Por Andrés GómezCarmen Gloria Larenas y el éxito del ballet Orgullo y Prejuicio: “Creo que hemos creado un nuevo clásico”
Con funciones agotadas, el Ballet de Santiago estrenó mundialmente una coreografía concebida en Chile a partir de la novela de Jane Austen. La directora del Teatro Municipal cuenta cómo, junto al dramaturgo Ian Kelly y el coreógrafo Kenneth Tindall, llevaron al movimiento una historia de miradas, silencios, tensiones sociales y emociones contenidas.

Elizabeth Bennet le dirige una mirada juguetona a Fitzwilliam Darcy. La joven protagonista de Orgullo y prejuicio quiere saber en qué momento comenzó a gustarle. “No podría fijar la hora, el lugar, la mirada o las palabras que dieron comienzo a todo”, responde él. De algún modo, la frase de Mr. Darcy sintetiza los elementos que dan forma al clásico de Jane Austen: un universo donde las emociones fluyen silenciosas a través de las miradas, los bailes, las cartas y la ironía. Trasladar ese mundo desde el lenguaje literario al movimiento coreográfico fue el proyecto y el desafío que emprendió el Teatro Municipal de Santiago.
Tres años después, el Ballet de Santiago presenta Orgullo y prejuicio, una producción concebida en Chile y estrenada mundialmente la semana pasada, con un equipo artístico británico encabezado por el coreógrafo Kenneth Tindall y el dramaturgo Ian Kelly, exactor de la saga Harry Potter. La obra encontró una gran respuesta del público: agotó todas las funciones y el teatro agendó una presentación extraordinaria, que también se llenó.
—Nos habría gustado sumar muchas funciones más, pero la programación del teatro ya no lo permite —dice Carmen Gloria Larenas, directora general del Municipal.
Exbailarina del Ballet de Santiago y admiradora de Jane Austen (1775-1817), Larenas es la autora intelectual del proyecto.
—La génesis tiene que ver con la necesidad de armar temporadas que no estuvieran centradas solamente en el gran repertorio clásico —El Cascanueces, Giselle, La bella durmiente—, sino también en otros temas y estéticas que permitieran actualizarlo -dice.

Había un objetivo adicional: darle a los bailarines la oportunidad de trabajar con creadores actuales. De este modo, la compañía dirigida por César Morales se suma a las conmemoraciones por los 250 años del natalicio de la autora británica
La obra no solo ha cosechado éxito de público, sino también el respaldo de los comentaristas especializados. El crítico Mario Córdova elogió la coreografía, la interpretación y la partitura de Frank Moon, y concluyó que el estreno “constituye un gran orgullo para el Ballet de Santiago y derriba cualquier prejuicio sobre nuestra capacidad de generar obras de calidad mundial”.
La directora general no deja de sorprenderse:
—Uno nunca sabe, cuando toma el riesgo de comisionar una obra nueva, cuál va a ser el resultado final. Todos hacemos lo posible para llegar a buen puerto, pero nunca sabes realmente qué va a ocurrir.
El interés por el ballet no es solo local. Si bien todavía no hay nada concreto, dice Larenas, ya saben de compañías interesadas en montar la coreografía en Estados Unidos y Europa.
—Creo que hemos creado un nuevo clásico —afirma.
El salón de baile
“¿Cómo es que esto nunca se había hecho?”, le preguntó el dramaturgo Ian Kelly a Kenneth Tindall, coreógrafo residente del Northern Ballet, en el Reino Unido.
Exbailarín, Tindall cumplía uno de los requisitos del proyecto. “Buscábamos un coreógrafo con experiencia en ballets narrativos, que son muy distintos de un ballet abstracto. Llegamos a Kenneth y empezamos las conversaciones”, cuenta Larenas.
Al comienzo, la idea era utilizar la música de la película de Joe Wright. El teatro tomó contacto con Universal, dueño de los derechos. “Incluso contactamos al compositor y estaba encantado con la posibilidad. Pero nunca logramos que la autorización llegara desde la casa matriz”.
Decidieron entonces encargar una partitura original a Frank Moon, autor de la música de Callas, la divina. Así, se completó un equipo creativo británico.
—No hay nadie como los ingleses para contar historias inglesas. Tienen a Shakespeare en la sangre. Cuentan las historias de una manera extraordinaria —dice Larenas.

El desafío era trasladar al ballet una novela cuya fuerza reside en aquello que los personajes piensan y callan.
Publicada en forma anónima en 1813, la novela presenta “una sociedad donde casi nada puede decirse”, escribe Ian Kelly en el texto de la producción. “El deseo, la ira, los celos o el dolor deben expresarse mediante una reverencia, una mano rechazada o una mirada sostenida un instante más. El gran tema de Austen es la distancia entre lo que se siente y lo que puede expresarse. Ese es, precisamente, el terreno del ballet”.
En aquella época, el salón de baile era el único espacio donde hombres y mujeres podían tocarse sin romper las convenciones sociales. Cada danza era, en realidad, una conversación pública realizada con el cuerpo.
Amor y valor
La directora puso una sola condición al equipo creativo: “Les dije que tuvieran mucho respeto por el enorme imaginario que existe en torno a esta historia. Lo importante era conservar ese mundo y esos personajes tan queridos”.
El dramaturgo se encargó de seleccionar las escenas y construir la estructura narrativa del ballet. Formado en el teatro, Kelly llegó a Santiago con una metodología poco habitual para la compañía: antes de montar una sola secuencia coreográfica, reunió a los bailarines para hablar de los personajes.
—Trabajaron mucho desde la construcción dramática. No era solamente aprender pasos. La coreografía tenía que expresar algo que venía del teatro, la literatura y la psicología de cada personaje —cuenta Larenas.

Para el dramaturgo, Orgullo y prejuicio no es simplemente una historia romántica: más allá de los bailes, los vestidos y los coqueteos, Austen escribió una novela sobre el dinero, la clase social, el lugar de las mujeres y una nueva idea de masculinidad.
Elizabeth Bennet, escribe Kelly, posee apenas dos armas: “la inteligencia y el respeto por sí misma”, mientras Darcy debe aprender que el rango social no convierte por sí solo a un hombre en un caballero.
Las cinco hermanas Bennet viven bajo una amenaza permanente: a la muerte del padre, como no existe un heredero varón, perderán la casa familiar. Ello transforma las decisiones sentimentales en económicas y arroja otra luz sobre las negativas de Elizabeth a casarse por conveniencia.
“Las dos negativas de Lizzy no son gestos románticos, sino actos de una valentía económica asombrosa”, sostiene Kelly.
Una voz propia
Con escenografía e iluminación de Christopher Ash y vestuario de Louise Flanagan, la dirección musical está a cargo de Pedro Pablo Prudencio al frente de la Orquesta Filarmónica.
Antes del debut, Carmen Gloria Larenas temía que el público llegara buscando la película protagonizada por Keira Knightley. Pero no ocurrió. “Nadie me dijo: ‘Esto no era como la película’. Y eso me dio mucha alegría y también mucha admiración por nuestro público. Entendieron que esta era otra plataforma expresiva”.

La directora suele ubicarse al final de la sala, desde donde tiene una visión panorámica del público. En las primeras funciones observó algo más: “Tuve la impresión de que había mucha gente que venía del mundo de la literatura. Es una teoría, no tengo cómo demostrarla, pero vi un público extraordinariamente concentrado. No sonó un solo celular”.
Los resultados son satisfactorios, dice. “No solo porque en Chile se produjo un estreno mundial, sino porque además se hizo con una gran calidad”.
Orgullo y prejuicio se inscribe en una línea de producciones propias del Teatro Municipal que el año pasado tuvo como hito Callas, la divina. El próximo proyecto ya está en marcha.
Larenas adelanta que en 2027 el Municipal estrenará una nueva coreografía inspirada en una obra literaria francesa.
—Queremos darle una voz propia a la compañía. Las grandes obras del repertorio siempre serán fundamentales, pero también queremos reconocer en el escenario el enorme poder de la literatura y seguir avanzando por ese camino.
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