Por Felipe RetamalEl día en que Pablo Neruda se hizo el dormido para evitar ser detenido por Carabineros
Perseguido tras la promulgación de la llamada Ley Maldita, en 1948, Pablo Neruda emprendió una arriesgada fuga hacia el sur de Chile. En el camino cambió de refugios, burló controles policiales y debió ocultar hasta su característica voz para evitar la captura.

De los discursos virulentos contra el gobierno de Gabriel González Videla, a la carretera. En 1948 el poeta Pablo Neruda debió tomar el camino de la clandestinidad cuando se declaró la Ley de Defensa Permanente de la Democracia (Ley 8.987), también conocida popularmente como “Ley Maldita”, que proscribió al PC.
Neruda era precisamente un orgulloso militante del PC y en su representación había sido elegido senador por la Agrupación Provincial Tarapacá y Antofagasta en 1945. Por entonces era ya una celebridad de las letras, gracias al éxito temprano que logró con sus primeros libros, como Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Residencia en la Tierra.
Por ello, entendía bien que él era uno de los nombres importantes a capturar por el gobierno. Empezó así una frenética huida. “Cambiaba de casa casi diariamente -recuerda en sus memorias Confieso que he vivido-. En todas partes se abría una puerta para resguardarme. Siempre era gente desconocida que de alguna manera había expresado su deseo de cobijarme por varios días. Me pedían como asilado aunque fuera por unas horas o unas semanas. Pasé por campos, puertos, ciudades, campamentos, como también por casas de campesinos, de ingenieros, de abogados, de marineros, de médicos, de mineros".

Pronto, a Neruda le quedó claro que debía salir del país. En un momento se evaluó la chance de introducirlo en barco con dirección a Guayaquil, pero pronto el poeta entendió que debía intentar una ruta más arriesgada. “Partí hacia el extremo sur de Chile, que es el extremo sur de América, y me dispuse a atravesar la cordillera”, recuerda en el mismo libro.
Así se montó un operativo para sacar al vate de la capital y llevarlo al sur para cruzar la cordillera por Futrono, hacia San Martín de Los Andes, en la Argentina. “Mi amigo el doctor Raúl Bulnes era entonces médico de la policía montada -relata-. Él me condujo en su invulnerable automóvil hasta las afueras de Santiago en donde me tomó a su cargo, la organización del partido. En otro automóvil, equipado especialmente para el largo viaje, me esperaba un viejo compañero, del partido, el chofer Escobar".
Neruda tomó recaudos. Se dejó crecer la barba y se aperó con mantas para cubrirse en algunos segmentos más críticos del camino. Así lograron llegar sin novedad hasta Temuco, un lugar conocido para el poeta, pues allí vivió su niñez. Pero no había que correr riesgos. Sin más, cruzaron la ciudad y salieron hacia la zona rural pasando por el entonces pueblito de Padre Las Casas.

Como ya llevaban un buen trecho y no habían sido descubiertos, Neruda y sus acompañantes se detuvieron un momento de descansar. “Hicimos alto ya lejos de la ciudad, a comer algo sentados en una piedra. Por el declive pasaba un estero bajo, y sus aguas sonaban. Era mi infancia que me despedía. Yo crecí en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, se impregnó de los bosques tal como la madera".
Más repuestos, continuaron. “Seguimos viaje. Sólo una vez tuvimos un minuto de zozobra. Parado en medio de la carretera, un decidido oficial de carabineros daba la voz de alto a nuestro coche. Yo me quedé mudo”.
Seguro todos en ese automóvil sudaron frío. Si el oficial de la policía uniformada descubría a Neruda, todo el esfuerzo se esfumaba en cosa de segundos. Una situación que parecía hacerse real cuando el carabinero se acercó y pidió subir. “El oficial pedía que lo lleváramos a cien kilómetros más lejos. Se sentó junto al chofer, el camarada Escobar, y conversó amablemente con él”.
Rápido como una línea en un verso, Neruda optó por una peculiar solución. Mientras el camarada Escobar al volante entretenía al carabinero, el vate optó por pasar lo más desapercibido que podía. “Yo me hice el dormido para no hablar. Mi voz de poeta la conocían hasta las piedras de Chile”.
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