupación para mí muy importante, porque la lectura a mí me ha enriquecido la vida de una manera extraordinaria, y por eso quería compartirla con ellos. Esta fue mi otra gran preocupación como padre.

-Su conocida obsesión por el trabajo, ¿generó cierta ausencia familiar, con sus hijos? ¿Se lo reclamaron?

-Sí, me lo reclamaron. He vivido tanto tiempo absorbido por mi propio trabajo que no he tenido tiempo para la familia. Afortunadamente, creo que eso se compensaba con el hecho de tener una familia muy grande: mi suegra, mis tíos, mis primas, porque aquello creaba ese ambiente íntimo en el que yo participaba poco. Mi vida ha estado siempre absorbida por el trabajo; primero, trabajos alimenticios cuando era más joven y, después, trabajo literario que me absorbe todo mi tiempo.

-Entre los artistas hay demasiadas historias de hijos gravemente afectados por la fama de sus padres, ¿cómo manejó ese riesgo?

-Me preocupó mucho que ser una persona conocida fuera algo que los pudiera aplastar. Para un hijo de alguien conocido puede ser una carga muy pesada. Esa fue una de las razones por las que mi mujer y yo quisimos que ellos se educaran fuera del Perú, en medios donde su padre no era nadie y no representaba absolutamente nada. Entonces, en Inglaterra, en España, donde han estudiado, ellos tenían que valerse por sí mismos y obtener lo que querían por ellos mismos y no por su padre. Espero no haber sido una sombra aplastante en el desarrollo de su personalidad. Creo que no he sido un estorbo, que era una cosa que me preocupaba.

-Saltando a la generación más reciente, ¿cómo es la relación con sus nietos, cómo ven ellos al abuelo Nobel?

-Me ven sin ningún respeto. Están acostumbrados a verme en pijama y sin zapatos. Creo que les da cierta gracia que su abuelo sea conocido. Pero ellos pertenecen a una generación en la que un escritor ya no intimida a nadie, no merece el respeto de nadie. Mi relación con mis nietos es muy sana.

-Usted, que es un curioso profesional, ¿qué es lo que más le asombra del mundo de sus nietos?

-La facilidad con la que los niños hoy en día se adaptan al mundo audiovisual y sus enormes transformaciones. Ver a mis nietecitas de cinco y seis años, las hijas de Morgana, que son las más pequeñas, ya jugando con los celulares es algo que me impresiona muchísimo y al final me asusta. Me asusta porque no sé si todo eso hará que al final los libros desaparezcan, que para esa generación pasen a ser algo secundario. Espero que no sea así, no sólo por mis nietos, sino por la Humanidad. Sería una pérdida inmensa.

UNA MUERTE BRUSCA

Vargas Llosa, que se declara agnóstico, cuenta que dentro de su casa siempre se practicó la libertad respecto de las decisiones de cada cual sobre la religión y la fe. “Nosotros decidimos no bautizar a mis hijos para que ellos decidieran cuando tuvieran uso de razón si querían ser creyentes, pero naturalmente en una familia católica como la mía, mi madre y sus hermanas bautizaron a mis hijos sin que nosotros supiéramos. De ellos, uno es creyente, no digamos practicante, pero sí creyente; otro, que fue muy religioso de pequeño en el colegio -una gran sorpresa para mí-, después ha pasado a ser un curioso deísta, pero fuera de todas las religiones, y otro es agnóstico. Hay caminos muy distintos entre los tres hermanos”.

-¿Y qué piensa un agnóstico como usted sobre la muerte?

-Yo nunca he tenido miedo de la muerte, he tenido miedo de la enfermedad.

-¿Ni de joven?

-No. Yo recuerdo un compañero de colegio del que era muy amigo, que tenía ataques de terror cuando pensaba en la muerte, pero de quedar verdaderamente paralizado del terror. La verdad, yo no he pensado mucho en la muerte y creo que una de las cosas que a mí me defiende contra esa, digamos, presencia ominosa, es mi trabajo. Cuando estoy trabajando, estoy muy concentrado y eso me defiende. Mi esperanza es no pasar por la decadencia, que la muerte sea brusca, súbita, es lo ideal. El trámite de la decadencia es siempre muy penoso, es una gran humillación física, mental. Procuraré evitarla en lo posible.

-No es algo que le preocupe demasiado entonces…

-Bueno, digamos, es imposible no pensar en eso. Tengo ya 78 años y a esta edad es innegable saber que está muy cerca. Soy agnóstico, que no es ser un ateo, es ser un perplejo. Es ser una persona que reconoce el más allá, pero si existe otra vida o no existe, eso no te lo podré decir. Mi inteligencia no me da, no tiene vuelo suficiente para entender cómo podría ser esa otra vida, y de todas las explicaciones que existen ninguna me convence. Ahora, al mismo tiempo, tampoco me convence la afirmación categórica de los ateos de que esa otra vida no existe y que no hay nada y que todo lo que hay aquí es todo lo que habrá. Tampoco mi inteligencia me permite aceptar eso con la seguridad categórica, fanática del ateo. Entonces lo que soy es eso, tengo dudas.

-¿Qué tipo de dudas?

-Un agnóstico también puede acercarse al final de su vida preguntándose ¿adónde llego?, y yo llego a aceptar que puede haber algo que no está a mi alcance entender ni percibir. Algo que prolongue de alguna manera la existencia, pero algo que no está a mano de nuestro conocimiento, de nuestra comprensión, únicamente al alcance de nuestra fe. Y como yo no tengo fe, pues simplemente no lo puedo ni afirmar ni negar, pero sí admitirlo como una hipótesis. Ahora, es esa una convicción personal. Desde el punto de vista social, desde el punto de vista político, creo que no se puede prescindir de la religión, que los intentos a lo largo de la historia por acabarla han fracasado siempre. El grueso de los seres humanos necesita creer que hay otra vida. Es una necesidad que la encarnan las religiones, porque dan ese mínimo de tranquilidad que permite que una sociedad funcione.

LA LEJANA JUVENTUD

-Cuando le han preguntado sobre novelas a futuro ha dicho: “Yo espero que la muerte me encuentre escribiendo”…

-Así es, espero tener lucidez suficiente para poder escribir hasta el final. Siempre he admirado a esas personas que llegan hasta el final con la lucidez suficiente como para mantener vivo lo que es más importante para ellas. Hace dos o tres años leí un librito que encontré en París en una librería, con el discurso que pronunció Claude Lévi-Strauss en el homenaje que le hicieron cuando cumplió 100 años. Yo me decía a mí mismo cuando leí ese texto, que además es un texto precioso, “qué envidia, qué maravilla llegar al final de tu vida con esa lucidez, con esa claridad mental”. Es un discurso en el que él recuerda su juventud, cómo entró a la universidad, cómo a través de la literatura fue llegando a la antropología. Un discurso con una lucidez extraordinaria y de una gran elegancia. Recuerdo haber pensado: qué estupendo que la decadencia inevitable no hubiera dañado esa mente. Todavía vivió dos años más, porque murió de 102.

-¿Hay algo que extrañe en particular de la juventud?

-De la juventud, la juventud. El tener todas las puertas abiertas, creer que eres el dueño del mundo, creer que todas las oportunidades están allí. Hombre, no lamento mi vida para nada, he dedicado mi vida a lo que me gusta, y eso es lo mejor que a uno le puede pasar, pero al mismo tiempo hay cierta nostalgia porque los mejores años, los años de mejor vitalidad, de empuje, ya quedaron atrás.

-Sin embargo, es una persona incansable, llena de vida y de empuje…

-Exactamente, y espero tenerlo hasta el final. Pero al mismo tiempo, me doy cuenta que las empresas a las que puedo lanzarme ahora tienen que ser necesariamente limitadas. Hay cosas que ya no puedo hacer, aunque las que puedo llevar a cabo son muchas y espero hacerlas hasta el final de la vida.

ESO ES DISCIPLINA

Vargas Llosa es conocido por su disciplina férrea. Por su convencimiento de que lo único que permite tener una obra es el trabajo permanente. Pero, ¿tiene alguna vez momentos de flojera mundana? “De flojera mundana no -dice él-. Porque no he tenido que hacer ningún sacrificio para la vida mundana. Esa vida no me gusta, no soy una persona que le gusten las fiestas, por ejemplo. La noche para mí ha sido más bien de trabajo. Una vez dije que nunca había ido a una discoteca, entonces provoqué una carcajada, como quien ha dicho una broma. Pero lo decía de verdad. Nunca ha sido un sacrificio obviar esos lugares porque detesto la bohemia. A mí me gusta ir a cafés, a leer, a escribir. Me gustan las reuniones con amigos, grupos pequeños. Pero si tengo que elegir algo esencial, eso es mi trabajo. Leer y escribir es lo que me gusta, y a eso dedico la mayor parte de mi tiempo. De todos modos, hay momentos en que me cuesta muchísimo esfuerzo, en los que tengo ganas de tirar abajo el escritorio.

-¿Un Nobel también se nubla?

-Sí, tengo momentos de gran frustración, de impotencia, de sentir que todas las cosas están saliendo mal, porque soy humano. Pero la experiencia me ha mostrado que si yo persevero, si insisto, las cosas al final van desatorándose, van apareciendo las historias, eso es un placer y además, es lo que me da el equilibrio. El equilibrio me lo da mi trabajo. Si voy bien con él, todo lo demás se acomoda bien, funciona y me siento muy animado y contento. En cambio, cuando el trabajo no funciona o por alguna razón tengo que dejar de trabajar, entonces el mundo se me desbarata.

Vargas Llosa explica que esa manera de entender el equilibrio, basado en el trabajo y la disciplina, es algo “a lo que me vi obligado desde muy chico, que tuve que ganarme la vida. Esa es una de las cosas que mi padre me dio sin querer dármela. El me dejó de dar mesada cuando yo estaba en el último año del colegio. Lo que yo tenía me lo ganaba haciendo periodismo, escribiendo artículos y después, durante toda la universidad trabajé. Hacía muchas cosas y el escribir me obligaba a ser muy disciplinado. Tenía que organizar mi vida de manera muy rigurosa. No hubiera podido escribir todo lo que he escrito sin esa disciplina. Bueno, tengo que decir otra cosa: me desentendí de la casa desde que me casé con Patricia. Me alejé de todas las preocupaciones domésticas y los problemas. Patricia me facilitó la vida, porque he podido concentrarme en mi trabajo con una dedicación total que yo no hubiera podido tener de otro modo”.

De esa relación que ha establecido con su mujer sobran historias. Un escritor cercano a la familia cuenta, por ejemplo, que hace unas semanas, Vargas Llosa invitó a cenar a su casa al elenco que protagonizaba su obra de teatro La Chunga, en el Teatro Español. Los recibió con un menú peruano, para agradecerles por la puesta en escena, que le había encantado. Tras unas horas en su departamento de Madrid, uno de los actores se atrevió a pedirle un insólito deseo. Quería ver el Nobel. “Cómo no, con mucho gusto”, respondió el anfitrión, quien de inmediato fue por él a su habitación. No volvió en un rato, hasta que se le escuchó a lo lejos: “Patricia, dónde está el Nobel, no lo encuentro”. Vargas Llosa nunca está al tanto de esos detalles. El orden de todo ese otro mundo lejos de su escritorio lo lleva su mujer.

HORROR TECNOLÓGICO

-Además de su disciplina de cadete, ¿es cierto que duerme poco?

-Mira, mi rutina es muy estricta. Sí, duermo poco, siempre dormí poco. Recuerdo que mis compañeros en La Salle soñaban con que llegara el sábado y el domingo para dormir hasta mediodía. Nunca entendí eso porque yo me despertaba muy temprano. Siempre me gustó la mañana para trabajar, para estudiar. Siempre me despierto muy temprano, nunca duermo más de cinco horas. A las seis de la mañana ya estoy despierto.

-¿Cómo es su relación con internet, siendo una fuente infinita de información y usted un gran lector?

-Sí, pero yo no la aprovecho. Sino excepcionalmente…

-Porque el mail no lo maneja usted…

-No, ni contesto cartas. Cuando empecé a recibir cartas, que es cuando publiqué mi primera novela, las respondía todas y en un momento me di cuenta que si yo contestaba todas las cartas no iba a tener tiempo no sólo para escribir, sino para leer. No te exagero: nunca son menos de cien cartas por semana. Entonces, las lee Patricia y las secretarias. Leo alguna que otra, y no las contesto, salvo cosas muy puntuales. En esos casos las dicto muy rápido. Pero correspondencia literaria mía nunca se podrá publicar, porque simplemente no hay.

-¿Tiene computador personal con internet o el suyo sólo lo usa para escribir?

-Tengo una computadora que utilizo como máquina de escribir. Excepcionalmente, cuando estoy fuera, en Nueva York por ejemplo, no hay más remedio que entrar a internet para leer los periódicos. Pero no me siento en mi elemento. Tengo verdadero terror al ver gente que sólo vive para las pantallas. Una de mis imágenes de horror fue justamente en Nueva York un domingo, cuando estaba enseñando en Princeton. Vivía en Manhattan y recuerdo que estaba muy cerquita del departamento, sentado en una mesa almorzando, y al frente mío había una pareja joven y no me he olvidado nunca de eso: no cruzaron una sola palabra en todo el almuerzo, los dos estaban con sus celulares. Incluso comiendo seguían con los aparatitos. Finalmente, pagaron y se fueron y no cruzaron una palabra, no hubo diálogo, totalmente enganchados a sus pantallas. Qué imagen de horror me dio.S

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