Por Felipe RetamalDescifrando el fenómeno de Candelabro (y Chile como nuevo paraíso del rock)
Del éxito de Deseo, carne y voluntad a los teatros agotados y las giras internacionales, la banda del momento logró conectar con una generación marcada por la incertidumbre y el desencanto. Un fenómeno que además coincide con el creciente interés internacional por la nueva escena local. Trazamos el ascenso de un nombre clave del rock chileno con voces autorizadas.

Tras una tarde dedicada al mastering de Deseo, carne y voluntad, el segundo disco de Candelabro, el ingeniero de sonido Gonzalo “Chalo” González sintió la necesidad de poner a prueba una de sus canciones fuera del estudio. Esa noche llegó a su casa y reprodujo Fracaso en el living familiar. El tema, uno de los más sociales del álbum —“Habrá que levantarse a construir/Habrá que levantarse a trabajar/Por algo mejor”, proclama su estribillo— provocó una reacción inesperada. “Estaban todos callados”, recuerda González a Culto. “Yo los observaba. Después viene una parte con unos ruidos y nadie sentía que la canción se fuera a acabar. Luego vuelve a subir y fue como un éxtasis. Todos se miraban como diciendo: ‘¿Qué onda esta energía?’. Ahí pensé: esta canción va a ser el himno de una generación”.
Elegido por Culto como el mejor disco chileno de 2025, resultó pivotal para el septeto. De ser un proyecto indie que se hizo un nombre en la escena alternativa, amplió su alcance hasta nuevas audiencias. Eso les permitió acceder a uno de los escenarios principales de Lollapalooza 2026 y aventurarse a tocar fuera de Chile, con presentaciones en Peru y una gira por España. También agotaron en menos de 9 horas todas las entradas para su primer Teatro Caupolicán. Además acaban de ganar el Premio Pulsar a Mejor Álbum Rock y el siempre prestigioso galardón de Álbum del Año. Y el próximo 26 de junio estarán en el ciclo inaugural del nuevo Teatro Mauri SCD en Valparaíso.
Para el grupo, ha sido un período intenso. “Con los chicos seguimos intentando procesar la cantidad de hitos que hemos tenido, ha sido complejo debido a que seguimos teniendo nuestro día a día igual a todo lo anterior al lanzamiento del álbum y nos cuesta dimensionar hasta dónde hemos llegado. Si bien, aún no lo entendemos bien, creemos que los logros nos han servido como impulso a seguir haciendo música y shows en vivo”, dicen a Culto.

Candelabro es la banda chilena del momento. Al ponderar las variables, los entendidos cruzan varios factores. El proyecto ha generado una fuerte identificación con el público joven, merced a una propuesta musical ambiciosa. En temas como la rockera Domingo de Ramos, la fantasía ska/punk de Pecado o el guiño jazzero de Prisión de carne, despliegan composiciones con intrincados quiebres rítmicos, arreglos de bronces y extensos pasajes musicales.
Con el oído entrenado en los códigos radiales, Sergio Cancino, exdirector de las radios Concierto, UNO y Rock & Pop, traza algunas claves. “Además de su evidente calidad letrística y musical, el disco sobrepasó al público joven natural del grupo. Los mayores reconocerán ecos de Fulano, Congreso, Los Jaivas, Jorge González, Electrodomésticos, Mauricio Redolés, MediaBanda; los más literarios se encontrarán con Elvira Hernández y Armando Uribe, entre otros; quienes escuchan a Morphine, Dry Cleaning o Black Country, New Road también pueden conectar. Es un disco convocante y transversal, hecho que se amplifica con su estética alrededor de la fe y la religión, algo siempre presente en el imaginario nacional”.
Referencias que acercaron cierta música chilena del pasado a nuevos públicos. “Sus influencias locales con excepción de Jorge González, han sido bastante ignoradas en agrupaciones jóvenes. Fulano y Congreso no se habían mencionado como referencias de bandas actuales de una forma tan evidente”, dice la periodista Bárbara Alcántara.
El álbum contó con el trabajo de producción e ingeniería de grabación del joven músico Juan Diego Soto, quien tiene su propio proyecto, la banda Déjenme Dormir. Conoció al cantante y guitarrista Matías Ávila en el marco de un taller online dictado por el cantautor Diego Lorenzini. Por eso, conoce bien la propuesta del grupo desde su origen. “Es música que le habla a nuestra generación -señala a Culto-. Y desde un principio tenían una sensación de chilenidad bien potente, pero el segundo disco explora eso más en profundidad. Matías ha sido una de las personas que más ha influido en nuestra generación en instalar esta idea de reapropiarse de lo chileno”.

Desde el programa Nueva Escena, de Radio Futuro, Cristóbal Orellana lleva un tiempo siguiendo la pista de las bandas emergentes. Dice que lo de Candelabro se asienta en una profunda mirada social, de hecho tres de sus integrantes (Matías Ávila, Nahuel Alavia y María Lobos) son profesores egresados de la UMCE. “Ellos son de distintas partes de Santiago. Entonces rompe un poco el sesgo mucho que tiene que ver con Plaza Italia hacia arriba. Tienes cabros que son de la PAC, tienes cabros que son de Cerro Navia, de San Miguel, de todos lados. Y logran esa sensación de transversalidad en su música”.
Esa sensación transversal también tiene que ver con el mensaje. “Es un disco que desafía, no es fácil entenderlo, es un álbum con capas, disruptivo en todas sus formas, con una cosa mundana y espiritual a la vez -apunta Bárbara Alcántara-. Una vez que ya lo dilucidas se abre este mensaje de protesta, de agnosticismo teísta (tan humano) y una dulzura entregada por los coros femeninos, cuyo objetivo es retratar al Chile actual”.
Y aunque pasa por distintos territorios musicales, el álbum es compacto. Con sus años de experiencia, “Chalo” González detalla que solo puede escucharlo de corrido. “Este disco te agarrara y no te suelta. Te lleva a momentos emocionales súper eufóricos, después te tira para abajo, luego como al medio y de alguna manera quieres seguir escuchando. Además es súper poco predecible, no sabes hacia dónde va, no tiene nada que ver el cómo empieza a cómo termina. Tiene discursos, tiene samples. Es un relato muy original”.
El vuelo de Candelabro rima con el de una generación. Actualmente, hay un interés en crear música compleja e intrincada, así se puede escuchar en contemporáneos como Hesse Kassel, Asia Menor y fuera de Chile, en propuestas como L’eclair o Angine de Poitrine. Para Juan Diego Soto, hay una razón. “Es una música frenética, densa, creo que le habla a una generación que tiene muchas razones de estar enojada. Vivió un par de años encerrada y tiene muchas ganas de sacudirse. Este es un momento para gritar, por eso es que Fracaso se transforma en un himno, por eso es tan atractivo. Logra conectar con esa energía de una manera muy visceral y al mismo tiempo de una manera muy bella”.

“Chalo” González comparte una apreciación similar. “Nunca hemos medido el impacto que provocó el encierro, la frustración del proceso constitucional fallido, entonces es una generación catártica y libre. Es raro ser joven chileno y no ser un poco contracultura, entonces este es el refugio. Rojas Magallanes es el refugio de una generación perdida. Y ojo, que está pasando en Temuco, está pasando en La Serena, está pasando en Antofagasta”.
Para Sergio Cancino, la banda logró leer muy bien el momento. “Capturó como pocos el espíritu del Chile fragmentado después de la pandemia y el estallido, este reino actual del desengaño. Pecado es un tema central de Deseo, carne y voluntad: ahí cantan ‘que no sea otra canción/sobre amor y bicicletas’ y es una señal de búsqueda desafiante, de ambición; y si bien mencionan a Estación Central, suenan como un grupo chileno, no como uno santiaguino”.
El alcance de la agrupación ya excede a Chile. La principal cuenta de fans del grupo en Instagram, Club Candelabro, nació en Colombia. Su creadora es Govinda Zapata, una productora de Cali de 27 años que llegó a Candelabro porque miró una sesión Tiny Show de Diego Lorenzini y Matías Ávila. “Quedé encantada primero con la música de Mati y luego con Ahora o Nunca, el primer álbum de Candelabro”, dice a Culto.
Luego escuchó Deseo, carne y voluntad. Le llamaron la atención canciones como Cáliz y Tierra Maldita. “Me recuerda mucho a este sentimiento latino de querer irse y de pensar que en realidad todavía hay cosas que generan esperanza”, cuenta. Ahí se decidió a reunir en un perfil de Instagram todo el material disponible sobre el grupo. “Dentro de las bandas indie no habían apuestas así. También es porque es hay todo un movimiento, me parece a mí, que se está haciendo con ellos”.
La apreciación de Govinda no es casual. Desde la experiencia de entrevistar a músicos internacionales para su programa, Cristóbal Orellana ha captado una tendencia. “La sensación general es que, a nivel latinoamericano, Chile es actualmente el punto a mirar sobre lo que se está haciendo en el rock. Y ha sido recíproco, en el sentido de que se les pide a las bandas chilenas que vayan a Latinoamérica y las bandas latinas vengan a Chile. Yo siento que de aquí en adelante cada vez más vamos a ver eso”. De hecho, Déjenme Dormir, la banda de Juan Diego Soto, viajará la próxima semana por primera vez a México. “Eso surgió porque ya había ido Candelabro, había ido Asia Menor y les preguntaban por nosotros. Entonces, nos dimos cuenta de que había un interés de allá”.
En lo inmediato, el grupo ya traza sus próximos pasos. “Queremos prontamente entrar a grabar de nuevo, pero también nos intentamos recordar lo importante de disfrutar este periodo posterior al lanzamiento de Deseo, Carne y Voluntad que aún no cumple siquiera un año. Tenemos mucha expectativa sobre los conciertos que vienen en La Serena, Copiapó y Valparaíso, como también para diciembre en el Caupolicán”.
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